Lunes, 16 de enero de 2017

| 2001/08/13 00:00

El error de declarar esto una “guerra”

SEMANA reproduce un incisivo análisis del historiador británico Michael Howard sobre la crisis de Afganistán y las consecuencias de la actitud estadounidense.

El error de declarar esto una “guerra”

Cuando inmediatamente despues del ataque al World Trade Center Colin Powell, secretario de Estado de Estados Unidos, declaró que su país estaba “en guerra” cometió un error muy natural pero terrible e irrevocable. Desde entonces los líderes de la administración han estado tratando de corregirlo.

Lo que dijo Powell es lógico si el término ‘guerra’ se usa en el sentido de una lucha contra el crimen o contra el tráfico de drogas, es decir, la movilización de los recursos disponibles contra una actividad peligrosa y antisocial; una actividad que nunca se puede eliminar pero que es posible reducir a un nivel que no amenace la estabilidad social.

Los británicos, en su momento, han peleado muchas de tales ‘guerras’: en Palestina, en Irlanda, en Chipre y en Malasia, para mencionar algunas. Pero nunca las llamamos ‘guerras’, las denominamos ‘emergencias’. Esto quería decir que a la policía y a los servicios de inteligencia se les otorgaban poderes excepcionales y las fuerzas armadas los reforzaban según la necesidad pero todo continuaba funcionando dentro del marco de la autoridad civil. Si era necesario usar la fuerza esto se hacía a un nivel mínimo y en la medida posible sin interrumpir el curso normal de la vida civil. El objetivo era aislar a los terroristas del resto de la comunidad y cortarles sus fuentes externas de suministro. No se les dignificaba con el estatus de beligerantes: eran criminales, el público en general debía considerarlos como tales y así los trataban las autoridades.

‘Declararle la guerra’ a los terroristas, o de manera aún más ignorante, al ‘terrorismo’, es concederles el estatus y la dignidad que están buscando y que no merecen. Les confiere un tipo de legitimidad. ¿Califican como ‘beligerantes’? En caso afirmativo, ¿no deberían recibir la protección de las leyes de guerra? Esto fue algo que los terroristas irlandeses siempre exigieron, y con mucha razón se les rehusó. Pero sus exigencias ayudaron a enturbiar las aguas y les dio amplio crédito entre sus patrocinadores en Estados Unidos.

Pero usar, o más bien usar mal el término ‘guerra’, no es un asunto de legalidad o de semántica pedante. Tiene unas consecuencias más profundas y peligrosas. Declararse ‘en guerra’ es crear inmediatamente una sicosis de guerra que puede ser totalmente contraproducente para el objetivo que se busca. Dará lugar a que se espere y se exija una acción militar espectacular contra algún adversario fácilmente identificable, preferiblemente un Estado hostil; acción que conducirá a resultados decisivos.

¿Podría haberse evitado? Ciertamente, en lugar de lo que el presidente Bush tan desafortunadamente llamó “una cruzada contra el mal”, es decir, una campaña militar dirigida por una alianza dominada por Estados Unidos, mucha gente hubiera preferido una operación policiva conducida bajo los auspicios de las Naciones Unidas en nombre de la comunidad internacional, como un todo, contra una conspiración criminal, cuyos miembros hubieran sido atrapados y llevados ante una corte internacional, donde se hubieran sometido a un juicio justo, y en caso de encontrárseles culpables se les hubiera dictado una sentencia apropiada. En un mundo ideal no hay duda de que eso es lo que hubiera sucedido.

Pero no vivimos en un mundo ideal. La destrucción de las Torres Gemelas y la masacre de miles de oficinistas inocentes en Nueva York no se vio en Estados Unidos como un crimen contra ‘la comunidad internacional’, que debía ser adecuadamente manejado por las Naciones Unidas, un organismo por el que los norteamericanos tienen poco respeto, cuando tienen siquiera alguna noción del mismo. Para ellos fue un ultraje contra la gente de Estados Unidos, que sobrepasó inclusive la infamia del ataque japonés a Pearl Harbor. Tal insulto a su honor no podía manejarse mediante una investigación de policía, larga y meticulosa, conducida por autoridades internacionales, que culminara en un caso aun más largo ante una corte de una capital extranjera, con sentencias que luego, sin duda, se hubieran suspendido para permitir apelaciones. Se clamaba para que sus propias fuerzas armadas infligieran una venganza inmediata y espectacular.

¿Y quién puede culparlos? En su lugar nos hubiéramos sentido exactamente igual. Bush se merece un enorme crédito por su intento de aplicar un paradigma alternativo. El ha renunciado a una acción unilateral. Ha buscado y recibido el mandato de las Naciones Unidas. Ha conformado una sorprendente coalición que verdaderamente abarca a ‘la comunidad internacional’.

