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| 2/19/2011 12:00:00 AM

El efecto bumerán

Los ayatolás y Ahmadineyad se apresuraron a apoyar las protestas que atraviesan el mundo árabe. Pero mientras el problema crece en otros países, ahora toca a su puerta.

Todavía no está claro qué causó más impacto en la oposición iraní: el despertar del mundo árabe con sus luchas por sociedades democráticas con mayores derechos o la posición del líder supremo de la República Islámica, Ali Jamenei, que apoyó a los jóvenes de estos países en sus revueltas y habló de un despertar islámico en toda la región. Lo cierto es que cuando nadie lo esperaba, el movimiento verde iraní volvió a reaparecer el lunes pasado en las calles de las principales ciudades de Irán y dejó al gobierno casi en estado de shock.

La reacción era previsible. Por más de 14 meses, el gobierno había anunciado en múltiples ocasiones la muerte de aquellas protestas masivas que surgieron después de las elecciones presidenciales de 2009, cuando parte de la población no reconoció la victoria del presidente Mahmud Ahmadineyad.

Desde entonces, más de siete mil personas habrían sido detenidas y sometidas a extremos interrogatorios, en una estrategia por aplacar completamente la oposición (1.500 de ellas el lunes pasado). Pero según quedó demostrado esta semana, la medida no logró persuadir a los opositores.

¿Qué hacer ahora? Esta era la pregunta que se leía implícitamente en cada reacción del gobierno, que para entonces estaba concentrado en celebrar que el mundo árabe había entrado en el momento de transformación que soñaban. Parecía una broma del destino.

Exactamente cuando los líderes iraníes pensaron que alcanzarían su objetivo de influenciar la región con su proyecto de Revolución islámica, tal como lo soñó el ayatolá Jomeini cuando creó la República, hace 32 años, la situación se salió de sus manos. Entendieron que el enemigo dentro de casa estaba vivo.

Entonces, todas las esferas progubernamentales entraron en alerta. Saben por experiencia que a las protestas hay que ponerles más cuidado que antes. La experiencia de Egipto y Túnez lo demuestra. "Hace más de un mes nadie predijo que se caerían los regímenes de Túnez o Egipto; cuando hay gobiernos represivos, la gente resiste", señaló a SEMANA Reese Ulrich, veterano corresponsal en la zona y autor del libro Conversations with Terrorists: Middle East Leaders on Politics, Violence and Empire.

La respuesta inmediata fue enfilar cañones contra los llamados líderes de la oposición, los excandidatos presidenciales reformistas Mehdi Karrubi y Mir Hossein Musavi, a quienes acusaron, entre otras cosas, de traidores. Los culpan de haber caído en la trampa de Occidente, que, según versiones de progubernamentales, estaría buscando desestabilizar Irán, considerado junto a Egipto los países más poderosos de la región, ahora que aquellos dictadores amigos desaparecen del mapa.

Karrubi y Musavi, al fin y al cabo, habían sido los responsables de convocar aquella marcha que tenía como objetivo apoyar a los jóvenes tunecinos y egipcios, pero que terminó siendo una muestra más de oposición al régimen. "Mubarak, Ben Ali, ahora es el turno de Seyed Ali" o "Jamenei, tenga alguna vergüenza, mire a Mubarak", gritaban mientras eran fuertemente reprimidos por la Policía y los basijis, las fuerzas paramilitares islámicas creadas por el régimen como apoyo a su defensa durante la guerra de Irak, que se han convertido en los principales defensores del líder y del régimen. "Todos llegamos -por la marcha del lunes- pensando en que no iba a haber nadie, y nos sorprendimos al ver que había bastante gente. Lo interesante es que esto pasó en muchos lugares de la ciudad", explicó a SEMANA, a través de Internet, una mujer iraní de 50 años que pidió ser identificada como Far. "Fue un alivio para todos ver que el movimiento seguía vivo, que seguíamos buscando lo mismo", dijo.

La marcha de protesta del lunes pasado tuvo distintos significados para unos y otros. Para el gobierno, fue un desafío y una traición a la patria. "Lo que el gobierno hace es un acto de hipocresía", respondió la oposición, que dijo no entender cómo los líderes de la República Islámica apoyan a los manifestantes de otros países mientras atacan a los locales, que hacen los mismos reclamos.

De la hipocresía de los líderes iraníes también habló el gobierno estadounidense, empezando por el presidente Barack Obama, que por primera vez se lanzó abiertamente a apoyar a los opositores iraníes en su deseo de tener mayores libertades y un gobierno más representativo. Sus palabras enfurecieron aún más al gobierno, que ven la mano de los norteamericanos y de Occidente detrás del resurgir de las protestas. Sin embargo, como dijo a SEMANA Bryan Gibson, autor del libro Relaciones encubiertas: La política extranjera e inteligencia americana y la guerra de Irak, 1980-1988: "La capacidad de influencia de Estados Unidos en Irán es extremadamente limitada", y recordó cómo en 2009 Obama dudó en apoyar abiertamente el movimiento verde porque tenía la esperanza de lograr un compromiso con Irán respecto al tema nuclear. Pero, por lo mismo, "debido a que estos esfuerzos han fracasado por completo, no tiene nada que perder con criticar el régimen islámico y apoyar el movimiento", dijo Gibson. No obstante, el autor señala igualmente que este apoyo puede ser al mismo tiempo contraproducente, porque le da razones al régimen para catalogar a los opositores de "agentes extranjeros" y a los Guardias Revolucionarios para actuar contra los opositores con violencia, como ha pasado hasta ahora.

