Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/09/17 00:00

El dedo en la llaga

Corea y Japón podrán ser la sede conjunta del mundial pero su enemistad sigue siendo profunda.

El dedo en la llaga

Resulta paradojico que sean precisamente Japón y Corea del Sur los integrantes de la primera sede conjunta de un campeonato mundial de fútbol, el de 2002. Porque no se trata de dos países entre los que reinen precisamente la armonía y la amistad. De hecho, la polémica decisión de la Fifa se dio como una medida de acercamiento entre esos dos países. La razón es que la historia del siglo XX dejó en ellas y en China rencores que siguen vivos. Como se demostró la semana pasada, las heridas que dejó la Segunda Guerra Mundial en el extremo oriental de Asia siguen abiertas. La prueba es que las últimas actitudes del primer ministro japonés Junichiro Koizumi dolieron en Corea y en China como sal en carne viva.

Esos países padecieron la agresión del imperio japonés pero, a diferencia de lo ocurrido en Europa con Alemania, nunca han hecho de verdad las paces con la historia. El imperio del Sol Naciente jamás ha aceptado muchos de sus crímenes y sus excusas han sido siempre insatisfactorias. Y Koizumi no parece tener intenciones de cambiar.

El primer ministro causó protestas en Seúl y Beijing por su decisión de ir el 13 de agosto al santuario de Yasukuni. No se trata de cualquier monumento. Honra a 2,5 millones de soldados japoneses que murieron en la guerra, pero entre ellos se encuentran también reconocidos personajes del militarismo de derecha japonés y algunos criminales de guerra. Por ejemplo, se halla el primer ministro Hideki Tojo, quien dirigió el ataque a Pearl Harbor, la conquista del sureste asiático y la sangrienta guerra contra China. El recuerdo de estos personajes convirtió al santuario de Yasukuni en un símbolo del militarismo japonés del siglo XX y un lugar de culto para la derecha nacionalista.

Por ello la connotación del monumento es dolorosa e indignante para Corea del Sur y China. Para Corea, porque fue colonia japonesa de 1910 a 1945 y más de dos millones de sus habitantes murieron en una guerra a nombre de un emperador ajeno. Varios miles de mujeres coreanas fueron utilizadas como esclavas sexuales por el ejército japonés y cargan hasta el día de hoy recuerdos atroces de prostitución forzada. Según el presidente de Corea del Sur, Kim Jong Dae, “es humillante que se honre a las víctimas junto con los agresores”. Para China, los generales a los que el monumento rinde tributo están asociados a atrocidades como la masacre de Nanking, en la que unos 20.000 jóvenes fueron utilizados por el ejército japonés como blancos humanos en sus prácticas con bayonetas y 20.000 mujeres fueron asesinadas, violadas o mutiladas.

El hecho del santuario resulta muy coherente con la actitud japonesa de minimizar e interpretar a su antojo su papel en las guerras del extremo oriente. Hace algunas semanas los gobiernos de China y Corea del Sur protestaron por la negativa de Japón a modificar los libros de historia que usan los escolares. Si se tratara de un intercambio de notas diplomáticas el asunto no merecería tanta atención. Pero las protestas de ciudadanos frente a la embajada en Seúl demostraron que el sentimiento antijaponés no es un asunto teórico. Y, para completar, el espectáculo de los manifestantes que se cortaron una falange del dedo meñique en protesta por la visita polémica de Koizumi al monumento hizo a muchos pensar que para las pasiones que corren entre Corea y Japón no hay mundial que valga.

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