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| 12/18/2010 12:00:00 AM

El Cablegate

El escándalo mundial del año corrió por cuenta de las filtraciones de WikiLeaks. El asunto es de tal tamaño que algunos piensan que las relaciones internacionales nunca serán las mismas.

Wikileaks, la organi- zación mediática creada en 2006 por el australiano Julian Assange, era aún relativamente desconocida en noviembre, cuando anunció que entregaría a algunos medios seleccionados más de 250.000 cables secretos enviados por las embajadas de Washington a sus jefes en el Departamento de Estado. Pero en cuanto los periódicos escogidos comenzaron a publicar los primeros textos, se convirtió en el centro de atención del mundo entero. Había estallado lo que los medios norteamericanos resolvieron llamar Cablegate, en una referencia histórica impropia para un affaire que solo hubiera podido presentarse en el siglo XXI. La filtración electrónica abrió las cortinas de secretismo que ocultan la forma como los jerarcas de la mayor potencia del mundo se informan y toman sus decisiones, lo que tiene a muchos analistas preguntándose cómo se manejarán a partir de ahora las relaciones internacionales.

El gobierno de Barack Obama reaccionó indignado, y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, afirmó que WikiLeaks había atacado no solo a la diplomacia norteamericana, sino a la de todos los países involucrados. Mientras los grupos de extrema derecha gringa pedían enjuiciar a Assange como terrorista, y el fiscal general Eric Holder anunciaba una investigación criminal, una extraña denuncia por abuso sexual lo puso tras las rejas en Londres, aunque en la última semana fue liberado con una fianza pagada con una colecta de sus numerosos seguidores en el mundo.

Como consecuencia inmediata, el escándalo produjo una guerra informática entre hackers ultraderechistas que atacaron la página en Internet de WikiLeaks hasta sacarla del aire y los partidarios de esta, que enfilaron sus millones de mensajes contra los sitios de pagos electrónicos que aceptaron bloquear los ingresos de la organización.

Esa batalla en el ciberespacio se convirtió en una muestra muy diciente de la forma como se desarrollarán los conflictos en el siglo XXI. Pero el asunto de fondo va en otra dirección, porque aún es difícil desentrañar las verdaderas intenciones de WikiLeaks y las consecuencias de sus actos en el desarrollo futuro de las relaciones internacionales, no solo de Estados Unidos, sino de los demás países del mundo.

Las dudas

WikiLeaks nació con la idea de convertirse en una versión de periodismo investigativo de Wikipedia (con la que no tiene relación alguna), una especie de receptáculo de las informaciones secretas que cualquier inconforme alrededor del mundo quisiera sacar a la luz. Su página web se autodescribe como una "organización mediática sin ánimo de lucro dedicada a entregar al público noticias por medio de un sistema innovativo, seguro y anónimo, para que fuentes independientes filtren la información a nuestros periodistas". Dice también que su interés es publicar "material de importancia ética, política e histórica mientras mantiene sus fuentes en el anonimato, para proveer de ese modo una forma universal de revelar injusticias sometidas al secreto y la censura".

La página web describe los 250.000 cables como documentos que "le darán a la gente alrededor del mundo una visión sin precedentes de las actividades de Estados Unidos en el extranjero". Sin embargo, de no ser por algunas excepciones, los textos revelados hasta ahora muestran, más que grandes injusticias secretas, el trabajo diario de las embajadas, incluidas muchas intimidades poco presentables, como la forma en que algunos diplomáticos se refieren a los gobernantes de los países amigos; ciertos procedimientos vergonzosos, como averiguar datos financieros de altos funcionarios de la ONU, y verdades intuidas pero nunca confirmadas, como las tensiones en el mundo musulmán y la cantidad de víctimas civiles en Bagdad. Y si bien se puede argumentar que cualquier guerra es injusta, en el caso de las que llama "bitácoras de Irak", reveladas anteriormente, que la organización caracteriza como "la primera mirada a la historia secreta de la guerra que Estados Unidos se ha empeñado en proseguir", las revelaciones no llevan a conocer los designios últimos de los jerarcas de Washington, sino a describir los horrores del conflicto en el terreno, algo que no solo es común a todos ellos, sino que nada hace para denunciar a los verdaderamente responsables.

