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| 6/13/1988 12:00:00 AM

EL ESPIA MAS FAMOSO DEL MUNDO

Muere en Moscú Kim Philby, el doble agente que protagonizó el mas sonado caso de traición a la Corona Británica.

Seguramente la causa del deceso fue la misma arritmia cardíaca de siempre. Por eso, es difícil decir que la muerte tomó por sorpresa a Kim Philby, el más famoso de los traidores británicos, cuyo entierro tuvo lugar en Moscú la semana pasada y quien--según lo que se conoce- no llegó a arrepentirse por sus actos.

Aunque no tenía licencia para matar como James Bond y menos aún el cuerpo escultural de Mata Hari, Kim Philby había ocupado desde hace rato un nicho especial en la galería de los espías. Claro que eso no implica que se le vaya a erigir una estatua, por lo menos en Occidente. A lo largo de 20 años Philby se constituyó en una de las fuentes de información más eficaces que tuvo el Kremlin en plena época de la guerra fría. El daño hecho por sus revelaciones fue grande y golpeó seriamente al servicio de inteligencia británico durante buena parte de las dos décadas pasadas. Muchos de sus ex camaradas todavia lo recuerdan con odio y uno de ellos le dijo a The Observer de Londres que "sólo espero que su agonía haya sido bien larga".

Esos comentarios, sin embargo, parecían inimaginables hace 55 años cuando Harold Adrian Russel Philby era un recién graduado de la prestigiosa Universidad de Cambridge. A pesar de haber tenido relación con ideas de izquierda, nadie pensaba que este "muchacho bien" de la burguesía londinense acabaría traicionando a su patria.

Fue ese precisamente el hecho que lo ayudó a llegar tan lejos. En 1934 mientras vivía en Viena, Philby observó la derrota de los socialistas austriacos a manos de los nazis y se convenció de que solamente la Unión Soviética podía impedir el ascenso de Hitler. Ardiente defensor de Moscú, el joven británico se casó con Litzi Friedman, un miembro de la internacional comunista, época en la cual habría sido reclutado por un agente de la NKVD (la predecesora de la KGB) con el fin de conseguir adeptos entre sus compañeros de Cambridge.

Dicho y hecho, Philby volvió a Londres y comenzó una exitosa carrera en el servicio británico de contraespionaje. Aparte de sus logros profesionales, Philby habría entrado en contacto con Guy Burguess, Donald Mac Lean y Anthony Blunt, quienes también colaboraron con la Unión Soviética.
Dotado de innegables dotes intelectuales, Philby escaló posiciones con relativa facilidad. En septiembre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, el joven agente fue encargado de seguir desde Londres las actividades del contraespionaje británico en la España de Franco. Gracias a su puesto, Philby se enteró de los contactos existentes entre Londres y una serie de militares alemanes para deponer a Hitler, firmar la paz y volver las armas contra Rusia. Los intentos de poner en práctica la iniciativa fueron hábilmente descartados por Philby quien se los comunicó oportunamente a Moscú.

Su labor como agente del Kremlin fue tan bien disimulada que en 1944 Philby fue promovido y nombrado jefe dé la recien creada sección de contraespionaje soviético. Aunque nunca se sabrá con certeza la cantidad de información que alcanzó a transmitir, sí se sabe que su colaboración fue clave para la URSS en visperas de la finalización de la Segunda Guerra.
Su puesto le ayudó también a salvar su propio pellejo. En agosto de 1945 Konstantin Volkov, quien actuaba como vice cónsul soviético en Estambul, visitó el consulado británico y dijo que quería desertar. A cambio de 27.500 libras esterlinas y de un pase para Chipre, el soviético prometió entregar las direcciones de las oficinas de la NKVD en Moscú (incluyendo los detalles de seguridad), los números de las placas de los autos del servicio secreto y una lista de los agentes del Kremlin en Turquía, junto con sus medios de comunicación. Finalmente, Volkov dijo que sabía los nombres de tres agentes británicos que trabajaban para el régimen comunista. Dos de éstos lo hacian en el Foreign Office (presumiblemente Burgess y Mac Lean) mientras que uno más lo hacía en el servicio de contraespionaje, en el cual estaba Philby.

Adicionalmente, Volkov advirtió que su oferta no podía irse a través de un telegrama, pues los soviéticos habian descifrado los códigos británicos. El mensaje se envio, entonces, por valija diplomática y cuando llegó a Londres se le entregó directamente a Philby.

Aunque no hay pruebas de lo que pasó después, lo cierto es que Philby demoró su arribo a Estambul. Cuando llegó y trató de contactar a Volkov, el consulado dijo que estaba en Moscú y, poco después, sostuvo que nadie con ese nombre había trabajado allí.

Philby regresó entonces a Londres.
Pocas semanas después un avión soviético hizo una escala inesperada en Ankara. Un automóvil llegó al lado del aparato y de éste se sacó una camilla con un hombre vendado en ella la cual fue cargada en el avión. Si la persona en cuestión era Konstantin Volkov, nadie lo sabe. Lo único seguro es que nunca nadie más en Occidente volvió a oír hablar de él.

La buena suerte de Philby le alcanzó a durar varios años más. En 1949 el agente del Kremlin fue nombrado oficial de enlace en Washington entre la CIA y el SIS británico. Entre otras cosas, Philby le informó a Moscú sobre la operación conjunta de ambas entidades para infiltrar agentes secretos en Albania cuya misión era la de efectuar sabotaje y estimular una insurrección popular. Gracias a su hombre en Washington, los diferentes agentes fueron capturados y ejecutados.

