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| 6/30/1997 12:00:00 AM

EL FINAL DEL IMPERIO

Al cumplirse los 50 años de la independencia de la India, el Reino Unido entrega Hong Kong y se despoja de su último vestigio colonial.

Hubo un tiempo, no muy lejano todavía, en que el soberano británico podía decir, como en su época Carlos V, que en sus dominios no se ponía el sol. Una cuarta parte de la población mundial era su súbdita y su territorio abarcaba más de 14 millones de kilómetros cuadrados. Razas, credos y culturas rendían sin distingos pleitesía a su bandera, la Union Jack. El Imperio Británico era la expresión máxima del colonialismo europeo iniciado en el siglo XVI y la mayor organización política de la historia mundial. Pero el próximo primero de julio la última colonia importante de Gran Bretaña, conformada por el puerto de Hong Kong y sus territorios aledaños, será devuelta a China, y con ello habrá desaparecido el último vestigio importante de ese pasado esplendor. Se habrá completado en la práctica un proceso iniciado precisamente hace 50 años, cuando la mayor joya de la corona imperial, la India, recibió su independencia. Por eso la salida de Hong Kong del gobernador Chris Patten y del jefe de la delegación británica, el príncipe Carlos, en el yate real Britannia, tendrá un significado histórico muy especial, y su contraste con la salida de la India será muy marcado. Al fin y al cabo en 1947 el Imperio, moribundo sin saberlo, era aún el mayor gigante del mapa político mundial. En las ceremonias, el líder indio Jawaharlal Nehru brindó por el rey Jorge VI con el gobernador Mountbatten, pues se daba paso a la independencia de un país. En Hong Kong, en cambio, no habrá tanta pompa ni tanto brindis. Que los británicos salen un poco por la puerta de atrás no sólo queda subrayado por las anunciadas celebraciones de los chinos, para quienes la devolución repara una enorme vergüenza histórica, sino por la incapacidad de Londres para garantizar la permanencia de instituciones democráticas en la ciudad. Porque si bien los acuerdos de 1984 hablan de "un país, dos sistemas", la dirigencia ya desmontó, de hecho, las instituciones democráticas dejadas a toda prisa en la colonia y ha anunciado la aplicación de restricciones a los derechos de expresión e información semejantes a las que rigen en el resto del país. Medidas que confirman que Gran Bretaña estará entregando, sin poder hacer mayor cosa, 6.500.000 de sus antiguos súbditos al régimen más antidemocrático y restrictivo que existe hoy en el planeta. El comienzo del finGran Bretaña había hecho crecer su dominio territorial por varias razones: la necesidad de tener materias primas y mercados para sus productos, así como espacio vital para una población a la que las islas parecían haberle quedado pequeñas. Su creación tomó cuatro siglos, a partir del XVI, cuando la rivalidad con España tomó cuerpo y la visión inglesa de que cualquier país europeo podría reclamar la soberanía de los territorios no regidos anteriormente por un príncipe cristiano prevaleció sobre la española, según la cual el mundo había sido dividido por el Papa para su colonización entre portugueses y españoles. Detrás de ello subyacía un elemento religioso: la lucha de los reformistas contra el papado. Aunque sufrió un duro golpe con la independencia de las colonias norteamericanas en 1776, el Imperio siguió consolidándose en otras partes del mundo, no sólo mediante la colonización directa sino a través de guerras con otras metrópolis. La Armada inglesa, la más poderosa del mundo, mantenía la cohesión de un sistema político altamente descentralizado y eficiente. Pero como todo comienza y todo acaba, el fin del Imperio Británico comenzó al terminar la Segunda Guerra Mundial, en la que, aunque figuró en la lista de los vencedores, Gran Bretaña quedó postrada casi irremediablemente. Tan mala era su situación que la proclama del primer ministro Winston Churchill, según la cual no presidiría la disolución del Imperio, se había vuelto irrelevante. Gran Bretaña ya no era suficientemente fuerte ni militar ni económicamente para mantener unidos sus dominios. Para empeorar las cosas, un gobierno laborista y poco amigo del Imperio había llegado al poder en 1945. Tanto la Unión Soviética como Estados Unidos, las potencias emergentes del conflicto, eran contrarias al Imperio en su vieja concepción. La propaganda de guerra, con su énfasis en el liberalismo y los derechos de las naciones más débiles y pequeñas, había dado lugar al nacimiento de movimientos nacionalistas en los territorios coloniales. La imagen imperial se mantuvo viva hasta bien entrados los años 50, más que todo por costumbre. Pero las cosas habían cambiado irremediablemente. La política imperial británica de antes de la guerra había estado basada en la concepción de una poderosa Gran Bretaña con bases militares en todo el mundo y como líder y socio preponderante de países independientes administrativamente pero ligados por la Commonwealth. Pero pasado el conflicto los británicos no tuvieron alternativa diferente a reconocer la independencia de India (que sufrió la secesión sangrienta de Pakistán), y un año más tarde, en 1948, de Birmania (hoy Myanmar) y Ceilán (hoy Sri Lanka). Efecto dominó A los problemas en su protectorado de Palestina (que condujeron a la creación del Estado de Israel) se sumaron otros en las colonias de Africa Central y Sur, que llevaron al primer ministro Harold MacMillan a reconocer, en un famoso discurso de 1960, la existencia de "vientos de cambio". Desde ese momento la Gran Bretaña dejó de producir ideas para la salvación del sistema imperial y la suerte estaba echada. Una serie de problemas locales trajeron más amargura a los partidarios del Imperio: la rebelión en Chipre, la guerrilla Mau Mau en Kenya y la crisis del canal del Suez, cuando las tropas británicas intentaron, sin éxito, tomar el control de esa vía marítima mediante la invasión de Egipto. Esa sería la última intervención militar de corte imperialista: la reacción internacional fue tan adversa y el rechazo de su propia opinión pública tan fuerte que en Suez quedó enterrado el sueño imperial británico. De ahí en adelante, y sobre todo en los años 60, la norma fue la descolonización.Por fin, en 1984, China y Gran Bretaña firmaron la Declaración conjunta sobre el futuro de Hong Kong, que debía ser devuelta por la terminación del contrato de arrendamiento de 99 años celebrado sobre la mayor parte de su territorio. Los británicos, encabezados por sir Percy Cradock, trataron por todos los medios de asegurar la permanencia de una democracia que, por otra parte, ellos poco practicaron en su colonia. Pero ya el león británico carecía de dientes. Como resultado, lo cierto es que el Imperio más grande de la era moderna tendrá el primero de julio un entierro menos fastuoso del que hubiera merecido.
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