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| 3/2/2013 5:00:00 AM

El enemigo oculto de los militares gringos

Cada vez se suicidan más soldados y veteranos de guerra en Estados Unidos. Las alarmantes cifras revelan que las Fuerzas Armadas atraviesan el momento más crítico de su historia reciente.

“La buena voluntad con que nuestros jóvenes puedan servir en cualquier guerra, no importa cuán justificada sea, será directamente proporcional a cómo ellos perciban que los veteranos de guerras anteriores fueron tratados y apreciados por nuestra nación”. De ser cierta esta frase de George Washington, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos se enfrentan hoy al enemigo más letal de su historia: la epidemia de suicidios de sus soldados y veteranos de guerra. Y hasta el momento van perdiendo la batalla. Según anunció el Pentágono hace unos días, una investigación del Departamento de Asuntos de los Veteranos (VA por sus siglas en inglés) señala que 22 veteranos de todas las guerras del país se suicidan cada día, es decir, cada 80 minutos muere uno por sus propias manos.

Es tan preocupante que ahora el 20 por ciento de los suicidios en el país son de quienes han ido a la guerra, a pesar de que solo el 1 por ciento de los norteamericanos ha prestado el servicio militar. De los 2,3 millones de soldados que han participado en las guerras de Irak y Afganistán, 6.500 se quitan la vida cada año. Una cifra que triplica el número de muertes totales de norteamericanos en el frente de batalla en Afganistán.

Como si fuera poco, ahora la epidemia de suicidios ataca de manera despiadada también a las tropas. El año pasado, durante solo el mes de julio, 38 soldados en servicio activo se quitaron la vida. Hoy el suicidio es la causa más frecuente de muertes en las Fuerzas Militares. Su segundo comandante, el general Lloyd Austin III, expresó que “es el peor enemigo que he tenido que enfrentar en mis 37 años de oficial”. En 2003 fueron 77 los soldados que se suicidaron, en 2009 lo hicieron 160 y en 2012 llegaron a ser 349. Esto quiere decir que en el último año fueron 50 soldados más los que se suicidaron que los asesinados por las balas del enemigo (295).

Y es que en el último periodo Afganistán se ha convertido en escenario de los más inexplicables sucesos. El año pasado rondó un video que mostraba a cuatro marines orinando sobre talibanes muertos, pocos días después algunos de sus compañeros quemaron páginas del Corán, y luego un soldado asesinó a 17 campesinos afganos con ninguna intención más que la de matar. Pero este es apenas el inicio, pues cuando vuelven a su país, el estrés postraumático solo incrementa el riesgo de asesinar a alguien. Hace unos días Chris Kyle, el francotirador más letal de la historia, veterano de la guerra de Irak, fue asesinado por uno de sus compañeros en un campo de tiro en Texas. 

Aunque el trauma del combate y las tendencias suicidas suelen estar estrechamente relacionadas, algo ha cambiado en los últimos diez años en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Según los especialistas, ahora el riesgo de quitarse la vida es cuatro veces más alto en los jóvenes con historial militar que en sus contemporáneos civiles. Bengt Arentz, experto en Psiquiatría Militar del Colegio de Medicina de la Universidad de Wayne, le dijo a SEMANA que “los veteranos de Afganistán e Irak sufren más desórdenes de estrés postraumático que los de Vietnam”.

A diferencia de los soldados de guerras recientes, los de Vietnam sabían el día de su regreso desde el momento en que salían de casa. Ahora, los soldados son enviados a varias misiones o tours, por lo que no saben si regresarán. De los 2,3 millones de soldados que estuvieron en Irak y Afganistán, 800.000 debieron volver al frente de batalla en múltiples ocasiones. Incluso hay algunos que llevan una década en guerra. Bryan Craig, director del Centro Nacional de Estudios para los Veteranos, dijo a SEMANA que “nuestro más reciente estudio comprobó que cada uno de los soldados que había intentado suicidarse lo hizo con el fin de acabar cualquier tipo de sufrimiento”.

Las armas también han cambiado. Mathew Kuntz, un veterano e investigador de la salud mental en Montana, comentó a esta revista que “los artefactos explosivos improvisados (IED por sus siglas en inglés)  dan lugar a leves lesiones cerebrales traumáticas que generan circuitos neuronales en la persona, lo que empeora el estrés postraumático y crea mayor propensión al suicidio”. Además, estar expuesto a las armas durante años convierte oprimir el gatillo en una rutina. Según cifras de 2010, 48 por ciento de los miembros de las Fuerzas Armadas que se suicidaron durante ese año, lo hicieron con sus propias pistolas.

Otro problema es que al regresar, los veteranos tienen dificultades para readaptarse. El  periódico Army Times indicó a finales de 2012 que mientras la tasa de desempleo en el país fue de 7,8 por ciento, la de los veteranos de Irak y Afganistán fue de 9,9 por ciento (205.000 soldados aproximadamente). Pero el mayor problema es que, a su regreso, los soldados vuelven como una colonia fantasma de la que poco o nada sabe la gente. Durante la era Bush reinó la autocensura en los medios de comunicación y se prohibió exponer imágenes de los ataúdes que volvían de Irak. Como le dijo a esta revista David Spiegel, psiquiatra del Centro de Estrés y Salud de Stanford que trabaja con veteranos, “encontrarse con civiles que simplemente no entienden nada, desencadena la depresión, la alienación y la frustración”.

En su libro Cartas desde el frente, el periodista Michael Moore recoge el desconcierto de decenas de soldados por estar peleando en una guerra que ni siquiera ellos comprenden. “Todos nosotros hemos jurado defender la Constitución de Estados Unidos, pero esta guerra no tiene nada que ver con respetar y defender la Constitución”, escribió en una de las cartas el soldado Al Lorentz, veterano de Irak. Y así, uno tras otro dejó en evidencia que el mayor de lo traumas es haber tenido que disparar por una causa totalmente ajena a ellos. 

La respuesta de Washington al fenómeno no es prometedora. Durante su campaña por la reelección, Barack Obama emitió una orden ejecutiva para proteger a los veteranos de guerra: “Les prometí que cuando regresaran iba a pelear por ustedes como ustedes han peleado por nosotros”. Pero los discursos pasan ya inadvertidos ante los oídos de los norteamericanos, que cada día están más inconformes con una guerra sin sentido. En mayo del año pasado, durante una cumbre de la Otan en Chicago, un grupo de veteranos de Irak tiró sus medallas a la calle.

A pesar de que Obama anunció campañas preventivas, solo 49 por ciento de los veteranos reciben una evaluación a las dos semanas de solicitar tratamiento y 144.000 no tienen hogar. Si el gobierno pretende enfrentar esta epidemia mediante líneas de atención, serán muchos los veteranos que, por vergüenza a aceptar su debilidad, seguirán optando por oprimir el gatillo antes que las teclas del teléfono. Queda un año para que regresen todas las tropas de Afganistán, pero sin duda este no será el fin de la misión. Del desenlace de esta batalla contra el suicidio dependerá que Estados Unidos pueda decir que realmente ganó la guerra.n
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