En el término de unos pocos días Estados Unidos casi le volteó la espalda al unilateralismo y al aislamiento hacia donde parecía estarse dirigiendo y reasumió su anterior posición de líder de una comunidad mundial bastante más extensa que la que se llamó ‘mundo libre’ durante la Guerra Fría. Lo que es casi tan importante, el presidente y sus colegas han hecho sus mejores esfuerzos para explicar al pueblo de Estados Unidos que ésta será una guerra como ninguna otra y que deben ajustar sus expectativas. Pero sigue siendo una guerra. Se usó la palabra y ya no se puede retirar y su uso ha producido una presión irresistible a usar la fuerza militar tan pronto y tan decisivamente como sea posible.

La lucha contra el terrorismo, según descubrimos a lo largo del siglo pasado y no sólo en el norte de Irlanda, es diferente de la guerra contra las drogas o la guerra contra el crimen en un aspecto vital. Es fundamentalmente una “batalla por los corazones y las mentes”, y vale la pena recordar que esa frase fue acuñada dentro del contexto de la campaña más exitosa de su tipo que las fuerzas armadas británicas jamás hayan peleado —la emergencia malaya en la década de los 50 ( una campaña que tardó unos 15 años para llegar a su fin)—. Sin corazones y sin mentes es imposible conseguir inteligencia, y sin inteligencia los terroristas jamás serán derrotados.

Los criminales o los traficantes de drogas no cuentan con mucho apoyo popular y, en una campaña contra ellos, el gobierno puede estar razonablemente seguro de que la masa del público estará de su lado. Pero, como todos sabemos, lo que para una persona es un terrorista para otra puede ser un luchador por la libertad. Los terroristas sólo se pueden destruir si la opinión pública, tanto nacional como internacional, apoya a las autoridades, considerándolos criminales y no héroes.

En el intrincado juego en el que rivalizan terroristas y autoridades, en el que según descubrimos tanto en Palestina como en Irlanda, los terroristas ganan una batalla cuando logran provocar a las autoridades para que usen una fuerza armada contra ellos. Quedarán entonces en situación de igualdad. Bien sea que escapen para pelear otro día o que los derroten y los aclamen como mártires. En la lucha contra ellos, muchos civiles inocentes se convertirán en víctimas, lo que erosionará aún más la autoridad moral del gobierno.

¿Quién aquí olvidará el Domingo Negro de Irlanda del Norte, cuando unas pocas descargas de armas pequeñas disparadas por el ejército británico dieron al IRA una victoria de propaganda de la que el gobierno británico nunca se recuperó? Y si se puede hacer tanto daño con disparos de fusil, ¿qué se puede decir de los bombardeos? Es como tratar de erradicar células cancerosas con un soplete. Cualquiera sea la justificación militar el bombardeo de Afganistán, con los inevitables ‘daños colaterales’ que causa, gradualmente desgastará el inmenso ascendiente moral de que hoy disfrutamos como resultado del ataque al World Trade Center.

Odio decir esto pero en un lapso de seis meses para gran parte del mundo esa atrocidad, si no está olvidada se recordará solo como historia, mientras que cada imagen fresca en la televisión de un hospital destruido, o de niños mutilados por minas terrestres, o de refugiados sacados de sus hogares por acción de los ejércitos occidentales fortalecerá el odio de nuestros adversarios, reclutará hordas de terroristas y sembrará nuevas dudas en las mentes de quienes nos apoyan.

Tengo pocas dudas de que la campaña en Afganistán se emprendió con base en el mejor consejo político y militar disponible, dándose cuenta cabal de sus dificultades militares y de sus peligros políticos y creyendo sinceramente que no había alternativa. Fue, como en forma tan simpática lo dicen los norteamericanos, una situación TOA: ‘Todas las Opciones Apestan’. Pero al forzarnos a ella los terroristas hicieron su primera y más importante trampa.

También puedo entender el razonamiento militar que impulsa la campaña. Se basa en el supuesto político de que la red terrorista debe destruirse tan rápidamente como sea posible antes de que pueda hacer más daño. Además supone que la red es dirigida por un único genio malvado, Osama Ben Laden, cuya eliminación desmoralizará, si no destruirá su organización. Ben Laden opera en un país cuyos gobernantes se rehusan a entregarlo a las fuerzas de la justicia internacional. A esos gobernantes también se les debe forzar a cambiar sus ideas. La forma más rápida de quebrar su voluntad es mediante bombardeos aéreos, considerando que la invasión física presenta problemas logísticos de tanta magnitud, si no es que son insolubles. Dados esos presupuestos, ¿qué alternativa nos queda?

