Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/10/03 22:00

La guerra que puede venir por los bombardeos rusos en Siria

La decisión de Rusia de jugársela por el régimen de Bashar Al Asad y el enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudita agravan el caos y aumentan las posibilidades de un conflicto mundial.

Más de 500 hombres sobre el terreno. Un cantón militar con capacidad para 1.000 efectivos. Más de 30 aviones de combate supersónicos capaces de operar independientemente del clima. Helicópteros para misiones de ataque y de transporte. Tanques de combate de última generación y vehículos blindados para el transporte de personal y artillería. Varios obuses y otras piezas. No es banal el arsenal que Rusia ha llevado a Siria en las últimas semanas.

Tampoco lo son los blancos que su Ejército escogió el miércoles y el jueves para estrenarse en la guerra de ese país. Al contrario de lo que esperaba la coalición liderada por Estados Unidos, los objetivos de esos bombardeos no fueron las posiciones de Isis, sino las de otros grupos que se oponen al gobierno de Bashar al Asad, entre ellos algunos de corte moderado que cuentan con armamento estadounidense. De hecho, para el presidente de Rusia, Vladimir Putin, el régimen sirio no es el responsable de las 250.000 muertes, los 4 millones de refugiados y las decenas de ciudades que su Ejército ha devastado para aferrarse al poder.

“Pensamos que es un enorme error rehusarse a cooperar con el gobierno sirio y sus Fuerzas Armadas, que valientemente están combatiendo el terrorismo cara a cara”, dijo Putin el lunes en su discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas, que dejó con un mal sabor en la boca a quienes esperaban que la diplomacia le cambiara el rumbo al conflicto. En particular, su decisión de no distinguir entre Isis y el resto de los enemigos de Al Asad fue un duro revés para el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, cuyo gobierno se la ha jugado por armar y entrenar al Ejército Libre Sirio. Al cual pertenecen, justamente, algunas de las milicias que los Sukhoi rusos han atacado. Para algunos analistas, como el periodista francés Vincent Jauvert, la tensión extrema que la presencia rusa en Siria ha generado recuerda los hechos que precedieron el estallido de la Primera Guerra Mundial, que tomó a todo el mundo por sorpresa. “La historia tal vez recordará, Dios no lo quiera, que el tercer conflicto mundial comenzó sin hacer mucho ruido el miércoles 30 de septiembre de 2015”, escribió en su columna semanal de la revista Le Nouvel Observateur.

Y es que la decisión de Moscú de respaldar a uno de los grandes genocidas de esta década sucede en un mes en el que se han ahondado los graves antagonismos que recorren Oriente Medio, hoy por hoy la región más inestable del planeta. El miércoles, Arabia Saudita inmovilizó dos barcos de bandera iraní en el mar de Omán, que transportaban armas para las milicias chiitas hutíes, que desde hace meses tienen contra las cuerdas al gobierno de Yemen, el país más pobre de la península arábiga. Se trata de un acto hostil, que podría incluso interpretarse como de guerra, que eleva aún más la tensión entre las dos grandes potencias militares de la zona, que constituyen, además, las dos cabezas visibles de los dos polos opuestos del islam.

Mientras que los saudíes son casi en su totalidad sunitas y defienden la versión más estricta del islam, los iraníes son mayoritariamente chiitas y no han ocultado su intención de extender su poder político en Oriente Medio. De hecho, tras marcar la política local en Líbano mediante la organización terrorista Hizbolá, brindarle un invaluable apoyo logístico y militar al régimen chiita de Al Asad en Siria y agravar las divisiones sectarias en Irak, el respaldo iraní a los hutíes en Yemen representa un nuevo y potencialmente explosivo capítulo en su proyecto de expansión geopolítica. Los saudíes reaccionaron al organizar una coalición destinada a neutralizarlos, en la que participan fuerzas de otros nueve países mayoritariamente sunitas, como Egipto, Turquía, Marruecos y Pakistán. Y respecto a la permanencia de Al Asad en el poder no han sido menos contundentes. “Solo hay dos opciones para un acuerdo en Siria”, dijo el ministro de Relaciones Exteriores saudí, Adel Al Jubeir. “La primera es un proceso político en el que habría un consejo transicional. La otra es la opción militar, que también terminaría con la remoción de Bashar al Asad del poder”.

Por otro lado, la creación de un centro de información en Bagdad en el que participarán Rusia, Irán, Irak y Siria ha hecho temer la creación de un eje bélico que podría oponerse a los objetivos de Estados Unidos y sus aliados. Y dada la suspicacia histórica que los rusos y los persas se profesan mutuamente, esa colaboración representa un cambio de marca mayor. Como le dijo a SEMANA Amanda Paul, analista del centro de estudios European Policy Centre, “aunque sus objetivos a largo plazo son diferentes, Moscú y Teherán tienen hoy la misma política, que consiste básicamente en apoyar el régimen de Al Asad en Siria”. Y en ese contexto, el explícito mensaje de Moscú a Washington para recomendarle no sobrevolar el espacio aéreo de Siria –sumado a los objetivos que ha bombardeado en ese país– le ha echado “gasolina al fuego”, según la expresión que empleó el miércoles en una rueda de prensa el secretario de Defensa, Ashton Carter.

Paradójicamente, la ofensiva rusa se desarrolla en medio de una grave situación económica, ocasionada por las sanciones que Europa y Estados Unidos le impusieron tras su intervención en Ucrania oriental y por los bajos precios del petróleo, su principal producto de exportación y la mayor fuente de financiación de su gobierno. Según el Banco Mundial, este año su economía se va a contraer un 3,8 por ciento. Y a su vez, la intervención en Siria ocurre tras el relativo revés de la de Ucrania, que ha drenado las finanzas del Kremlin sin conducir a un resultado favorable, como el que obtuvo en Georgia en 2008, cuando apoyó los secesionismos prorrusos sin pagar las consecuencias. De hecho, ese conflicto ha disparado la rusofobia en exsatélites soviéticos, como la propia Ucrania, Polonia y los países bálticos, que han aceptado el incremento de tropas de la Otan en su territorio.

Dado el caos de Oriente Medio y la falta de objetivos claros de la coalición liderada por Estados Unidos, Putin está aprovechando la guerra de Siria para quitar el foco de atención de Ucrania y convertir a su país en la nación indispensable en el nuevo orden geopolítico. Pero en ese proceso, el líder ruso está conjurando fuerzas sobre las que tiene un control limitado, y que fácilmente pueden salirse de sus manos. Como en 1914, los juegos de alianzas pueden arrastrar a medio mundo a una confrontación devastadora.

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