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| 3/17/2003 12:00:00 AM

El día después

Estados Unidos está listo para invadir Irak pero no tiene una política clara para la reconstrucción. ¿Qué pasará después de que caiga la última bomba?

Al presidente estadounidense, George W. Bush, le faltó hablar de ríos de miel y lluvia de maná al presentar su visión de Irak libre del dictador Saddam Hussein. "Un Irak liberado podrá mostrar el poder de la libertad para transformar toda esa región vital, al traer esperanza de progreso a la vida de millones de personas", decía a finales de febrero entre ovaciones de los asistentes a la cena anual del American Enterprise Institute. Pero el presidente no explicó en detalle cómo lograría tanta belleza sin ayuda internacional y en una nación fragmentada que nunca ha conocido el más remoto atisbo de democracia. Y es que mientras el público ha sido informado hasta con mapas y diagramas de la estrategia de ataque que se usará en Irak, la llamada 'guerra relámpago', aún no hay acuerdo sobre el modelo que se seguirá para lidiar con el país después de que se logre la salida de Hussein.

Para empezar, existe un enfrentamiento en las altas esferas del poder entre dos visiones de reconstrucción. Los conservadores guerreristas del Pentágono desean un cambio democrático radical que tendría en cuenta a la oposición iraquí en el exilio y al presidente del Congreso Nacional iraquí, Ahmad Chabali, como eje fundamental de un gobierno de transición. Por su parte la CIA y el Departamento de Estado consideran remover a Saddam Hussein del poder y ocupar militarmente a Irak bajo un modelo similar al de la posguerra japonesa, en donde el general Tommy Franks haría las veces de MacArthur. Este enfoque buscaría luego devolver el poder al partido Ba'ath en lugar de pensar en una democracia pluralista. Este último plan ha tenido numerosos críticos pues contradice todos los avances de la teoría internacional de la época poscolonial y se aleja bastante de las promesas de libertad y democracia que Bush quiere vender.

El problema es que en cualquier caso la reconstrucción democrática de Irak será difícil. Se trata de un país increíblemente diverso que ha mantenido la tensión secesionista de etnias minoritarias, como los kurdos, gracias a la represión de la dictadura de Hussein. Se teme, por ejemplo, que en caso de guerra Turquía invada el norte de Irak para evitar un levantamiento de esta etnia (ver artículo página 58). Robert Rotberg, director del programa de conflicto internacional de la Universidad de Harvard, dijo a SEMANA que después de la invasión lo más probable es que Irak deje de ser viable como Estado pues, según él, "aparte del aglutinante de la dictadura, Irak ya es un Estado fallido". Esta inestabilidad y falta de gobierno es además el semillero indicado para la proliferación de terroristas y tráfico de armas y drogas. Ignorar esto fue justamente el error que se cometió después de la guerra en Afganistán y ahora no existe gobierno más allá de Kabul, no se ha podido acabar con Al Qaeda, el comercio de opio se multiplicó y el poder regional de los señores de la guerra parece irrefrenable. Según Rotberg, "el error en Afganistán fue que no se hizo lo suficiente para darle seguridad al país entero. Falta construir calles y la economía todavía se tambalea insegura".

Por eso Rotberg se distancia del cuadro de maravillas pintado por Bush y cree que una reconstrucción es necesaria antes de pensar en algún tipo de futuro democrático y próspero. En efecto, varios analistas cercanos al gobierno también coinciden en que existen una serie de pasos necesarios para la instauración de una democracia. Rick Barton, copresidente de la comisión de reconstrucción conformada por el Centro de Estudios Estratégicos en alianza con el ejército estadounidense, explicó a SEMANA que la condición previa a cualquier progreso es la "seguridad pública: una vez que eso se da el avance en las tres básicas libertades: expresión, movimiento y asociación, produce el contexto donde el imperio de la ley, gobernabilidad y bienestar económico y social pueden consolidarse", dijo. Barton advierte, sin embargo, en el informe: "Una paz más sabia" que la política estadounidense para asegurar estas condiciones es ineficiente e incluso inexistente, pero se muestra más optimista que analistas como Rotberg: "Siempre va a existir un riesgo de agravamiento de la decadencia de Irak, y espero que la transición a un nuevo sistema sea una labor difícil, pero no creo que el Irak de la posguerra colapse", explica.

Lo que para todos es claro es que el proceso sería costoso, pues los estimativos hablan de 20.000 millones de dólares anuales, y requeriría una ocupación duradera con tintes de colonialismo. Tal situación traería un fuerte rechazo en el mundo árabe, y el sueño de Bush de una democracia occidental en Irak que traiga estabilidad y libertad al resto de la región puede resultar siendo una pesadilla que termine desestabilizando a los vecinos y ahonde el odio de los países musulmanes hacia Estados Unidos. Por eso sería indeseable que la ocupación fuera sólo norteamericana o al menos se debería evitar que la potencia manejara los recursos petroleros como cualquier imperio de antaño. Quizá por ello se ha dicho que sería Gran Bretaña la encargada de administrar el petróleo y destinar los ingresos a ayudar en la reconstrucción del país.

Sin embargo sería preferible un apoyo del sistema internacional en su conjunto para la reconstrucción. Kal Holsti, autor de El Estado, la guerra y el estado de guerra, dijo a SEMANA que para que el rechazo a la ocupación se atenúe le recomendaría a Bush que tratara de establecer un protectorado de Naciones Unidas en Irak, con un mandato que preparara para un gobierno soberano. "La ONU también debería supervisar la reconstrucción y proteger los recursos petroleros iraquíes".

Así, es muy probable es que el afán de Bush de buscar la aprobación de la ONU, aun cuando dice que no la necesita para atacar, se deba, entre otras cosas, a que necesita al organismo para la reconstrucción en la posguerra.
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