Sábado, 25 de octubre de 2014

| 1992/02/03 00:00

EL FINAL DE UNA GUERRA

Un rosario de 75 mil muertos podría terminar, tras loos acuerdos de paz de año nuevo, para El Salvador.

EL FINAL DE UNA GUERRA

CASI A LA MEDIANOCHE DEL 31 DE DICIEMbre de 1991, la paz inició su retorno a El Salvador. Con los acuerdos celebrados en Nueva York, bajo el auspicio del secretario general saliente de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, comenzó con paso firme la pacificación del país más pequeño y pobre del continente americano, una nación marcada por la violencia y la muerte durante los últimos 60 años. Ahora, cuando el fragor del combate comienza a desaparecer, los viejos de El Salvador recuerdan el comienzo del siglo, cuando el país era un feudodela oligarquía cafetalera.
La llegada de los años 30 acabó casi de un tajo con ese panorama. En esa época se combinaron la caída de los precios del café con el surgimiento de movimientos populares. El resultado fue la irrupción de un estamento en la vida nacional: las fuerzas armadas. En 1931 el general Maximiliano Hernández Martínez tomó el poder y durante el año siguiente, desencadenó la mayor represión de la historia de Latinoamérica: 30 mil personas murieron, un cuarto de la población del país.
Con algunas alternativas de menor importancia, ese orden de cosas se mantuvo incólume hasta los años 60. En esa época comenzó a sentirse el crecimiento de una nueva clase urbana de comerciantes e industriales, para quienes era indispensable iniciar algún tipo de reforma para modernizar al país.
En 1972 un fraude electoral impidió que la Democracia Cristiana derrotara al coronel Arturo Molina, candidato de la gobernante Conciliación Nacional. Ese fue el detonante de los grupos guerrilleros, que aparecieron uno tras otro. En octubre de 1979 una junta cívico-militar derrocó al general Carlos Humberto Romero, pero sus intentos por reformar las estructuras sociales se estrellaron con la oposición de la derecha. Tras el retiro de la junta de los miembros de centro-izquierda, se inició una campaña de exterminio contra los izquierdistas, y en marzo de 1980 fue asesinado, mientras decía misa, el arzobispo Oscar Amulfo Romero.
El asesinato fue atribuido al dirigente de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), Roberto D'Abouisson. La guerra era sólo cuestión de tiempo.
El 10 de octubre de ese año se constituyó el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), El 10 de enero de 1981 el FMLN lanzó su "Ofensiva Final", que en realidad sería el comienzo de la guerra.
En ese tiempo las tensiones este-oeste eran aún vigentes. La URSS había invadido Afganistán y los sandinistas habían tomado el poder en Nicaragua.
Ronald Reagan declaró que "El Salvador está en la línea de fuego contra el hemisferio occidental". Para 1987 El Salvador se había convertido en el país más dependiente de Estados Unidos desde Vietnam del Sur, y sus fuerzas armadas habían llegado a más de 70 mil efectivos.
Las acciones bélicas no parecían llevar a ninguna parte, al igual que los esfuerzos negociadores del presidente demócrata cristiano José Napoleón Duarte, vencedor de D'abouisson en 1984.
Entre tanto se produjeron dos hitos históricos que influyeron: la derrota electoral de los sandinistas en febrero de 1990 y el desmantelamiento del bloque oriental. El primero demostró que los movimientos revolucionarios de Centroamérica no tenían como único objetivo la dictadura, y el segundo que el expansionismo soviético no era una amenaza para Latinoamérica.
El FMLN afirma que ya desde 1986 había decidido dirigirse hacia un triunfo político antes que militar. Pero la derrota sandinista acabó por demostrarle que un gobierno revolucionario no puede gobernar a menos que sea capaz de ganar una elección.
Esos factores vinieron a unirse a dos hechos que desencadenaron la dinámica negociadora: la ofensiva guerrillera del 11 de noviembre de 1989 y el asesinato el 15, por el ejército, de cinco jesuitas de la Universidad Centroamericana. La ofensiva hizo penetrar a los guerrilleros a San Salvador, y demostró que el FMLN tenía gran base de apoyo civil, pero insuficiente para provocar una insurrección general. El régimen se encontró también con la realidad de que no podía aspirar a la victoria militar sin violar masivamente los derechos humanos. A partir de entonces era claro que ninguna de las partes podía derrotar militarmente a la otra.
El asesinato de los jesuitas, por otra parte, desencadenó el cuestionamiento intemo de la ayuda norteamericana. La ofensiva logró también involucrar a la comunidad internacional, que a través de la ONU entró a mediar hasta el final.
De ahí en adelante era inevitable que la disposición negociadora se impusiera. A ello contribuyó la presencia en el poder de Alfredo Cristiani, un empresario de ARENA, pero de gran pragmatismo. Los sectores empresariales, a los que representa más directamente, comenzaron su presión por un arreglo negociado, en la conciencia de que sin paz no era posible hacer negocios. Los sectores militares más jóvenes se inclinaron por la misma posición, pues son los que están en el campo de batalla y son testigos de la inutilidad del esfuerzo militar.
Así, sólo era necesaria la intervención decidida de Pérez de Cuéllar, apoyado por el Grupo de Amigos (Colombia, España, Venezuela y México) para que el proceso de paz se desencadenara. Tras 20 meses de negociaciones que incluyeron una reforma constitucional y concesiones de ambas partes, la paz era casi inevitable.
Pero en el balance es el FMLN el que hace las -concesiones menores. Ya había aceptado a las elecciones -como la vía legítima para llegar al poder, la legalidad de la Constitución de 1983 y del gobierno de Cristiani. Pero éste aceptó no sólo revisar el régimen de tenencia de tierras, la reforma profunda del sistema judicial del país, la eliminación de los cuerpos de policía actuales (reemplazados por un cuerpo civil de ingreso indiscriminado) sino sobre todo, la reducción, autopurga y acuartelamiento de la fuerza armada. Para todos los observadores era claro que ésta exigencia resultaba absolutamente indispensable para la paz.
Los términos del acuerdo son básicamente los mismos del preliminar de septiembre de 1991. Pero ahora parecen haber llegado a un punto de no retorno.
Las celebraciones de San Salvador, que al cierre de esta edición llevaban ya tres días, no parecen dejar ninguna duda.
El proceso abre buenas perspectivas para la paz en otros sectores del continente, pero en el caso, por ejemplo de Colombia, las condiciones son enteramente diferentes. Para empezar, la Coordinadora Guerillera jamás ha tenido ni la sombra del apoyo popular del FMLN y ni una fracción de su poder militar, que le permitió controlar efectivamente el 38 por ciento del territorio salvadoreño. En Colombia, por otra parte, existen espacios políticos que dejan por fuera toda justificación de la lucha armada. Lo único que parece válido como comparación es que si la Coordinadora Guerrillera no es capaz de entender el sentido de la historia, se expone a quedarse definitivamente en el pasado, que es precisamente lo que evitó el FMLN.


