Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/04/24 00:00

El dragón desafiante

La tensión entre las dos potencias asiáticas aumenta, mientras el rencor y la furia de los chinos contra los japoneses es cada vez más grande.

El dragón desafiante

Las masivas manifestaciones antijaponesas que se han presentado en China durante las últimas tres semanas son sólo la punta del iceberg que separa a estos dos vecinos. El año pasado, cuando China se convirtió en el principal socio económico de Tokio, se pensó que la rivalidad histórica se vería despejada de una vez por todas. Pero las diferencias tienen raíces más profundas. La tensión que hoy se siente es producto de guerras y malentendidos que han estado vigentes por más de un siglo, al menos desde la guerra sino-japonesa de 1894.

Oficialmente en 1972 se restauró la relación diplomática entre Japón y China, después de la disculpa pública de los japoneses por los horrores cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque habían tratado de mantener un tono amable en sus políticas bilaterales desde aquel entonces, es un hecho que actualmente la relación está pasando por el peor momento de los últimos 33 años. Lo cierto es que los líderes de ambos países no se visitan oficialmente desde 1999.

Las razones para la rabia de los chinos son muchas. En la superficie está la publicación de unos libros escolares en Japón, en los que se trata de negar su pasado armamentista y violento, la represión y los crímenes cometidos contra el pueblo chino antes y durante la Segunda Guerra Mundial, principalmente la masacre de cientos de miles de civiles en Nanjing en 1937. Las protestas llegaron a tal extremo, que chinos enfurecidos destrozaron las ventanas de la embajada japonesa en Beijing, golpearon gravemente a dos hombres de nacionalidad nipona, rompieron carros fabricados en ese país, destruyeron restaurantes de sushi y comenzaron un serio boicoteo en contra de los productos importados del Japón. Ese tipo de protestas es inconcebible en un régimen tan estricto como el chino, donde las manifestaciones que no son del agrado del Politburó son reprimidas a sangre y fuego. Sólo es necesario recordar el trágico desenlace de las protestas estudiantiles en Tiananmen.

El 17 de abril, cuando el ministro japonés de Relaciones Exteriores, Nobutaka Machimura, llegó a Beijing a calmar los ánimos y pedir una disculpa oficial del gobierno chino por los daños en la embajada, recibió una fuerte respuesta de su homólogo. El canciller chino Li Zhaoxing respondió: "El gobierno chino no ha hecho nunca nada por lo que tenga que disculparse"; además acusó a Japón de no ser fiel en el tratamiento de la historia y de negar su pasado. La visita anual del primer ministro japonés, Junchiro Koizumi, al templo Yasukuni, dedicado a los muertos en la guerra, entre ellos los militares que torturaron, asesinaron y violaron a los ciudadanos chinos, no hizo más que echar sal en la herida de Beijing.

Las verdaderas razones

Pero más allá de los libros escolares, que aparentemente han sido escritos y distribuidos desde hace años por una editorial nacionalista y no son utilizados por la mayoría de los profesores nipones, precisamente por su falta de fidelidad a la historia, las razones para la furia de los chinos son más profundas.

Japón será durante los próximos dos años miembro transitorio del Consejo de Seguridad de la ONU, al cual pertenece China por derecho propio. Tokio está buscando la posibilidad de que Japón se convierta en miembro permanente cuando se haga la reforma de la organización. China está claramente en contra de esta medida, ya que no cree que Japón merezca, a causa de su historia armamentista, participar de una responsabilidad tan delicada.

Taiwán desempeña también un papel importante en la confrontación. Hace aproximadamente dos meses el gobierno chino expidió la ley contra la secesión de la isla, a la que llama "provincia rebelde". En la norma se prohíbe la independencia formal de Taiwán con la amenaza de que cualquier movimiento en esa dirección provocaría la respuesta militar china. Japón en cambio siempre ha declarado abiertamente su apoyo a la independencia de Taiwán. En el tratado de seguridad que firmó con Estados Unidos recientemente, nombró a Taiwán por primera vez como un interés estratégico. Para los chinos esta es una intromisión que podría llevar a una guerra entre ambos países. Y Japón, que desde que el primer ministro Junchiro Koizumi llegó al poder ha revisado su política pacifista, declaró a China como amenaza militar.

Además del malestar político están las tensiones geográficas y económicas. Ambos países han tenido serias disputas por sus fronteras marítimas en el Mar de China Oriental, donde se cree que hay grandes yacimientos de petróleo y gas natural. Especialmente si se tiene en cuenta que a principios de este mes el gobierno japonés dio luz verde a un proyecto multimillonario para explorar en parte de la zona implicada, al oeste de la isla japonesa de Okinawa, lo que fue visto por Beijing como un desafío a su soberanía.

La rivalidad ha sido constante a través de la historia, pero lo que había mantenido la calma durante los últimos tiempos era la visión que Japón tenía de su vecino. China siempre había sido mirado por el país del Sol Naciente como un territorio al cual se podía subyugar fácilmente, tal y como lo había hecho en múltiples ocasiones en el pasado. Japón nunca quiso pedir perdón de manera abierta por sus crímenes de guerra y en vez de pagar una indemnización al país continental, acción que demostraría al mundo un sentimiento de culpa, lo que hizo fue lavar sus pecados dando millones de yenes como ayuda. En parte gracias a este dinero, China logró fortalecerse y poco a poco fue alcanzando el estatus de potencia económica que hoy ostenta. En los últimos 10 años la economía china se ha multiplicado por tres, mientras que la economía japonesa se encuentra en una fase de desaceleración. De todas maneras, Japón es la segunda potencia económica del mundo, seguido por su vecino y rival.

"Los chinos se han sentido humillados, abusados y explotados por los japoneses durante décadas. Con la ahora perezosa economía japonesa y el rápido crecimiento económico de China, los chinos están comenzando a sentir confianza de sus propias capacidades, ya no se sienten inferiores y lo están expresando por medio de la furia", dijo a SEMANA el politólogo y profesor emérito de la Universidad de British Columbia en Canadá, Robert Bedeski.

En la cumbre Asia-Africa, el pasado 22 de abril, Koizumi ofreció disculpas a Beijing por los crimenes de guerra. Los diplomaticos chinos respondieron que no confiaban en la palabras sino en las acciones de Japón.

"Estos dos países se necesitan mutuamente, por eso evitarán tener problemas más serios y buscarán el diálogo y la negociación", dijo a SEMANA Hong Nack Kim, analista político. Pero más que una disputa histórica, lo que está en juego es la influencia y el liderazgo de cada una de las potencias en Asia.

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