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| 11/22/2008 12:00:00 AM

El Congo en erupción

Las inmensas reservas minerales del Congo siguen alimentando uno de los conflictos armados más sangrientos del mundo.

Hasta hace poco, los habitantes de Kivu del Norte, una provincia de la República Democrática del Congo, temblaban ante dos imponentes volcanes activos, el Nyiragongo y su gemelo Nyamuragira. Pero últimamente esos monstruos naturales son la última de sus preocupaciones, pues la zona se ha convertido en el centro de los sangrientos combates que hoy tienen a ese país sumido en una preocupante crisis.

En esa área no sólo se imponen los dos volcanes. El Parque Natural Virunga, el santuario por excelencia de los gorilas de montaña, también ha visto pasar a la milicia rebelde tutsi de Laurent Nkunda y al ejército congolés del presidente Joseph Kabila, causantes de las terribles matanzas y de los 250.000 desplazados, muchos de los cuales no han tenido otra opción que esconderse entre la niebla y confundirse con los gorilas.

El Congo, en pocas palabras, es un paraíso terrenal en guerra, un país en el corazón de África que combina una fortuna única en el mundo por sus recursos naturales con desastres de proporciones inimaginables. Allá está casi la mitad de los bosques mundiales y hay inmensas reservas de diamante, cobalto, oro y cobre. Además, en sus suelos es profuso el coltán, la contracción de dos minerales escasos que son indispensables para el funcionamiento de los teléfonos celulares, consolas de video y computadores.

Desde la independencia de Bélgica, en 1960, la violencia en ese gigante país (del tamaño de casi toda Europa Occidental) ha estado ligada de manera ineludible a los recursos naturales, aunque casi siempre salgan a relucir primero las razones políticas. En los combates actuales, Laurent Nkunda argumenta que está protegiendo a la minoría tutsi de los rebeldes hutu que llegaron de Ruanda después del genocidio. Por esta razón se habla de manera no oficial de la alianza del líder rebelde con el presidente tutsi ruandés Paul Kagame.

Además, las heridas de los conflictos pasados no han cerrado del todo. En 2003 finalizó lo que muchos llamaron “la guerra mundial de África”, que involucró a más de media docena de países, entre ellos Namibia, Angola, Zimbabwe, Uganda y naturalmente Ruanda. Tras el acuerdo de 2003 se formó un gobierno de transición y tres años después se realizaron elecciones generales, vistas como un éxito de la democracia, pero en varias zonas del país continuaron los disturbios y algunos grupos rebeldes del este, donde hoy se lleva a cabo el conflicto, se negaron a desmovilizarse o a unirse al Ejército nacional.

Sin embargo, las diferencias políticas han pasado a un segundo plano ante las razones económicas, pues en Congo confluyen los intereses de los grupos en contienda, de los vecinos africanos, de inmensas multinacionales y de las potencias mundiales. Un ejemplo claro de lo anterior son las recientes inversiones por más de 9 mil millones de dólares de China, un país que no ha puesto trabas para lograr acuerdos comerciales con naciones africanas que Occidente rechaza por las violaciones a los derechos humanos. Por eso, si bien las muertes son congolesas, no es descabellado hablar de un conflicto con tintes internacionales, en el que cada actor pelea primero para asegurar sus propios beneficios y luego sí para tratar de solucionar la crisis humanitaria.

En realidad, todos esos intereses sólo redundan en mayor violencia y mayor inestabilidad política. Sobre este asunto, Naciones Unidas aclaró que los grupos rebeldes se financian con los recursos naturales, especialmente la minería ilegal. Además, el dinero recogido se convierte rápidamente en armamento, que conduce inevitablemente a que los mayores damnificados sean los propios congoleses, una de las poblaciones más pobres del mundo. No es gratuito, por ejemplo, que 20 por ciento de los niños de ese país mueran antes de cumplir los cinco años.

“Estamos siendo testigos de tragedias en una escala nunca antes vista en la historia. La población civil está siendo ejecutada por balas o ataques con machetes, cuchillos, espadas y azadones. Hay cuerpos regados en las calles y el olor a descomposición saluda a los pasantes. (...) Estamos ansiosos, muy traumatizados y tenemos miedo por la constante inseguridad en la que vivimos. No sabemos a qué santo rezarle y estamos condenados a muerte por toda esta violencia y el desplazamiento”, explicaron el 18 de noviembre 44 organizaciones civiles de la región de Kivu del Norte, en una carta dirigida a Naciones Unidas, que autorizó el envío de 3.000 cascos azules adicionales para reforzar su misión en Congo, la más grande del mundo.

A pesar del esfuerzo extra de la ONU, lo cierto es que una salida a los enfrentamientos es todavía lejana y las raíces del problema en el Congo están arraigadas de manera muy fuerte. Como afirmó a SEMANA el congolés John Mususa Ulimwengu, quien trabajó para la Universidad de Kinshasa y para el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, “si fuera solo por razones políticas, un cese al fuego sería posible. Pero como también hay razones comerciales, entonces no habrá razón para terminar el conflicto siempre y cuando puedan explotar los minerales”. Por eso, mientras continúen las matanzas y los desplazamientos, la República Democrática del Congo seguirá siendo un infierno, cuando en realidad, por sus riquezas naturales, debería parecerse más a un paraíso terrenal.
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