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| 3/16/1987 12:00:00 AM

EL ESTADO DEL PRESIDENTE

El discurso de Ronald Reagan sobre el estado de la Unión agrava las dudas sobre sus capacidades de gobernante

EL ESTADO DEL PRESIDENTE EL ESTADO DEL PRESIDENTE

Cuando Ronald Reagan celebró la semana pasada su cumpleaños (76) en compañía de Nancy, de un pastel con velitas y de docenas de fotógrafos, parecía "saludable y feliz", según informaron las agencias de prensa. Pero los propios periódicos norteamericanos no le hallaban muchos motivos para estarlo. Desde que empezó el doble escándalo de las armas de Irán y los "contras" nicaraguenses, a fines del año pasado, el Presidente no ha tenido sino tropiezos. Y, por añadidura, su magia parece haberse evaporado: sus compatriotas (para no hablar de sus aliados) no sólo ya no le creen, sino que han dejado de tomarlo en serio. Y ni siquiera su salida radiante de la clínica después de una operación de la próstata, método por el cual Reagan solía remontar los índices de popularidad en los momentos de crisis, ha tenido esta vez ningún efecto.

Se discute abiertamente si está gagá o no lo está. El irrespeto, hasta ahora reservado a los caricaturistas, ha cundido en todos los sectores de la prensa. Hace una semana, durante su discurso sobre el estado de la Unión ante el Congreso, se dio el caso sin precedentes de que los congresistas se rieran de él, cosa que pareció desconcertarlo mucho. Y el Irangate, por otra parte, no da señas de ceder, sino que por el contrario se ramifica y se complica día a día. El presidente Reagan no da una. Pero lo más grave de todo es que, como señalan los comentaristas, parece que no se diera cuenta.

Una encuesta del semanario Newsweek revela algo que hace apenas seis meses hubiera parecido inimaginable para el Presidente más popular de la posguerra: que la gran mayoría de los norteamericanos piensan que su gobierno es inepto. Según los interrogados, la administración Reagan o bien ignora los problemas, o bien los crea; o, en el mejor de los casos, trata de resolverlos pero siempre fracasa. La suma de estas tres opiniones es del 72% para la política exterior, del 68% en lo referente al peligro nuclear; y en cuanto a temas internos, del 79% sobre el déficit y del 86% sobre el creciente ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres. Sólo en los temas de inflación y de droga pasa Reagan por un pelo. Como resume Newsweek, lo más inquietante es que, hable o no hable, haga o no haga, se vea "saludable y feliz" o agobiado por la próstata o el pólipo canceroso, la persona del Presidente de los Estados Unidos "parece en el filo de la irrelevancia". A nadie le importa.

La revista Time no se queda atrás. En su opinión, el discurso sobre el estado de la Unión mostró toda suerte de contradicciones e incoherencias, y, más grave aún, dio la impresión de que Reagan no se daba cuenta de que estaba siendo contradictorio e incoherente. Hablaba de errores cometidos (en especial en el caso del Irangate), pero como si no se percatara de que era él el que los había cometido. Según Time, el Presidente mostró "poca conciencia de que estamos en enero de 1987, y no del 86, o del 85". Otros comentaristas atrasan todavía más la fecha: Reagan habla como si todavía fuera candidato en 1980 y no tuviera nada que ver con lo hecho por su administración en estos seis años. En el Congreso, cuando el Presidente se escandalizó ante las dimensiones del déficit (Reagan lo ha hecho superior al de todos los de sus predecesores sumados), la mayoría demócrata se murió de la risa abiertamente. "Los republicanos se desmayaban como quinceañeras en un concierto de rock para demostrar que el tipo sigue siendo Presidente", comentó ácidamente Richard Cohen en el Miami Herald. Cada día más, Reagan es considerado por los observadores como un tonto irresponsable. "La capacidad del Presidente como líder político sigue en duda" apunta en el Washington Post Edwin M. Yoder. Y el editorial del mismo diario anota secamente: "La gran pregunta en Washington es si el Presidente entiende lo que le ha pasado a él y a su Presidencia, y si le importa".

Sólo voces aisladas desafían la evidencia, como la de Scott Bennett en el Dallas Morning News: "Reagan sigue siendo Reagan (...) Los rumores sobre la senilidad presidencial han quedado firmemente disipados".