Enemigos del régimen

Desde el lunes pasado, el gobierno desató una batalla verbal y propagandística contra la oposición. "Muerte a Musavi, Karrubi, Jatami", gritó un gran número de parlamentarios al comenzar la sesión al día siguiente de la manifestación de los jóvenes. Estas mismas voces se empezaron a oír desde todos los estamentos de la República Islámica, muchos de los que no solo pedían que los lleven a juicio, sino que los ejecutaran.

Pero esos líderes opositores son una papa caliente para el régimen. Hasta ahora había logrado mantenerlos controlados en una especie de arresto domiciliario, pero después del desafío del lunes pasado ya no saben cómo responder a las voces que piden que se les procese. Miles de personas, incluso, respondieron a un llamado de las organizaciones islámicas y salieron a las calles de Teherán el viernes, contra la oposición. Pero en las altas esferas del poder saben que ejecutarlos los convertiría en mártires, lo que puede resultarles contraproducente.

El jefe de la Justicia, el ayatolá Sadegh Ardeshir Larijani, lo entiende más que nadie. "La justicia, con seguridad, juzgará a los líderes de la sedición, pero no los convertirá en héroes", dijo Larijani el jueves pasado. Karrubi, por su parte, le respondió que él no temía a nada; que le hicieran un juicio público para que los iraníes vieran quiénes eran los verdaderos traidores de la Revolución Islámica.

"Si el régimen no lleva a juicio a los líderes de la oposición, siempre dejará espacio para llegar a un compromiso con ellos", explicó a SEMANA Kamram Talattof, analista político iraní y profesor de la Facultad de Estudios Orientales de la Universidad de Arizona, quien cree que sin ese compromiso el gobierno estará cada vez más solo y tendrá que apoyarse más en las fuerzas de seguridad para sobrevivir.

"Sin esos líderes, los verdes no se podrán comunicar con el régimen; ellos ya no hablan el mismo idioma. Y es literal", añadió Talattof, y explicó que si el gobierno acaba con el movimiento verde, otros grupos radicales nacerán, lo que daría lugar a una situación mucho más caótica.

"Pero esto no es Egipto", aclaró a SEMANA Bryan Gibson, quien, como muchos otros analistas, asegura que la situación de Irán no puede compararse con la de otros países musulmanes. Si bien es cierto que en todos hay gran descontento por la situación económica y miles de jóvenes usan como herramientas las redes sociales -convocan todas las marchas a través de Facebook-, lo cierto es que el país persa tiene condiciones políticas diferentes, debido a que muchos de los líderes opositores hacen parte del régimen. Es decir, buscan cambios dentro de los marcos de la Revolución islámica.

Eso no significa, sin embargo, que dentro de la enorme complejidad de la realidad iraní sectores liberales de quienes salen a la calle protesten no solo contra el gobierno de Ahmadineyad, sino contra el líder de la Revolución, el ayatolá Alí Jamenei, cuyo poder abarca todas las esferas de la sociedad: religiosa, política judicial. Este cambio, sin embargo, será más difícil de lograr no solo por el poder de los guardias revolucionarios, leales al líder y cada vez más ricos, sino por la desconfianza de gran parte de la población a los cambios.

La experiencia de 1979, cuando el movimiento destinado a derrocar al sha terminó convertido en una Revolución islámica, dejó a esos sectores con desconfianza sobre lo que puede venir después de un momento de cambio radical. Por eso, un joven opositor, de 27 años, le dijo a SEMANA a través de Internet: "Queremos que todo se haga lento, nada con velocidad".

"El régimen se encuentra en un momento complicado y creo que tendrá que ser muy cuidadoso en la manera como maneja a la oposición", dijo a SEMANA Graham Fuller, analista estadounidense experto en extremismo islámico. Fuller piensa que la situación ha cambiado desde los eventos de Túnez y Egipto. "El movimiento iraní ahora aparece con diferente peso. Y por eso creo que Jamenei tendrá que tomar una decisión importante sobre hasta qué tan lejos apoyará a (el presidente) Ahmadineyad".

Y es que los opositores no se han quedado quietos. Ya anunciaron una marcha para este domingo 20 de febrero, y la determinación que se siente en las calles de Teherán hace presentir que será multitudinaria y que correrá sangre.

En Irán no se sabe lo que va a pasar, pero lo que está claro es que nadie duda de que este es un momento decisivo. Las protestas de 2009 han resurgido cuando el régimen menos se lo esperaba, y el terremoto que quisiera ver el mundo musulmán ahora toca a su puerta.
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