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| 4/19/2014 2:00:00 AM

El tibio papel de Europa en la crisis de Ucrania

Si algo demuestra el caos que se apodera del este de Ucrania es la impotencia de la Unión Europea ante la amenaza de una guerra en su vecindario.

Cuando muchos dudaban de que las autoridades de Kiev se atrevieran a lanzar sus tropas contra los separatistas prorrusos atrincherados en edificios públicos de la región industrial y minera de Donetsk, el martes pasado entraron en la zona centenares de soldados y de miembros de sus fuerzas especiales a bordo de vehículos militares –entre ellos una columna de tanques– lo mismo que en dos aviones y cuatro helicópteros del Ejército. “Se acabaron los ultimátum. Eso es cosa de civiles. Esto es una operación militar”, dijo el jefe de la operación ‘antiterrorista’, el general Vasili Krútov, quien agregó que haber extendido el plazo habría sido “demasiado humanitario”.

La operación comenzó en las ciudades de Kramatorsk y Slaviansk –ambas con importantes minorías rusas– situadas en la zona norte de Donetsk y en la ruta que conecta a Kiev con la capital regional. En el aeropuerto de Kramatorsk, las fuerzas ucranianas se enfrentaron a 30 hombres armados que inicialmente ofrecieron resistencia, pero abandonaron el lugar tras los intensos combates, que dejaron entre cuatro y 11 víctimas mortales, según informaron las fuerzas de autodefensa popular de la ciudad.

Al cierre de esta edición, una veintena de carros blindados y unos 500 soldados se dirigían a su vez hacia Slaviansk, un centro urbano de 130.000 habitantes, donde los separatistas se habían tomado los edificios del Ministerio del Interior y del Servicio de Seguridad Nacional (SBU por su sigla en ucraniano). “Estoy convencido de que pronto ni en Donetsk ni en otras regiones quedarán terroristas, que acabarán en el banquillo de los acusados, a donde pertenecen”, dijo en una alocución en el Parlamento de Ucrania el presidente interino Alexandr Turchínov.

Pese a su optimismo, con la intervención militar el gobierno de Kiev dio un salto hacia lo desconocido, pues ha desafiado explícitamente las apenas veladas amenazas del Kremlin, que tiene apostados justo al otro lado de la frontera a unos 40.000 hombres listos para intervenir, como dice el gobierno de Moscú, en defensa de los rusohablantes de Ucrania. Y para agregar factores de tensión, el secretario del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa de Ucrania, Andrei Parubiy, escribió en su cuenta de Twitter: “Esta mañana se enviaron al frente las unidades de reserva de la Guardia Nacional de los voluntarios de las Fuerzas de Autodefensa de Maidan”, entre los cuales hay muchos miembros de partidos de extrema derecha, como el Svodoba, que Parubiy fundó en 1991, los mismos a los que Moscú señala de ser una amenaza para las poblaciones rusas de Ucrania.

El comienzo de las hostilidades es también un duro revés para Occidente y para la diplomacia internacional, que en las últimas semanas ha multiplicado las cumbres y los encuentros de alto nivel. En concreto, significa un fracaso para la política del smart power (que busca complementar el poderío militar con alianzas de alto nivel) del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que ha sostenido media docena de diálogos de sordos con su homólogo ruso, Vladimir Putin, a quien el lunes 14 instó una vez más – en vano – a “usar su influencia con los grupos armados prorrusos para convencerlos de que abandonen los edificios que se han tomado”.

Pero en particular, la intervención militar en el oriente de Ucrania constituye un boquete para la política exterior europea, que aún lamenta la impotencia con la que asistió a las guerras de Yugoslavia en los años noventa después de haber jurado una y otra vez que no habría más guerras en el Viejo Continente, que hoy se presenta más dividido que nunca.

Por un lado, ciertos países de la Unión Europea –como Reino Unido, Polonia y los tres Estados bálticos– se encuentran alineados con Estados Unidos y presionan para endurecer las sanciones contra Rusia. Otros, como Hungría, Eslovaquia, Italia o España están más interesados en cuidar las relaciones bilaterales. Y no les faltan buenos argumentos, pues según la Comisión Europea un enfrentamiento con el gigante euroasiático llevaría a una caída entre el 0,5 y el 1 por ciento del PIB comunitario, a lo que habría que agregar las penurias que sufriría en invierno el ciudadano de a pie sin el gas y el petróleo ruso. Esa es una carta que Putin no se ha privado de jugar, amenazando incluso con cortarles a los europeos el suministro energético si antes la quebrada Ucrania no le paga a la compañía estatal rusa Gazprom los 5.000 millones de dólares que le debe. De manera reveladora, la UE ha evitado aplicar sus sanciones en el sector minero-energético.

“Las acciones y las reacciones de Moscú tomaron desprevenida a la Unión Europea”, le dijo a SEMANA desde París Isabelle Facon, especialista en la materia de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS por sus siglas en francés). “Mientras que los europeos odian usar la carta del ‘hard power’, Rusia sí ha empleado los medios que considera que están a la altura de la problemática ucraniana, incluyendo los militares, a sabiendas de que así puede paralizar a los europeos”, dijo.

Si antes de la extenuante confrontación de la plaza Maidan el margen de maniobra de la UE era restringido, tras la anexión de Crimea esta se ha convertido en una espectadora pasiva. Como las Naciones Unidas –cuyos cascos azules invocó de manera simbólica el presidente Turchínov, a sabiendas de que Rusia lo vetaría en el Consejo de Seguridad–, la unión de los 28 se ha visto arrastrada a un conflicto que ni le gusta, ni controla, ni sabe cómo terminar. “Tras la explosión de la crisis, la UE navega sin instrumentos, lo que la ha llevado a posiciones unas veces inaudibles y otras demasiado rotundas, lo que en ambos casos no ha hecho más que reforzar al Kremlin en sus elecciones”, dijo Facon.

Pese a ser un gigante económico que aún despierta muchos deseos de adhesión entre países como Turquía o las repúblicas de la exYugoslavia, en materia geoestratégica el actual conflicto ucraniano puede dejar parada a la UE ( de paso a occidente entero, con Estados Unidos incluido), rugiendo como un tigre de papel.
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