Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/01/23 00:00

El fantasma de Tiananmen

Tras pasar 15 años preso en su casa murió Zhao Zhiyang, el cerebro del milagro económico chino.

El fantasma de Tiananmen

EL AUTOR INTELECTUAL del milagro económico chino acaba de morir. Pero su entierro no tendrá la pompa de los funerales de Estado. A pesar de que sus méritos hubieran sido suficientes para elevarlo a las alturas de los héroes, la muerte de Zhao Zhiyang fue manejada por el gobierno como la de un mal pariente al que es mejor olvidar cuanto antes. Sus partidarios fueron puestos bajo arresto domiciliario para que no fueran a hacerle el duelo y la noticia fue confinada a las páginas interiores. Al fin y al cabo llevaba 15 años confinado en su mansión de Beijing.

El pecado que opacó su papel como diseñador de la exitosa política económica de China fue representar una tendencia demasiado liberal y haber sacrificado su carrera por oponerse en 1989 a que los estudiantes de la plaza de Tiananmen fueran masacrados. Los manifestantes que colmaron por semanas la plaza querían que la naciente apertura de China a una relativa economía de mercado fuera acompañada por la democratización. Zhao era el secretario general del Partido Comunista, por lo que era heredero natural del histórico líder Deng Xiao Ping, ya en el final de sus días. Pero su actitud en ese episodio fue su muerte política. La última vez que se le vio en público usaba un megáfono para tratar de que los manifestantes se retiraran a las buenas. Hoy se sabe que cuando llegó a la plaza ya había sido destituido.

El gobierno manejó su entierro con la mayor cautela porque Zhao pertenece a esa clase de dirigentes cuya popularidad despierta cuando mueren, desatando rebeldías latentes. Ya pasó con Chou Enlai en 1976 y con Hu Yaobang, cuyo fallecimiento desencadenó el movimiento de Tiananmen en 1989. Las medidas de seguridad que rodearon su casa y la negativa a darle un funeral de Estado, muestran a las claras dos cosas: una, que la dirigencia china está decidida a no aflojar el control que ejerce el Partido sobre el país. Y dos, que sigue latente un germen de rebeldía contra esa situación.

Nacido en 1919 en la provincia de Henan, se unió a la Juventud Comunista en 1932 y desarrolló una carrera administrativa. De esa forma más bien oscura atravesó las epopeyas de la primera mitad del siglo XX, hasta la creación de la República Popular China en 1949. Zhao comenzó su carrera en la provincia de Guandong y poco a poco fue haciéndose a una sólida reputación administrativa. Allí comenzó un plan de descolectivización de la tierra laborable para entregar parcelas a campesinos individuales y asignarles contratos de suministro. El sistema, ideado en 1962, funcionó y se generalizó en el país como fórmula para revitalizar la ruinosa agricultura china.

Poco duró la complacencia. Zhao, responsable de una reforma poco ortodoxa, con su gusto por el golf y sus maneras refinadas resultó una víctima perfecta de la revolución cultural de 1967. Acusado por los Guardias Rojos de burgués y revisionista, pasó cuatro años de trabajos forzados. Fue rehabilitado cinco años más tarde, pero pronto demostró que su juramento de fidelidad a Mao era dudoso. De nuevo puso en marcha sus fórmulas en Guangdong, y de nuevo funcionaron. Era la época de la ascensión de Deng Xiao Ping, la víctima más prominente de la Revolución Cultural. Deng tenía en mente soluciones pragmáticas para China, con su frase: "No importa de qué color es el gato siempre que coma ratones". El líder llamó a Zhao a manejar la economía como primer ministro. En 1987 cayó Hu Yaobang por ser permisivo con las protestas estudiantiles y Zhao quedó como secretario general del Partido Comunista, a un peldaño del poder absoluto.

Pero sus convicciones de iniciativa privada y apertura a la inversión extranjera le fueron granjeando enemigos, y para 1989 su poder había disminuido considerablemente.

Zhao nunca renegó de sus convicciones, pero pasó el resto de su vida como un preso en su propia casa. Hoy es negado por el gobierno chino, pero la historia podría darle un veredicto más benévolo.

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