Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 12/8/2006 12:00:00 AM

EL FIN DE UNA ERA

Se acerca el fin de los dos símbolos de la historia latinoamericana del siglo XX. Por Antonio Caballero

Se están muriendo los dos a la vez, Fidel Castro y Augusto Pinochet, cada cual en su respectivo extremo. Extremos geográficos: el uno en La Habana de Cuba, el otro en Santiago de Chile. Extremos políticos: el uno enquistado en el corazón del poder, a través de su hermano que sigue gobernando su país con pesada mano; y el otro abandonado por el que tuvo en el suyo durante casi 20 años: tan abandonado que, según cuentan, cuando llegue el entierro ni siquiera se le rendirán honores militares. Extremos, por supuesto, ideológicos, y en este caso se invierten los papeles: el comandante comunista agoniza al tiempo con su fracasada utopía económica de izquierda, mientras el general fascista chileno lo hace en la cresta de la ola de la derecha neoliberal de la cual fue profeta. Extremos también sentimentales: el dictador del Caribe muere rodeado del fervor popular y de la admiración de muchos (incluyendo a quien esto escribe); el dictador del Cono Sur muere agobiado por el desprecio casi general, agrandado en los últimos meses por el descubrimiento de que había acumulado una fortuna en lingotes de oro escondidos en Hong Kong.

Extremos que reflejan, al final, las imágenes icónicas del comienzo de sus carreras respectivas: la torva foto del golpista Pinochet, cruzados los brazos sobre el abombado pecho y tapados los ojos por gafas negras de ciego o de turista el 11 de septiembre de 1973, tras el suicidio del acosado presidente Allende; y la foto luminosa del rebelde Fidel entrando en La Habana el 8 de enro de 1959, tras la fuga del tirano Batista, con boina de guerrillero y una paloma blanca posada en el hombro. Extremos, inclusive, biológicos, si es que se puede hablar de extremos opuestos en el trance de la agonía: Pinochet sale vivito y coleando, sonrosado y contento del hospital militar donde fingía estar boqueando para evitar la persecución de la justicia; Fidel ni siquiera puede presentarse a saludar en público al cumplirse el medio siglo de su victoria revolucionaria.

Para extremos, en fin, otro que casi inconscientemente acaba de ilustrar en anterior párrafo: al uno todo el mundo lo llama siempre por su nombre de pila: Fidel; al otro se le conoce por su apellido un poco cómico: Pinochet.

Hace ya muchos años, en 1971, le dio la vuelta al mundo una fotografía de prensa que los muestra a los dos juntos, en Santiago de Chile, durante la visita de un mes que le hizo Fidel Castro a Salvador Allende en los tiempos fugaces de la Unidad Popular. Se miran el uno al otro, Fidel a Augusto, Pinochet a Castro, con algo más que mutua suspicacia y desconfianza: con mutua repugnancia. "Smelling rat", puso en el pie de esa foto un periódico inglés de la época: "Husmeando olor a rata", Sin especificar cuál de los dos, si Augusto o Fidel, si Castro o Pinochet, lo percibía en el otro.

Pero estando los dos en extremos opuestos de las cosas, tienen sin embargo estos dos agonizantes famosos muchas cosas en común. Más, sin duda, de las que a ellos les gustaría.

