Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1984/12/10 00:00

EL GALOPE DE REAGAN

Aunque el voto popular le dio triunfo abrumador, la composición del Congreso le puede entorpecer "la segunda revolución americana"

EL GALOPE DE REAGAN


No se habían terminado los bocaditos salados, en la bandeja del brindis, tras el abrumador triunfo electoral de los republicanos, cuando ya saltaba a la luz la primera bomba de tiempo generada por la nueva situación: "Hay aviones Mig 21 o helicópteros M-1, de alta eficiencia combativa, en un barco soviético que se acerca a Nicaragua", dijeron los medios oficiales. Naturalmente, el gobierno de los Estados Unidos no podía tolerar ese incremento del armamentismo en el pequeño y acosado país centroamericano. El canciller D'Escoto, en un reportaje para la televisión norteamericana, negaba la existencia de ese embarque, pero recordaba que su país puede comprarle lo que quiera a quien se le ocurra, pues para eso tiene estatuto de nación libre e independiente. De cualquier modo, las declaraciones públicas se sucedían y en el ámbito de las Naciones Unidas ya se hablaba de una urgente convocatoria al Consejo de Seguridad. Munido de un respaldo electoral que para algunos es relativo aunque importante y para otros no deja lugar a dudas, Ronald Reagan ponía en marcha lo que dio en llamar "la segunda revolución americana":
aquélla que robustecerá interiormente a su país poniendo el acento en valores tales como el patriotismo, la moralidad y la defensa del núcleo familiar (inobjetables en si, pero no muy revolucionarios) y le dará una nueva posición de fuerza ante el mundo. El salto que va de los propósitos a los resultados es lo que está por verse, así como las consecuencias de un ideologismo tan cerrado; pero la relatividad o abundancia del consenso con que va a operar es algo que si está a la vista y motiva las dos interpretaciones va anunciadas.

Un sector de opinión insiste en que no ha logrado la mayoría tan ansiada en la Cámara de Representantes y en que las encuestas de opinión anticiparon algo que hoy debe verse en los hechos: la mayoría votó a favor de la persona, no de su programa, prueba de ello es que sólo dos gobernadores republicanos triunfaron en la contienda, en cambio el propio Reagan ganó en 49 de los 50 Estados y obtuvo 525 de los 538 puestos que integran el Colegio Electoral. Le fue bien en la elección senatorial, ya que conservó el control con 53 miembros (los demócratas sólo cuentan con 47, algunos de los cuales, por su conservadorismo, pueden apoyar en muchos casos al reelecto Presidente). Pero, le fue mal en la cámara baja al renovado Presidente, ya que necesitaba entre 25 y 30 nuevos escaños para obtener esa "mayoría ideológica" que reclamaba y en cambio tendrá sólo 14 votos más a su favor, a la hora de decidir sobre los nuevos proyectos. De cualquier modo, las cámaras aún no se han reunido y el mundo ya observa con preocupación la primera crisis desatada. "Reagan se moverá con velocidad, en materia de economía y política exterior", dijeron los observadores, tras la compulsa electoral. Y no se equivocaron. Mientras tanto, una sorprendente nota del Washington Post oficializaba el bloqueo a los esfuerzos de Contadora. Y el reverendo Jesse Jackson, pre candidato demócrata en su momento, daba a conocer su preocupado pronóstico para el futuro inmediato: "El abrumador triunfo de Reagan aquí y de Daniel Ortega allá sólo puede redundar en un inminente intento de invasión", dijo. Pero, alivió el panorama para sus simpatizantes: "También Nixon tuvo una victoria aplastante en el 72, recordó, eso no impidió que los demócratas regresaran al gobierno en 1976".

Esto hace pensar a muchos visionarios en los candidatos de la futura contienda electoral: la que deberá celebrarse dentro de 4 años, sin Reagan como aspirante a dicha repetición (hay cláusulas que se lo impiden) y con todas las consecuencias de su mandato a la vista Mario Cuomo, actual gobernador del Estado de Nueva York, es uno de los nombres que se mencionan; Gary Hart, el hombre que no pudo vencer a Mondale en las internas de su partido, sería otra vez un presidenciable; y Edward Kennedy, el mas brillante entre los postergados, también. Todos ellos pertenecen al Partido Demócrata. Sobre Kennedy pesa una leyenda negra y una historia blanca; la primera se refiere a la muerte de su secretaria, Mary Jo Kopetchne, en un lamentable accidente, después de un fin de semana juntos; la segunda, a una promesa que habría hecho a su madre, de no presentarse como candidato, visto el trágico destino que tocó a sus dos hermanos. Pero, la anciana señora Kennedy tal vez ya no requiera el cumplimiento de esa palabra, cuando hayan pasado estos cuatro años...

Por el lado republicano, ya el vicepresidente George Bush ha soltado medias palabras de que no tendría inconveniente en suceder al carismático Presidente actual, cuando éste ya no pueda presentarse. Iguales intenciones han manifestado el senador Howard Baker, el representante Jack Kemp y hasta el archiconservador Jesse Helms, quienes esperan instalarse en la línea de largada de esa nueva e histórica maratón.