"AHORA VIENE LO MAS DIFICIL"
CARLOS CALLES HA SIDO DESde 1983 el voceto oficial del FMLN para Suramérica. La semana pasada Calles estuvo en Bogotá, y dialogó con SEMANA sobre el proceso de su país.
SEMANA: ¿A partir de qué momento las conversaciones se hace evidente que esten destinadas al éxito
CARLOS CALLES: A partir de los acuerdos de la reforma constitucional en abril del 91 en México. Allí se define que la negociación es ireversible. Porque habíamos alcanzado los acuerdos de abril del 90 en Ginebra, la agenda en Caracas en mayo, en julio de ese año habíamos alcanzado los acuerdos sobre derechos humanos en San José, pero abril del 91 determina la inflexión total. En ese punto se rompe la unidad monolítica de la oligarquía, poeque ya son evidentes las divisiones entre los militares "troperos" y los que dirigían la guerra desde el escritorio, y los sectores empresariales insisten en la necesidad de llegar a un acuerdo para reformar la constitución, en forma que se elimine la exigencia de dos períodos electorales para reformarla.
SEMANA: ¿Qué papel cumple el presidente Alfredo Cristiani?
C.C.: Cristiani juega el papel de ser el pragmático de la derecha, el representante del grupo empresarial que había sufrido una metamorfosis. Cristiani no es un asesino. Pero la ultraderecha, logrado el acuerdo, le acusa de traidor.
SEMANA: ¿Qué grado de compromiso puede tener el mando militar en un acuerdo que afecta por sobre todas las cosas a ese estamento?
C.C.: Si tomamos en cuenta la dinámica que ha tenido la guerra desde 1980, que nosotros partimos de cero experiencia militar y ellos tenían el cien por ciento, y hoy han quedado en un equilibrio donde no hay un bando vencedor, aunque recibieron un respaldo logístico sin precedentes en América Latina, ese equilibrio es una victoria para nosotros. No una victoria militar, pero sí una victoria política. No victoria absoluta del FMLN, porque esa guerra no la hubiéramos podido pelear sin el respaldo del pueblo.
Este es el verdadero garante del cumplimiento del acuerdo.
SEMANA: ¿Que viene ahora?
C.C.: Ahora viene lo más difícil.
Es importante hacer notar que cuando entramos en la recta final de las negociaciones, nosotros nos convertimos en voceros de toda la nación, porque antes y después de cada reunión de la mesa nos reunimos con representantes de todos los sectores, gremiales, sindicales, empresariales, de modo que ya no es una negociación FMLN- Gobierno, sino nación régimen. A todos, de los gringos para abajo, nos beneficia el término de esa guerra. Los objetivos de la revolución han sido alcanzados, así no signifiquen, como se aspiró inicialmente, el poder absoluto para el FMLN. Lo más peligroso, sin embargo, es lo que llamamos el "Miedo al final", porque la terminación de la impunidad va a afectar a muchos que podrían estar interesados en torpedear el proceso. Todo el mundo sabe quién asesinó a monseñor Romero, o a los cinco jesuitas. Ahí podría estar la mayor amenaza para la incipiente paz de mi país.

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