La primera es, obviamente, su importancia histórica. Se trata de las dos figuras políticas más descollantes de América Latina en la segunda mitad del siglo XX. La importancia de Castro no requiere mucha explicación. Tal vez la de Pinochet tenga que ser subrayada por la comparación con los otros muchos dictadores militares impuestos y respaldados por los gobiernos de Estados Unidos que han pasado por estos países en esos 50 años, algunos de ellos considerablemente más sanguinarios que el general chileno y hasta más duraderos, pero todos igualmente indiscernibles entre sí e insignificantes. El mundo entero ha oído hablar de Augusto Pinochet. Y en cambio ¿quién recuerda al argentino Leopoldo Fortunato Galtieri, al guatemalteco Efraín Ríos Montt, al brasileño Garrastazu Medici (cuyo nombre de pila se me escapa) Para no hablar de los intercambiables militarotes uruguayos u hondureños, salvadoreños o bolivianos, innominados casi. Pinochet y Castro han dejado huella no sólo en sus propios países, sino en todo el continente. En su proyección política, como modelos a imitar por países vecinos y como participantes directos en la política interna de varios de ellos. Castro a través del entrenamiento de grupos guerrilleros en medio continente de Bolivia a Nicaragua, de la Argentina a Colombia (y del envío de tropas cubanas a la lejana África en nombre del internacionalismo proletario). Pinochet a través de la colaboración en acciones clandestinas antisubversivas dentro del llamado 'Plan Cóndor' que unificaba a las dictaduras del Cono Sur: Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay y la Argentina. Y también en sus consecuencias económicas. Pinochet, con los llamados 'Chicago Boys' seguidores de las teorías de libre mercado de Milton Friedman, fue el pionero del modelo neoliberal y privatizador en América Latina (y hasta ahora el único que puede mostrar en ese campo éxitos). Castro, por su parte, fue el cabecilla (y hasta ahora casi el único intérprete) de las tentativas estatizadoras de la economía, sin resultados demasiado recomendables salvo en los sectores de la educación y la salud.

Otra semejanza reside, claro está, en la condición de dictadores de los dos personajes. Castro duró 50 años en el poder, y sólo lo dejó cuando lo doblegó el peso de la edad y de la mala salud, hace unos pocos meses. Pinochet lo mantuvo durante 17 años, y sólo lo perdió en 1988 por haber calculado mal un referéndum sobre su permanencia vitalicia: pero conservó durante 10 años más un papel de supervisor y vigilante de Chile desde la jefatura de las Fuerzas Armadas. Es difícil comparar el papel represor ejercido por cada uno de los dos, pues las víctimas de las ejecuciones, desapariciones y torturas de Pinochet en Chile fueron medidas por una comisión investigadora independiente hace unos años, la Comisión Retting, y calculadas en un total de 2.095 muertos y desaparecidos, varias decenas de miles de presos y torturados (entre ellos la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet); en tanto que las víctimas de la represión castrista en Cuba, que sin duda suman muchos millares, no han sido contadas. En número de exiliados, eso sí, Castro lleva de sobra la delantera: varios millones de cubanos, frente a 100.000 ó 200.000 chilenos.

Dictadores los dos, pues, pero simbólicamente muy distintos y de signo contrario. Castro es un dictador que representa la resistencia a los Estados Unidos: desde que llegó al poder tras derrocar en 1959 la dictadura pronorteamericana (y respaldada por los Estados Unidos) de Fulgencio Batista, y manteniéndose en él contra la agresión armada (la invasión de Playa Girón en 1961) organizada y financiada por la CIA; contra el embargo económico decretado en 1962 por el gobierno de John Kennedy en respuesta a las nacionalizaciones de empresas norteamericanas en Cuba; y contra una infinidad de tentativas de asesinato (se habla de 638) por parte de la misma CIA. Pinochet es, en cambio, el más representativo dictador pronorteamericano del continente. El golpe que le dio el poder en 1973 fue promovido y financiado por la CIA dentro de la política públicamente expresada por el presidente Richard Nixon de no tolerar en el hemisferio "una segunda Cuba" cuando en 1970 ganó las elecciones en Chile la coalición socialista-comunista de Salvador Allende.

