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| 3/18/2002 12:00:00 AM

El ‘escrache’

La gente de la calle recurre a la agresión física para desahogar su amargura contra la clase dirigente argentina.

El canciller argentino Carlos Ruckauf viajaba de Madrid a Buenos Aires en un vuelo comercial. Cuando los pasajeros lo identificaron en el aeropuerto de Barajas, lo empezaron a insultar diciéndole que no querían viajar con él. Exaltado, Ruckauf huyó hacia el salón VIP gritando: “Son unos payasos, búsquense otra aerolínea si no quieren viajar conmigo”.

Unas semanas después Ruckauf quiso relajarse jugando al golf en Villa Gesell. Cuando los demás jugadores lo vieron, levantaron sus palos en señal de protesta. Ruckauff se fue disgustado. Días antes, Eduardo Menem, el hermano del ex presidente, subió a un avión en La Rioja. Un hombre empezó a gritar: “¡Qué olor a bosta!¡No se puede estar en este avión!”. Menem, sintiéndose aludido, le respondió con una trompada y la tripulación tuvo que separar a los dos hombres.

La ira popular no reconoce colores políticos. El ex presidente radical Raúl Alfonsín terminó a las trompadas con los que hacían un escrache en la puerta de su casa. Leopoldo Moreau, otro dirigente radical, tuvo que irse de un sauna en un tradicional club al norte de Buenos Aires, cuando un hombre entró y empezó a quejarse del olor a basura que había dentro del cubículo. La semana pasada, durante el cacerolazo habitual contra los bancos en la calle Florida la víctima fue Roberto Alemann, ex ministro del gobierno militar. Aunque el economista tiene 81 años, los manifestantes lo corrieron y le tiraron patadas, hasta que se refugió en un banco.

El ex presidente Fernando de la Rúa no se atreve a pisar la calle, pues la última vez que fue al supermercado la gente casi le pega. Ni qué hablar del ex ministro Domingo Cavallo, que tuvo que interrumpir sus vacaciones en un pueblo del sur del país, pues al descubrir su presencia los vecinos lo declararon persona non grata.

El escrache nació como protesta contra los militares que cometieron excesos durante la dictadura. Los familiares de desaparecidos empezaron a montar guardia frente a las casas de los oficiales. Tocaban los timbres de los vecinos, escribían leyendas en las paredes, echaban pintura y huevos podridos. Y desde diciembre, cuando los saqueos y los cacerolazos terminaron con la renuncia del presidente Fernando de la Rúa, el escrache se convirtió en el arma popular contra los políticos, los jueces y los bancos, a quienes culpa por la catástrofe económica. Como consecuencia, hace pocos días empezó a construirse un muro alrededor del edificio del Congreso en Buenos Aires, para impedir que la gente agreda a los parlamentarios al entrar y salir del recinto.

La clase política está preocupada. Ricardo Alfonsín, hijo del ex presidente escrachado hace pocos días, reconoció a SEMANA que “existe una bronca muy grande en la sociedad que está justificada por el hecho de que la política no ha podido dar respuesta a las demandas de los sectores mayoritarios”. Para él, estas manifestaciones admiten una doble lectura: “Por una parte nos autorizan a pensar que se está revirtiendo un fenómeno de la década del 90, cuando los argentinos, a la manera de Margaret Thatcher, habíamos decretado la inexistencia de la sociedad. Hoy pareciera que existe una tendencia a la reconstrucción de lo social y a la reivindicación de la idea de participación”.

De cualquier manera, lo que sucede en Argentina es algo mucho más profundo, que atraviesa el continente de norte a sur: el descontento con la clase política tradicional, que se manifiesta en Colombia, Venezuela o Brasil, al ritmo del vallenato, la salsa, la samba o el tango.
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