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| 3/26/2001 12:00:00 AM

El enterrador

La captura de un espía doble del FBI pone en peligro la seguridad de Estados Unidos y las relaciones con Rusia.

Ninguno de sus vecinos lo hubiera imaginado. De 56 años y con seis hijos, Robert Hanssen vivía una existencia modesta en Vienna, Virginia, donde asistía regularmente a la iglesia, era buen padre y esposo y tenía una casa frente a la cual dos carros de modelos nada especiales completaban un panorama de la clase media de Estados Unidos. Por eso la sorpresa no podía ser mayor cuando Hanssen se convirtió la semana pasada en el centro del peor escándalo de espionaje de Estados Unidos en los últimos tiempos.

A Hanssen, quien llevaba 25 años en la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), sus compañeros lo llamaban “el enterrador”, por su tendencia a usar traje y corbata oscuros y por su escasa gracia en las reuniones sociales. Pero según el documento oficial distribuido tras su captura el domingo en un parque cerca de su casa, se trataba de un hombre complejo que ofreció sus servicios a la Unión Soviética en 1985 y cuya traición significó al menos la captura de tres agentes rusos que trabajaban para Estados Unidos, dos de los cuales fueron ejecutados. Algunos investigadores no dudaron en afirmar que entregó a Moscú “las joyas de la corona” de la inteligencia norteamericana.

El documento sostiene que Hanssen recibió 600.000 dólares en efectivo y diamantes, y otros 800.000 consignados en una cuenta en Moscú. Su relación abarcó desde la KGB comunista hasta su sucesora rusa, la SVR. Por eso las relaciones entre Estados Unidos y Rusia podrían resultar afectadas ahora que el nuevo presidente George W. Bush tiene una actitud poco amistosa con el gobierno de Vladimir Putin.



Ramon Garcia

Según el documento, Hanssen inició su relación con los soviéticos con una carta anónima que le envió en 1985 a Viktor Cherkashin, un coronel de la KGB que era jefe de la estación de contrainteligencia de la embajada en Washington. Hanssen desplegó toda su cautela profesional, hasta el punto de que ellos jamás conocieron su identidad. Bajo el nombre de ‘B’, ‘Ramón García’, o ‘R’. García, ofrecía su información por carta y recibía el pago en lugares donde los rusos debían dejarlo para que él lo recogiera. En uno de esos intercambios fue capturado el domingo en un parque cerca de su casa. En su poder estaba un paquete de documentos, y cerca del mismo los agentes encontraron otro con 50.000 dólares que según ellos estaba destinado al pago. La pena que le espera podría ser la muerte, sobre todo ahora que el presidente y el procurador John Ashcroft, son declarados partidarios del cadalso.

La dimensión del daño es el aspecto más impresionante del documento. El material ‘Top Secret-SCI’, o Información Compartimentada Sensible, era tan importante, que sólo podía conocerlo un pequeño grupo de funcionarios autorizados y en la medida de lo necesario. Allí estaba el ‘Programa de agentes dobles de Estados Unidos’ y el aún más secreto ‘Programa de agentes dobles del FBI’. Otra información entregada fue un análisis de vulnerabilidad de inteligencia, invaluable para los interesados en vulnerarla.

El caso de Hanssen tiene paralelismos con el de Aldrich Ames, el agente de la CIA capturado en 1994. Ambos se ofrecieron por la misma época al mismo agente y ahora se sabe que Moscú corroboró la información de Ames con la de Hanssen antes de condenar a muerte a los dos agentes dobles, Valery Martinov y Sergei Motorin. Pero mientras Ames obró por dinero, Hanssen parece haber tenido motivaciones adicionales. Según apareció en una carta, su ídolo infantil fue Kim Philby, el agente doble británico (ver recuadro) y se refería al gobierno de Washington con desprecio.



Las conclusiones

Uno de los más afectados por el escándalo es Louis Freeh, director del FBI, que hasta ahora se preciaba de no haber soportado una vergüenza como la que sufrió la CIA con el caso de Ames. Y no le falta razón. Hanssen logró espiar por más de 15 años, un lapso en el cual jamás fue puesto a prueba en el detector de mentiras. Y todo indica que nunca hubiera sido descubierto sin la ayuda de los propios rusos.

Según dijo el propio Freeh, “el FBI pudo conocer documentación rusa sobre un espía norteamericano que parecía ser Hanssen”. Los analistas señalan que en octubre, cuando se comenzó a investigar a Hanssen, se produjo la deserción de Sergei Tretyakov, primer secretario de la delegación rusa ante las Naciones Unidas.

Pero la única conclusión no es sólo la complacencia de las agencias de inteligencia de Estados Unidos, sino el hecho de que una década después de la desaparición de la Unión Soviética, el espionaje militar sigue activo. Para muchos congresistas los norteamericanos han relajado sus controles, convencidos de que por ser hoy Rusia un país ‘amigo’, las amenazas ya no son las mismas.

El episodio de Hanssen podría enfriar aún más las ya gélidas relaciones entre el nuevo gobierno norteamericano y el de Rusia, que para empeorar las cosas está dirigido por alguien como Vladimir Putin, ex agente de la KGB. En forma muy diciente, al cierre de esta edición, el gobierno de Moscú no musitaba palabra sobre el más reciente, pero con seguridad no el último, escándalo de espionaje internacional.
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