También en ciertos aspectos más secundarios se parecen -repito que sin duda a su mutuo pesar- Augusto Pinochet y Fidel Castro. Comparten el amor por el uniforme militar, por ejemplo. Fidel lo suele vestir de fatiga, con reminiscencias guerrilleras, pero en sus años de mayor acercamiento a la Unión Soviética se lo ponía también de grueso paño moscovita (¡en el calor de Cuba!); y sólo lo ha cambiado por un traje azul oscuro de civil para recibir al Papa. En cuanto a Pinochet, él mismo diseñó personalmente un gran capote gris, aproximativamente napoleónico, para llevarlo en los desfiles militares, y le hizo añadir varios centímetros a su quepis de general para destacarse entre los demás miembros de la Junta Militar. Fidel se hace llamar, con ostentosa modestia revolucionaria, Comandante (aunque, eso sí, Comandante en Jefe). Pinochet se dio a sí mismo el título de Capitán General, que nadie había tenido en el Ejército chileno desde el Libertador Bernardo O'Higgins a principios del siglo XIX. Ambos recibieron en su niñez y adolescencia educación en colegios de curas: Pinochet en el seminario San Rafael de Valparaíso, con los Hermanos Maristas, y Fidel en el colegio habanero de Belén, con los Jesuitas. Y es evidente que la educación religiosa los marcó a los dos. Y uno y otro, cada cual desde su ángulo, reaccionaron de parecida manera cuando en 1975 murió en España el dictador Francisco Franco tras 40 años de gobierno: Pinochet voló a asistir al entierro. Fidel no llegó a tanto (quizá por no encontrarse con Pinochet en la cola de los dolientes), pero hizo poner en toda Cuba las banderas a media asta.

Se asemejan el chileno y el cubano, en fin, en una característica muy latinoamericana: el machismo. A Fidel en Cuba lo llaman admirativa y familiarmente 'el Caballo'. La admiración de la derecha por Pinochet la resumió en días pasados el editorialista de El Nuevo Siglo de Bogotá escribiendo que al anciano ex dictador "lo ha mantenido en pie el reflejo de la fuerza testicular".

Y son idénticos ambos, claro, en que se consideran a sí mismos los salvadores de sus respectivas patrias. El general Augusto Pinochet salvó a Chile de las garras del comunismo soviético. El comandante Fidel Castro salvó a cuba de las garras del imperialismo norteamericano. (Y los dos usan con frecuencia, en sus discursos respectivos, la expresión "salvar de las garras").

Pero además de las diferencias de fondo que señalé al principio en esas dos vidas tan parecidas en la forma (el poder, el sentimiento mesiánico, etc.), además de las diferencias profundas en las convicciones ideológicas y en los propósitos políticos, hay una muy notable entre sus dos agonías paralelas. Que la agonía de Fidel parece auténtica, y la de Pinochet tiene todas las trazas de ser falsa.

Ya hace unos años mostró el ex dictador chileno sus dotes para la farsa cuando, detenido domiciliariamente en Londres a petición del juez español Baltasar Garzón, se hizo repatriar a Chile "por razones humanitarias", simulando estar al borde del sepulcro. En cuanto aterrizó en Santiago el avión militar que había ido a buscarlo de urgencia, el falso moribundo saltó como un resorte de su silla de ruedas y ejecutó una cueca chilena. Y desde entonces hasta la solicitud de extremaunción de hace ocho días, cuando ya sin inmunidad procesal de Jefe de Estado lo volvía a reclamar por sus crímenes la justicia, han pasado ocho años.

Castro, por su lado, también finge. Pero finge lo contrario: finge que no agoniza, que está poniéndose bueno, que va a volver a tomar las riendas del poder muy pronto. Se hace filmar para la televisión haciendo como si levantara livianas pesas, recibiendo en su lecho visita de enfermo de su amigo Hugo Chávez, hojeando un periódico, vestido -detalle, este también, un poco ridículo- con un pijama de hombre-anuncio de la multinacional de ropa deportiva Adidas. El fingimiento de Pinochet es grotesco. El de Castro es patético. El uno se hace el muerto. El otro se hace el vivo.

No sabe uno qué es peor.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1844

PORTADA

Francisco superstar

La esperada visita del papa a Colombia tiene tres dimensiones: una religiosa, una política y otra social. ¿Qué puede esperarse de la peregrinación del sumo pontífice?