Senil o no, la verdad es que a Reagan, faltándole dos años para entregar el mando, parece habérsele acabado su virtud fundamental: la suerte. El Irangate, el Contragate, la crisis de los rehenes en el Líbano: todos los tiros a la vez le están saliendo por la culata. Ya ni siquiera se discute si sabía o no sabía lo que estaba pasando en su gobierno, y en consecuencia es, a lo sumo, un mentiroso; sino si lo entendía o no lo entendía, y en consecuencia es simplemente un idiota. Sus más fieles asesores y consejeros lo abandonan--como el portavoz de la Casa Blanca Larry Speakes, que acaba de iniciar una carrera de asesor financiero--o caen destruidos por la tensión de la crisis--como el jefe de la CIA, William Casey, a quien lo que parecía un dolor de cabeza se le convirtió en tumor del cerebro; o el antiguo consejero Nacional de Seguridad Robert McFarlane, a quien un persistente dolor de espalda acaba de llevar al borde del suicidio (ingirió, según los médicos, treinta tabletas de Valium). Y la mayoría demócrata que actualmente controla el Congreso le corta los créditos y las alas para sus proyectos más queridos, como es su guerra privada contra los sandinistas nicaraguenses, mientras sobre el terreno ésta se le derrumba (ver recuadro). Finalmente, las investigaciones de los comités espaciales del Senado que hurgan en los escándalos del Irangate y el Contragate acaban de llegar a una conclusión asombrosa: no es que los consejeros presidenciales le hayan mentido a la opinión; ni siquiera que le hayan mentido al Presidente; es que además se mentían los unos a los otros. Y por consiguiente ninguno, y Reagan menos que ninguno, sabía qué era lo que estaba pasando.

Quizá lo que ilustra mejor la situación es la caricatura del dibujante Oliphant que acompaña este artículo: el presidente Reagan está muerto, aunque todavía le crezca el pelo.--

Los "contras" se desmoronan

El más reciente tropiezo de la guerra privada que adelanta Ronald Reagan en Nicaragua no ha venido de los sandinistas, como hubiera sido lo normal. Ni siquiera del Congreso, cuya mayoría demócrata se muestra cada día más insatisfecha con la manera como la CIA adelanta la empresa, entre ocultamientos, violaciones de los derechos humanos y, lo que es peor, fracasos; y en donde acaba de presentarse un proyecto de ley que suspende la entrega de los 40 millones de dólares que todavía faltan en el paquete prometido a los "contras" por la administración. Sino de los propios "contras", que están al parecer irremediablemente divididos y en camino de su total disolución como fuerza política.

El incidente más reciente ha sido el abandono por parte de Arturo Cruz de su oficina en la sede de la Unión Nicaraguense Opositora (UNO), organización que en teoría unifica a toda la oposición nicaraguense en el exilio y--también en teoría--coordina las acciones militares de los "contras". Cruz, que como empresario independiente participó en las primeras etapas del régimen sandinista en Managua, no ha roto todavía oficialmente con la UNO. Pero ya son insolubles sus discrepancias con el sector más reaccionario de la coalición, el encabezado por Adolfo Calero, antiguo distribuidor de Coca-Cola en Nicaragua en tiempos de los Somoza y ficha privilegiada de la CIA en toda la operación. Tanto Cruz como la tercera cabeza opositora--el también ex sandinista Alfonso Robelo--están en abierto enfrentamiento con Calero. Por razones políticas --Calero lucha por una vuelta a un régimen similar al somocista, que le permita continuar sus negocios en paz. Militares--los "contras", mandados por Calero y financiados por la CIA, son hoy en su casi totalidad antiguos guardias de Somoza, desde el abandono de Edén Pastora. Y sobre todo económicas: dentro de la confusión del Iran-contra-gate, todo indica que Calero se embolsilló los fondos secretos pagados por los iraníes y destinados a la "contra".

Pero no sólo en su propio seno, sino también en la administración Reagan crecen las discrepancias en torno a los "contras". La enfermedad del jefe de la CIA, William Casey, y su reemplazo por un "Burócrata anodino", Robert Gates, ha permitido que el Departamento de Estado vuelva a tomar cartas en la política centroamericana, "secuestrada" por la CIA desde los comienzos del gobierno de Reagan, en 1980. George Shultz no está satisfecho con ella, y hasta su secretario para Asuntos Latinoamericanos, Elliot Abrams, empieza a reconsiderar su alineamiento irrestricto con Casey. Y por si esto no bastara, las críticas más serias vienen del propio Pentágono. El general Paul Gorman, ex comandante del Southern Command (las tropas norteamericanas en Centroamérica) acaba de declarar de plano que "militarmente los `contras' no pueden ganarles a los sandinistas". Y su sucesor, el general John R. Galvin, ha sido apenas menos brusco: sólo podrían ganar con muchísima más ayuda financiera y militar que la que han recibido. Pero dadas las circunstancias de deterioro del presidente Reagan, es muy poco probable que pueda dársela.

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