Estando él y Guy Burgess en Washington, donde ambos ocupaban cargos diplomáticos en la Embajada Británica, Philby se enteró de que en Londres los servicios de inteligencia le seguían muy de cerca los pasos a Donald Mac Lean. Era inminente que éste fuera interrogado, lo cual exponia a todo el grupo de espias al riesgo de ser delatados.

Philby entonces convenció a Burgess, quien habia sido llamado a Londres, de que a sus regreso arreglara lo necesario para sacar a Mac Lean de Inglaterra y enviarlo a Moscú. Lo cierto es que Burgess, quien organizó la escapada de Mac Lean, optó a última hora por fugarse con él.

La exitosa labor de espionaje de Philby llegó a su fin en 1951 cuando Mac Lean y Burgess volaron a Moscú ante el temor de ser descubiertos. Las conexiones entre la pareja de agentes y Philby fueron puestas en evidencia y éste fue llamado a Londres para ser investigado. A pesar de responder con absoluta tranquilidad a los cargos que se le hacían, lo cierto es que su futuro en el servicio de inteligencia estaba terminado. En un momento dado Philby llegó a ser considerado para estar en la cúpula del SIS y eventualmente ser nombrado "C", es decir, jefe del servicio. No obstante, su relación con Burgess pesó demasiado (compartieron una casa en Washington) y Philby fue obligado a renunciar y a olvidarse de los beneficios de una pensión.

La buena fortuna volvió por fin en 1956 cuando Edgar J. Hoover, director del FBI, insinuó que Philby era agente soviético. El comentario del norteamericano fue mal recibido en Londres y en respuesta varios amigos le consiguieron a Philby un nuevo puesto en el servicio de inteligencia, como agente de campo en Beirut. Al mismo tiempo, el servicio secreto influyó para que The Observer y The Economist lo nombraran corresponsal en la capital libanesa.

Según los conocedores, su acceso a material de inteligencia fue limitado.
No obstante, las investigaciones internas continuaron en el SIS.

En efecto, en 1963, un funcionario de inteligencia viajó a Beirut para interrogar a Philby. Las pruebas acumuladas contra él eran, a esas alturas, contundentes, lo que lo llevó a confesar su condición de espía. El funcionario encargado del interrogatorio inexplicablemente le dio tiempo suficiente a Philby para hacer lo mismo que habian hecho Burgess y Mac Lean. Poco tiempo después Philby apareció en Moscú.

Los soviéticos recibieron a su agente con los brazos abiertos. Aparte de un apartamento en Moscú, un auto con chofer y una dacha en el campo, Philby recibió el grado de general de la KGB y un buen número de conde coraciones.
El escándalo en la Gran Bretaña fue impresionante. Aparte de la humillación internacional, el SIS vio dañadas sus relaciones con los demás servicios secretos occidentales y particularmente con la CIA.

Por su parte Philby pasó sus últimos 25 años en un estado de semiretiro. Gran bebedor y fumador, consiguió una esposa rusa quien lo cuidó durante los últimos años.

Con la muerte de Philby se desvanecen las esperanzas de algunos ex funcionarios de la inteligencia británica, entre ellos Peter Wright, de conocer toda la verdad sobre el circulo de espias de Cambridge. Wright sospechó siempre que sin Roger Hollis que llegó a ocupar la jefatura del servicio de contraespionaje (MIS), era el quinto miembro del círculo, pero Wright nunca logró sustentar su acusación con pruebas convincentes.

En cuanto al verdadero daño que hizo a su país de origen, la verdad e que nunca se sabrá. Tal vez previendo su muerte, Philby recibió en enero de esta año al periodista inglés Phillip Knightley con quien habló durant seis días. En las conversaciones --publicadas en su mayoría en el Sun day Times en el mes de marzo--el es agente soviético no precisó el alcance de su labor.

No obstante, habló ampliamente sobre lo que pensaba de sus actos. Interrogado sobre si se arrepentía de lo sucedido, Philby contestó con un categórico "absolutamente no". En cambio lamentó la pérdida de algunos amigos y su labor como agente.
"Profesionalmente lo podría haber hecho mejor", dijo.
Igualmente, Philby dejó en claro que su único parecido con James Bond era la nacionalidad británica.
"El espía ideal es aquel que se sienta calladamente en su casa y sólo piensa", decía.

En cuanto a patriotismo británico, no era mucho el que tenía. Aunque reconocía que le habría gustado viajar a Londres para ver a sus nietos, sostenía que lo que más le hacía falta era la mostaza Colman's y la salsa para carne "Lea and Perrins". A pesar de leer diariamente The Times de Londres y de escuchar la BBC confesaba que si pudiera escoger a dónde viajar iría a Francia "donde pasé un tiempo maravilloso". En cuanto a su nueva patria, se mostraba como un entusiasta partidario de Gorbachov, "un líder que ha justificado mis años de fe".

Fue tal vez ese convencimiento el que explicó la cálida nota transmitida por Tass al mundo entero sobre la desaparición de Philby. La frialdad tradicional de la agencia de prensa soviética fue rota esta vez para alabar el trabajo multifacético y heroico de este veterano".

Esos términos, obviamente, no fueron los mismos en la Gran Bretaña. A pesar de que varias personalidades del mundo del espionaje le reconocieron su astucia, el gobierno y a prensa dejaron en claro sus sentinientos. Dejando su flema británica un lado, el diario conservador The Times sostuvo: "Su epitafio dirá: Kim Philby, asesino y traidor no arrepentido. Ni más, ni menos".
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