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| 3/16/1992 12:00:00 AM

El desquite japones

Estados Unidos y Japón protagonizan una escaramuza emotiva que recuerda épocas que se creían superadas.

HASTA HACE UNOS TRES DECENIOS, LOS artículos japoneses que inundaban los mercados occidentales eran sinónimo de baja calidad compensada por lo barato de su precio. Mucha agua ha pasado bajo los puentes, y las fábricas de latón han dado paso al crecimiento de uno de los establecimientos industriales más poderosos del mundo. Ese crecimiento es tan ostensible, que no es posible ignorarlo. Pero desde la visita del presidente norteamericano George Bush a Tokio, a finales del año pasado,losjaponeses han renovado la certeza de que su país puede poner las reglas del juego cuando de comercio internacional se trata. El mandatario norteamericano llego con el objetivo de recobrar puestos de trabajo para la debilitada economía de su país, pero su mensaje resultó equívoco: Japón debería venderle menos a Estados Unidos y comprarle más. Detrás los japoneses vieron la insinuación de que los problemas económicos que afectan a Estados Unidos es causada por la excesiva ambición comercial nipona, y no por su propia ineficiencia.
La sensación de que se habían convertido en el chivo expiatorio de las dificultades norteamericanas, tuvo efecto en todos los sectores de la sociedad nipona, que sólo ahora está sacudiéndose el complejo de inferioridad que la caracteriza desde el final de la guerra. Desde entonces, la tensión ha ido in crescendo, con andanadas de ambos lados, sobre todo de parte de los japoneses. La primera provino del presidente de la Cámara Baja Yoshio Sakurauchi, quien dijo que era muy difícil que Japón pudiera comprar más bienes norteamericanos porque los trabajadores estadounidenses "son perezosos e iletrados" y sacan "demasiados productos defectuosos ". Para el político de 79 años, Estados Unidos perdió su liderazgo mundial porque sus obreros "quieren altos sueldos sin trabajar por ellos". Para empeorar las cosas, Sakurauchi dijo que cuando Bush pidió a los japoneses que compraran más partes de automóviles producidas en Estados Unidos, estaba reconociendo que ese país es "un subcontratista de Japón ".
El efecto inmediato en Estados Unidos fue la cancelación de un contrato por el cual Sumitomo Corporation suministraría 41 trenes para el transporte metropolitano de Los Angeles (Estados Unidos). Luego se supo que el Regocio había sido adjudicado originalmente a Sumitomo por 122 millones de dólares, a pesar de que la firma norteamericana Morrison-Knudsen había presentado una propuesta más baja. La razón de los ediles californianos había sido demoledora: la calidad de los vagones japoneses es muy superior.
Sea como fuere, el contrato se canceló en medio de recriminaciones políticas. Al mismo tiempo, el Departamento de Comercio de Washington protestaba por lo que consideraba una violación a un acuerdo celebrado en 1988, por el cual Japón se comprometía a permitir sin restricciones la importación de carne norteamericana. El asunto no pasó a mayores, y los japoneses negaron toda veracidad al asunto. Pero el tema logró exacerbar aún más los ánimos norteamericanos. La escena de un grupo de obreros desempleados, que destrozan un viejo Honda a martillazos, regresó a las pantallas de televisión de todo el país.
Cuando el gobierno de Tokio parecía más interesado en echar tierra sobre el asunto, fue el propio Miyazawa quien puso su cizaña. No acababa de llegar de una corta visita a Estados Unidos cuando declaró que ese país adolece de falta de "una ética del trabajo". Su comentario no parece fuera de lugar, porque es un tópico frecuente en las conversaciones bilaterales con Estados Unidos. Pero la oportunidad dejó perplejos a los observadores.
La actitud del gobierno japonés no nubiera resultado coherente, según los observadores, si no fuera por los escándalos de corrupción que amenazan la permanencia de Miyazawa y del Partido Liberal Democrático en el poder. Los comentarios, según esa tesis, estarían destinados a aplacar las iras de nacionalistas antinorteamericanos como Shintaro Ishihara, autor del libro "El Japón que no sabe decir no". La teoría adquirió fuerza luego de que se presentara un incidente en el cuartel del partido en Tokio, cuando un seguidor de Ishihara irrumpió armado para exigir la renuncia de Miyazawa.
Otro aspecto que se observa con inquietud es que consciente o inconscientemente, Bush convirtió a Japón en un tema electoral en Estados Unidos. Se trata de un período en el que los rencores viejos salen a flor de piel, y Japón y Estados Unidos tienen mucha tela de dónde cortar a ese respecto. La ola de tensiones es terreno abonado narra los extremismos, y ya han salido a la palestra quienes predicen una nueva guerra entre los dos países a mediano plazo.
Según los expertos, desde 1975 la productividad industrial de los japoneses se ha más que duplicado, mientras la de los norteamericanos escasamente ha crecido en un 50 por ciento. De continuar esa tendencia, se afirma que la economía nipona habrá superado netamente a la norteamericana hacia el año 2000. La reacción nacionalista de comprar automóviles "Made in America" no es solución, porque los carros hechos con partes totalmente provenientes de un país, simplemente ya no existen.
Pero los pesimistas sostienen que detrás de las razones puramente comerciales, podría estar el fantasma del odio racial, sobre todo si se tiene en cuenta que los japoneses han sido los enemigos más odiados de la historia de Estados Unidos. Esa circunstancia, en épocas de vacas flacas, configura un horizonte que podría nublarse.
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