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| 4/9/2011 12:00:00 AM

El filósofo que se inventó la guerra

Bernard-Henri Lévy, el famoso intelectual y 'playboy' francés, fue el cerebro detrás de la decisión de la ONU de atacar Libia.

La diplomacia es a veces simple como una llamada telefónica. Hace un mes, cuando el contraataque de Muamar Gadafi empezaba a quebrar la insurgencia libia, Bernard-Henri Lévy, el famoso filósofo de 62 años, se reunió con los líderes de la oposición. Con un teléfono satelital le marcó a Nicolas Sarkozy. "Tienes que recibirlos, son los Massouds libios (Massoud era el comandante de la resistencia afgana a los talibanes)", le dijo.

A partir de ahí, la suerte de los libios giró y Bernard-Henri Lévy logró en solo dos semanas que Sarkozy y Hillary Clinton atendieran dirigentes del Consejo Nacional para la Transición de Libia, lo que propulsó la intervención occidental en el país.

El 10 de marzo Sarkozy acogió a BHL, como conocen al filósofo en Francia, y a tres representantes rebeldes. Lévy afirmó que si no actuaban "la bandera francesa iba a quedar manchada de sangre". Tras la reunión, Sarkozy acompañó a los líderes de la oposición hasta el pórtico del Palacio del Elíseo. Ante los asombrados periodistas, anunciaron que "Francia reconoce el Consejo de Transición como el legítimo representante del pueblo libio".

Marc Roussel, fotógrafo que acompañó a Lévy a Libia, le dijo a SEMANA: "El rol de BHL fue sin duda clave. Actuó rápido, no como muchos diplomáticos. Es el iniciador de la intervención, después los políticos hicieron el trabajo".

La diplomacia paralela de BHL, un dandi de trajes negros y camisa blanca desabotonada sobre el pecho, estaba en marcha. Cuatro días después, llevó a los opositores al Hotel Westin frente al Louvre, donde se hospedaba Hillary Clinton. La reunión fue corta y decepcionante. Clinton no quiso apartarse de la línea de Washington, temeroso de abrir un nuevo frente de guerra. Pero en privado, la secretaria de Estado le dijo a Obama que después de su discurso en El Cairo de 2009, donde invitó a los musulmanes a la democracia, era necesario "hacer coincidir el dicho y el hecho".

No era la primera vez que Lévy movía sus influencias por causas humanitarias. Nació en una rica familia judía en la Argelia francesa y aunque siempre ha mantenido una distancia crítica con los políticos, habla al oído de los más poderosos de su país. En Francia irrita a muchos, que lo ven como un cliché del intelectual parisiense prepotente, de izquierda moderada, más preocupado por su peinado que por la filosofía e inquilino de las revistas de corazón.

Hasta 2010 estuvo casado con Arielle Dombasle, una actriz rubia de trazos delicados. Ahora los paparazzi lo unen a Daphne Guinness, aristócrata adicta a la alta costura. Su hija, Justine Henri-Levy, escribió Nada grave en 2004, un agrio relato de cómo Carla Bruni le quitó su marido, Raphael Enthoven.

Pero escribe columnas y libros (ha publicado 38) y polemiza en todos los programas de televisión que lo inviten. Lévy ha tenido tiempo para visitar lugares conflictivos como Darfur, Ruanda, Bosnia e incluso Colombia. Para Marc Roussel, "BHL es una persona que tiene convicciones. Es rico y famoso, pero no se queda sentado. Moviliza los medios, que sirven sus intereses personales, pero también intereses humanitarios. Solo él podía lograr la intervención".

Apoya las guerras mientras el objetivo sea ético. En una entrevista explicó "frente a un tirano desencadenado, la ley moral impone intervenir. No voté por Sarkozy, pero sí quería poner la causa de los rebeldes en la agenda, y Sarkozy me parecía el mejor vehículo para hacerlo".

El 17 de marzo, el lobby de Sarkozy fue intenso, llamó a cada uno de los 15 miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que se reunía en Nueva York. Sarkozy no quería pasar a la historia como el que dejó que la rebelión libia se ahogara en un baño de sangre. Washington, Londres y París votaron a favor de la intervención. El 19 de marzo en la tarde, con el mandato de las Naciones Unidas, los primeros Rafale de la fuerza aérea francesa bombardeaban los blindados de Gadafi.

"No desempeñé ningún rol, salvo el de haber tenido una noche en Bengasi la idea loca de llamar el presidente y decirle que recibiera la Libia libre", dice Lévy. Sin embargo, en el desierto libio hay rebeldes encaramados en sus tanques, que ondean la bandera francesa, gritando: "¡One, two, three, France merci!".
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