Cuatro años faltan para entonces; cuatro años en los que gravitará mucho lo que ocurra a nivel de empleos, salarios, impuestos y política social; pero se volverá determinante --como nunca, después de la última guerra mundial-- lo que sucede en el plano de la política exterior. Un Vietnam en Vietnam es algo grave; pero un Vietnam en Latinoamérica es mucho peor. En el aire flota así mismo, una pregunta que pocos se animan a formular: si hay intervención directa en Centroamérica... ¿no es posible que como respuesta haya intervención solapada dentro del propio territorio norteamericano? Dicho de otro modo: ¿han pensado los estrategas qué pasaría si el pacífico y sonriente ciudadano de esta nación se encontrara depronto conque una contienda internacional tiene por escenario la mismisíma puerta de su casa? Es de suponer que lo han pensado. Y que esa pregunta sin formular tiene una respuesta sin formular en la cabeza de muchos dirigentes: del Presidente Reagan para abajo.--

LA MANO NEGRA
Entre las malas noticias que las elecciones norteamericanas le depararon a aquéllos que quieren evitar una intervención de la Casa Blanca en Centroamérica, la reelección del Presidente Reagan fue casi tan sentida como el triunfo del senador republicano Jesse Helms, "heroe" de la ultra derecha estadinense. La victoria del político de 63 años, oriundo de Carolina del Norte, en la batalla senatorial más larga, costosa y ácida en la historia de los Estados Unidos, fue la confirmación del electorado a un hombre que en sus 16 años en la Cámara Alta se ha constituído en la personalidad más antipática del Congreso.
Mezcla del rabioso anticomunista Joseph Mc-Carthy de los años 50s y del apasionado Barry Goldwater de los 60s, Helms no ha tenido pelos en la lengua para oponerse a la devolución del canal de Panamá y para abogar por la destrucción de los regímenes cubano y sandinista y "La extirpación del cáncer marxista-leninista en el continente".

Pero no sólo en política externa crea Jesse Helms tantas controversias. Caracterizado por varios de sus copartidarios como "el tumor del partido": el senador sureño se ha hecho famoso por su oposición al aborto, su desprecio por las mujeres y su evidente antipatía contra los negros. La profesión de pastor evangelista que ejerciera antes de entrar a la política, todavía le sirve para fustigar en el nombre de Dios a sus enemigos y acusarlos de todas las barbaridades posibles. Pese a sus defectos personales, para la gente del Estado, Helms ha sido un político efectivo al proteger los grandes cultivos de tabaco de la región, en su calidad de jefe del comité de agricultura del Senado.

En un territorio que ha sido tradicionalmente demócrata, el nombre de Helms levanta ampollas. Si bien sus anteriores oponentes al escaño que ocupa no habían podido hacer mucho para derrotarlo, se pensó que este año Helms había encontrado la horma de su zapato en la persona del carismático gobernador James Hunt, quien representa la nueva cara de Carolina del Norte, sitio donde la revolución tecnológica se ha sentido con más fuerza. A través de una disputada campaña donde los insultos de bando y bando no se hicieron esperar, Hunt logró acorralar paulatinamente a su oponente poniéndolo a la defensiva no pocas veces.

Sin embargo, Helms también se encargó de demostrar que podía contraatacar, por medio de una intensa campaña de televisión, donde el senador acusaba al gobernador de una serie de disparates que iban desde tener simpatías comunistas, hasta tener "alianzas con grupos extremistas de homosexuales". A las pocas semanas de empezada la campaña, ésta ya había capturado la atención de toda la nación. El hecho de que dos estilos de política tan radicalmente opuestos se pelearan el favor de un Estado que, de alguna manera, los estimaba a ambos, propició que los análisis sobre el viejo sur, versus el nuevo, no se hicieran esperar. Cada partido le destinó a su candidato sumas enormes de dinero. Con la "popularizacion" del debate, los cheques de fuera del Estado llegaron a manos llenas y tanto Helms como Hunt vieron sus arcas enriquecidas repentinamente. La ventaja en los fondos favoreció al senador, quien inició una agresiva campaña, alcanzando a gastar la cifra record de 13 millones de dólares, contra 7 de Hunt. Ese factor, unido al apoyo cerrado de la administración (incluidos 23 embajadores, Lewis Tambs entre ellos, que recibieron una reprimenda del departamento de Estado por intervenir en política), le concedió a Helms el centímetro extra que necesitaba para ganar la campaña. Después de una votación sin precedentes en el Estado el senador republicano recibió un millon 137 mil votos, contra un millón 55 mil del gobernador demócrata.

Con el triunfo a cuestas, Helms ha pasado a ser ahora la vedette de su partido, que perdió dos escaños en el Senado. Debido a su permanencia en la corporación, el senador tiene derecho a ser elegido presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara Alta, sitio que le daría enorme poder, si se tiene en cuenta que su partido es el del gobierno. Aunque a finales de la semana anterior Jesse Helms todavía no decidía si tomar la posición que se le ofrecía, se anticipaba su aceptación, con lo cual el "héroe" de la ultra-derecha tendría todo a su favor para apoyar a los "contras", aumentar la presión sobre Cuba, cerrar la puerta a negociaciones con los rusos y continuar con el decidido apoyo a "duros" como el mayor Roberto D'Aubuisson en su obsesiva lucha contra el peligro comunista en Centroamérica.

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