También nacen dudas de la naturaleza misma de WikiLeaks, que es contradictoria, pues a tiempo que plantea las virtudes insuperables de la transparencia, su modo de actuar se basa en mantener sus operaciones en el anonimato. Y lo que es peor, la naturaleza misma de las revelaciones hechas hasta ahora parecen demostrar que el criterio para hacerlas es atacar el concepto del secretismo como tal, o dicho en otras palabras, en revelar por el hecho de hacerlo.

Ello plantea varios problemas. Como cualquier periodista investigativo lo sabe, en el proceso de estructurar una historia fiel y ajustada a la realidad a partir de un conjunto de documentos, el contexto lo es todo. Pero los de WikiLeaks son cables aislados, cuya lectura por sí sola no es suficiente para plantear una narrativa contundente y reveladora de grandes decisiones geopolíticas. Sin ese contexto, es fácil calificar, por ejemplo, a los interlocutores de los embajadores de Estados Unidos de informantes, agentes de la CIA o hasta de traidores, por conversaciones sostenidas en un momento dado y en circunstancias particulares. Y lo que es peor, en una revelación de escala industrial, como los 250.000 cables anunciados, contextualizarlos en forma adecuada es muy difícil, por no decir imposible.

Otro punto es si realmente, como parecen sostener los defensores de WikiLeaks, toda la información debería ser libre. No lo parece si se tiene en cuenta que algunos cables revelados permitieron conocer la identidad, las direcciones y en algunos casos los números telefónicos de decenas de informantes de Estados Unidos en Afganistán. Aunque traten de evitarlo en los futuros, como efectivamente parece que lo están haciendo, es muy difícil que los periodistas de los diarios participantes y del propio WikiLeaks tengan los conocimientos suficientes para discernir si una determinada información es capaz de poner vidas en riesgo.

Y está el tema de fondo de si es posible eliminar del todo el secreto en una actividad como las relaciones internacionales. La cuestión ha recordado a una filósofa norteamericana, Sissela Bok, que estudió a fondo el tema del secreto en su libro de 1983 Secretos: la ética del ocultamiento y las revelaciones. Su conclusión es que el secreto no es por sí solo bueno o malo, sino más bien una condición esencial de la vida humana. Sostiene que el vínculo entre el secreto y el engaño es tan íntimo en la mente de la mayoría, se confunden fácilmente, pero que mientras todos los engaños de mala fe requieren ser secretos, no todos los secretos son engañosos. Basado en el análisis de tradiciones filosóficas, religiosas y legales, además de la vida misma, Bok sostiene que el secreto puede proteger la libertad de algunos mientras afecta la de otros. Permite hacer planes y ejecutarlos, aunque esos planes pueden ser para bien o para mal. En suma, el secreto puede ser indistintamente apropiado o inapropiado, como pueden atestiguarlo en Colombia tanto el secuestro de los diputados del Valle del Cauca como el plan Jaque Mate. Ambos se basaron en el secreto absoluto, uno para realizar una acción criminal, el otro para liberar a un grupo de secuestrados.

Aún falta mucho por conocer la verdadera dimensión de las revelaciones de WikiLeaks, entre otras cosas si, como lo han anunciado, la organización está dispuesta a revelar en la misma dimensión secretos de otros países y de empresas privadas, como los bancos. Por ahora, los observadores apuntan que si bien cada vez será más difícil mantener la confidencialidad, nada de lo que WikiLeaks u otras organizaciones hagan llevará a que desaparezca el secreto en las relaciones internacionales. Tal vez se extremen los controles electrónicos por medios avanzados, se desclasifiquen muchos documentos (algunos señalan que el crecimiento exagerado de lo que es considerado secreto fue una de las causas del surgimiento de WikiLeaks) y se reduzca el número de personas con acceso a ellos. Y tampoco es probable, como algunos han afirmado, que la diplomacia norteamericana haya perdido la confianza de sus pares alrededor del planeta. Todos saben que algún grado de confidencialidad es necesario para conseguir objetivos legítimos, y que el secreto puede ser usado para bien o para mal. Lo cual garantiza que no desaparecerá en la diplomacia, como tampoco en la vida misma.
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