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| 8/21/2011 12:00:00 AM

El difícil final del conflicto de Libia

Las fuerzas leales a Gadafi no se han desintegrado y se espera que disputen cada uno de los 40 kilómetros que separan Zawiya de la capital.

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BBC
A principios de enero de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, el Mariscal de Campo británico Montgomery decidió que la mejor solución para avanzar en ese conflicto en la campaña del norte de África era atacar Trípoli, que entonces estaba controlada por Italia.
 
El Octavo Ejército británico que él lideraba lanzó una ofensiva en base a tres divisiones en Bengasi, atacó desde varios frentes y tomó control de la ciudad a finales de mes.
 
Casi 70 años después, las fuerzas británicas están otra vez bombardeando Trípoli y sus alrededores, en lo que se prevé que sea una ofensiva final. Pero esta vez son los propios libios quienes han acorralado la capital dispuestos a avanzar hacia la victoria.
 
Los rebeldes, que parecen haber aprendido del avance desorganizado que caracterizó a este bando al principio de la guerra, están luchando metódicamente, consolidando su control sobre el territorio antes de seguir adelante.
 
Por su parte, las fuerzas leales al líder libio, Muamar Gadafi, dispersas en muchos frentes, se aferran a sus posiciones desesperadamente por temor a los bombardeos de la OTAN.
En Trípoli, los apagones de luz y la escasez de combustible empeorarán a medida que las líneas de suministro vayan siendo dañadas. Un ataque múltiple desde las carreteras costeras es inevitable.
 
Los habitantes de Trípoli se han adelantado y han iniciado revueltas locales. Por lo que, aunque ellos no consigan inclinar la balanza, harán que las fuerzas leales a Gadafi se dividan y se debiliten en otros lugares.
 
Pero el avance de los insurgentes a Trípoli no será sencillo.

Las posibles estrategias de Gadafi
 
Las fuerzas leales a Gadafi no se han desintegrado y se espera que disputen cada uno de los 40 kilómetros que separan Zawiya de la capital.
 
Cuando los insurgentes lleguen a las fronteras de la ciudad, el terreno urbano ofrecerá ventajas al ejército.
 
Como ya ocurrió en Zlitan, las fuerzas de Gadafi harán uso de los edificios civiles, incluyendo mezquitas y escuelas, como plazas de defensa para los francotiradores y lanzamisiles.
 
La OTAN no detendrá sus ataques, pero se verá obligada a tener mucho más cuidado a la hora de seleccionar objetivos. Además, el apoyo de la población local podría ser desigual, con voluntarios armados frenando el avance.
 
Un segundo problema podría surgir si Gadafi arremete en un ataque desesperado.
Su ejército posee entre 80 y 100 misiles Scud, uno de los cuales fue lanzado sin éxito a Brega la semana pasada.
 
¿Podrían ser utilizados en un último esfuerzo para aterrorizar a los buques de guerra de la OTAN o al territorio rebelde?
 
Entre 1988 y 1992, por ejemplo, las fuerzas soviéticas dispararon casi 2.000 misiles Scud contra los muyahidines afganos, matando a un gran número de civiles.
 
El riesgo es posible, pero estos misiles son muy imprecisos, y el largo tiempo de preparación de una hora (por el uso de combustible líquido) hace probable que los aviones de la OTAN detecten y destruyan cualquier lugar al aire libre donde se concentre una gran cantidad de misiles de este tipo.
 
Las armas químicas tampoco son una seria amenaza.
 
Gadafi puede tener alrededor de 10 toneladas de gas mostaza, pero es probable que las fuerzas especiales occidentales tengan bajo control la zona de almacenamiento (al sur de Sirte) y de cualquier forma sería muy difícil convertir en armas estas reservas.
 
Lo más probable es una forma más simple de terrorismo.
 
Las operaciones contra los países occidentales serían difíciles, debido al seguimiento intensivo de los servicios de inteligencia libios en el extranjero, y al desvío del aparato de seguridad del estado tras la revuelta.
 
Pero el petróleo, la infraestructura de transporte y los civiles de Trípoli, podrían ser blancos de atentados.
 
clic Lea también: La OTAN ante el dilema de cómo defender a la población civil en Trípoli
Como sucedió en Kuwait con la quema de pozos de petróleo por parte de Saddam Hussein, esto no haría mucho más que retrasar lo inevitable. Sin embargo, podría hacer la transición política aún más caótica.
 
Entonces, ¿cuáles son los desafíos de una transición como esta?

Desafíos de la transición
 
En primer lugar, el Consejo Nacional de Transición (CNT) debe entrar en Trípoli en algún momento.
 
Su bien entrenada Brigada de Trípoli con cientos de combatientes ha estado activa en el oeste del país, y el CNT goza de reconocimiento internacional como el único representante legítimo del pueblo libio.
 
Pero si otros rebeldes se hacen con los edificios gubernamentales en el curso de una insurrección urbana, el comité basado en Bengasi puede ser dejado de lado por sus autodeclarados contrincantes.
 
Además, tiene una amplia representación regional, pero en el Oeste del país muchos ven esto como una fachada y les molesta lo que perciben como un desequilibrio en los sacrificios entre las dos partes del país.
 
En segundo lugar, ¿qué pasa con la cuestión tribal? Este tema no debe tratarse de forma alarmista o despectiva.
 
Las zonas urbanas y el occidente de Libia tienen identidades tribales mucho más débiles que las zonas rurales y del este, y las tribus no son grupos armados autónomos.
 
Pero sería ingenuo imaginar que los antiguos conflictos tribales, algunos de los cuales se han visto considerablemente agravados por la guerra, no van a ser profundamente divisorios.
 
Las tribus Warfalla, Tarhuna, Magarha y Warshafana son todas enemigas, pero el posible maltrato por parte del Consejo Nacional de Transición durante el período posterior al conflicto sería muy desestabilizador.
 
Por último, ¿podrían los islamistas "secuestrar" la revolución? Esto es muy probablemente un miedo exagerado.
 
Los islamistas están combatiendo junto a las fuerzas rebeldes y dada su historia en el este de Libia y su experiencia de combate en Afganistán e Irak, sería sorprendente que no lo hicieran.
 
Sin embargo, es absurdo compararlos con los islamistas aguerridos y bien financiados de Afganistán o dar a entender que tienen fuertes lazos con al-Qaeda.
 
Desarmarlos a ellos y a otras milicias será una tarea crucial para cualquier gobierno provisional, pero no una prioridad mayor que el restablecimiento de la normalidad económica y las exportaciones de combustibles.
 
Estos son los desafíos serios.
 
Las garantías de los rebeldes de una transición sin problemas se deben tomar con el debido escepticismo. Pero es falso sugerir que no han planificado nada o que un golpe de Estado islamista y la lucha interna de la oposición sea inevitable.
 
Mucho de esto dependerá de las decisiones que se tomen mientras se alarga la sombra rebelde sobre Trípoli.
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