Pero el mejor razonamiento y la lógica más impecable tienen poco valor si se basan en presupuestos falsos. No tengo dudas de que tanto en Washington como en Whitehall se levantaron voces cuestionando la necesidad y señalando los peligros de una acción militar inmediata; pero si lo hicieron, fueron inmediatamente ahogadas por un imperativo político atronador: algo debe hacerse. Las mismas voces, sin duda, también cuestionaron la sabiduría, si no la exactitud, de identificar a Ben Laden como la figura central e indispensable de la red terrorista; para algunos convirtiéndolo en demonio, pero para otros dándole la heroica condición de la que han disfrutado los ‘luchadores de la libertad’ a lo largo de las edades.

Actualmente estamos frente a un horrible dilema. Si lo ‘llevamos ante la justicia’ y lo sometemos a juicio le proporcionaremos una plataforma de propaganda global. Si lo asesinamos —tal vez ‘disparándole mientras trata de escapar’— lo convertiremos en mártir. Si escapa será un Robin Hood. De ninguna manera pierde. E incluso si se elimina es difícil creer que una red global, que aparentemente está conformada por gente tan inteligente y bien educada como dedicada y despiadada, no continuará funcionando efectivamente hasta que se logre rastrearla y desentrañarla mediante operaciones pacientes y a largo plazo, llevadas a cabo por la policía y la inteligencia, cuyas actividades, con certeza, no llegarán a convertirse en grandes titulares, y tal proceso, como correctamente lo señaló el jefe de la Defensa, puede tardar décadas.

Pero como las operaciones ya han empezado se debe presionar para que concluyan exitosamente; con un éxito suficiente para que podamos retirarnos en forma razonablemente honrosa y para que los titulares de los tabloides se beneficien proclamando la ‘victoria’ (aunque esa demanda de ‘victoria’ y la retórica subchurchiliana que la acompaña muestre qué tanto la prensa y los políticos todavía desconocen la naturaleza del problema al que nos enfrentamos). Será sólo después de que hayamos conseguido lo anterior que tendremos la posibilidad de continuar con la lucha real, aquella en la que no habrá batallas espectaculares ni una clara victoria.

En retrospectiva, es bastante sorprendente lo poco que hemos entendido o hemos logrado identificarnos con la enorme crisis que ha enfrentado esa vasta y populosa sección del mundo, que se extiende desde Magreb a través del Oriente Medio y Asia Central, pasando por el sur y el sureste de Asia y continuando más allá hasta las Filipinas: superpoblada, subdesarrollada, arrastrada imprudentemente por Occidente dentro de la edad posmoderna antes de haber podido llegar a un acuerdo con la modernidad. Este no es un problema de pobreza contra riqueza, y me temo que es sintomático de nuestro materialismo occidental suponer que lo es. Es una confrontación más profunda entre una cultura teísta, basada en la tierra y en la tradición, en sitios que difieren poco de la Europa de la Edad Media y los valores seculares materialistas del Siglo de las Luces.

Me gustaría pensar que, gracias a nuestra experiencia imperial, los británicos entendemos estos problemas —o ciertamente deberíamos entenderlos— mejor que muchos otros. Igualmente, aunque tal vez más, los entienden nuestros vecinos los franceses. Pero se debe decir que para la mayoría de los norteamericanos el Islam continúa siendo una vasta terra incognita —una tierra que, como las áreas en blanco de los mapas medievales, estaba habitada principalmente por dragones—.

Esta es la región donde tenemos que librar la lucha por los corazones y las mentes, y ganarla, si es que la lucha contra el terrorismo va a tener éxito. En esta batalla la línea del frente no es Afganistán. Está en los Estados islámicos donde los gobiernos que buscan la modernización se ven amenazados por una violenta reacción tradicionalista: Turquía, Egipto, Pakistán, para nombrar sólo los más obvios. Y como muy bien sabemos, el frente también pasa por nuestras propias calles. Para estas gentes los eventos de septiembre 11 fueron terribles, pero sucedieron muy lejos y en otro mundo. Aquellos que sufren como resultado de los ataques aéreos occidentales o de las incursiones israelíes que se muestran todas las noches en la televisión son personas con quienes, a pesar de estar geográficamente distantes, se pueden identificar fácilmente.

Es por eso que la prolongación de la guerra probablemente será tan desastrosa. Pero incluso más desastrosa sería su extensión, según parece que la opinión norteamericana cada vez lo exige con más énfasis, en una ‘larga marcha’ a través de otros ‘abruptos Estados’, empezando con Irak, con el objeto de erradicar el terrorismo para siempre y de manera que el mundo pueda vivir en paz. No puedo pensar en una política que tenga más probabilidad, no sólo de prolongar la guerra indefinidamente sino de garantizar que nunca la ganaremos.

Entiendo que esta tarde, tal vez en este mismo momento, el primer ministro está dando un discurso exhortando al pueblo británico a mantener la calma. Pero es más importante que conservemos nuestras cabezas. (Fragmentos)

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