Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1982/08/02 00:00

EL GAS DE LA DISCORDIA

Un descomunal pacto comercial energetico de los europeos con la URSS, provoca las iras de Washington.

EL GAS DE LA DISCORDIA

Contrariando el espíritu de la reciente cumbre de Versalles, una seria brecha en la unidad atlántica ha surgido en los últimos días.
Una rebelión contra la prohibición norteamericana de exportar a la Unión Soviética productos de alta tecnología fabricados con licencias estadounidenses, estalló en la cumbre de la Comunidad Económica Europea (CEE), reunida a finales de junio en Bruselas.
Aunque la declaración oficial fue más tibia que las reacciones previas de los principales líderes europeos, en tanto que la CEE adopta sus decisiones por unanimidad obligando a reproducir en sus textos el tono del miembro más moderado, los 10 países miembros sí plantearon formalmente a Washington su decisión de continuar esforzándose por lograr que las autoridades norteamericanas modifiquen su resolución de frustrar o demorar la construcción del proyectado gasoducto trans-siberiano que proveerá de gas soviético a Europa occidental.
Tal obra, esperada por los europeos como una importante inyección de gas a sus metanoductos, uniría la península de Yamal, en Siberia, con Austria, donde se conectaría con la red europea, tras un tendido de 5.400 kilómetros.
A cambio de una importante provisión de gas natural soviético el gaso ducto deberá construirse con tuberías y equipos occidentales.
Pero la extensión de las sanciones norteamericanas a la Unión Soviética, dispuestas por el presidente Ronald Reagan, afectaría considerablemente dicha obra al impedir que firmas norteamericanas y sus filiales europeas y japonesas participen del proyecto. La prohibición, a largo plazo, daría al traste con los planes energéticos de Europa occidental y, a corto plazo, arruinaría decenas de miles de puestos de trabajo en los países involucrados, incluyendo los Estados Unidos mismos.
En Alemania Federal, por ejemplo, el principal perdedor sería el grupo electrónico AEG-Telefunken, mientras que los daños no serían menores para la compañía italiana Novo Pignone, que tiene un contrato para suministrar 19 estaciones de bombeo para el gasoducto, en las que se utilizaría tecnología de la General Electric. En su conjunto, Alemania Federal, Gran Bretaña, Italia y Francia, han firmado contratos, para el tendido de esta obra, por un total de 1.250 millones de dólares.
Si bien el gasoducto reportaría notables ganancias económicas a Moscú, para la CEE implicaría dejar de depender de los árabes respecto de dicho recurso. Pero tras la crisis de Polonia, Washington ha venido presionando a sus aliados europeos para que desistan del gasoducto argumentándoles que tal convenio los haría dependientes energéticamente de la URSS, argumento que fue sugerido por la delegación norteamericana en la reciente reunión de Versalles y en la conferencia de la OTAN realizada en Bonn en días pasados.
No obstante, la impresión que en ambas reuniones habría dejado Reagan frente a este punto era que parecía ceder en su oposición al gasoducto y de adoptar una política más tolerante, como lo constató el canciller alemán Helmut Schmidt en declaraciones de esta semana en las que defendía los contratos establecidos entre empresas alemanas y Moscú para el gasoducto.
Por su parte, los soviéticos se han mostrado indignados una vez conocida la decisión de la Casa Blanca sobre el proyecto, al afirmar en "Pravda" que el gobierno norteameri cano está "enceguecido por un furibundo antisovietismo" y que no tiene "en cuenta los intereses de sus aliados de Europa occidental ni los de las compañías norteamericanas que debían suministrar equipos a la URSS para el tendido del gasoducto"
Para los inversionistas de occidente el gasoducto significa globalmente un negocio de más de 10 billones de dolares. La obra entregará un trillón de pies cúbicos de gas natural al año y dejará a los soviéticos más de 7 billones de dólares de ganancia al año.
Los defensores, en Bonn, del acuerdo gasífero rechazaron el argumento de Washington señalando que el suministro de la URSS no sobrepasaría el 10% del consumo nacional de gas. Las autoridades de Londres respondieron, también, en ese mismo sentido precisando que lo que ellos recibirán de gas soviético solo equivaldría al 5% de sus actuales consumos. Los japoneses también han resultado afectados por la prohibición norteamericana ya que actualmente adelantan con la URSS exploraciones gasíferas y petroleras en la isla Sayalín, de los soviéticos. Por esa razón se han unido a los clamores de la CEE.
Para añadir insulto a la afrenta, Washington ha erigido una serie de "gravámenes compensatorios" a las exportaciones de acero de la CEE, lo que reducirá las ventas siderúrgicas de la comunidad en proporciones que oscilan entre un 3% para la siderurgia alemana, y un 18.3% para Italsider, la mayor empresa del ramo en Italia.
Willy Brandt, el excanciller alemán, reflejaba el ánimo de los mandatarios europeos al declarar durante la reunión en Bruselas que "la política de dureza adoptada por Washington pareee no valer para las ventas de trigo norteamericano a la URSS, pero sí para danar los intereses de los países europeos involucrados en el convenio de gas".
Las medidas restrictivas sobre gas y acero vienen a sumarse a otras anteriores de Washington en los campos de la agricultura y de la industria textil, que torpedean los planes europeos de recuperación económica. De mantenerse la orientación de la Casa Blanca el proceso recesivo que sufre Europa se ahondará indefectiblemente, planteando serias incógnitas sobre las relaciones atlánticas, en razón de que para importantes sectores de la vida económica europea las acciones de Washington pronto se convertirán en cuestión de vida o muerte económica.
Presintiendo la tormenta, William Brock, representante de comercio de Estados Unidos, exhortó a la CEE a evitar a toda costa lo que él llamó "una guerra comercial a escala total entre socios de la alianza atlántica".

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