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| 5/14/2011 12:00:00 AM

El genocidio olvidado

Un nuevo libro muestra la dramática realidad del Congo, donde, en los últimos 15 años, cinco millones de personas han muerto en medio de la indiferencia mundial.

El corazón de África se desangra gota a gota. En una guerra que parece nunca acabarse, la República Democrática del Congo, un gigante del tamaño de Europa occidental, soporta desde 1996 una violencia monstruosa: 5,4 millones de muertos, 400.000 mujeres violadas cada año, 30.000 niños soldados y dos millones de desplazados. Cifras que, a pesar de que rebasan las de cualquier conflicto desde la Segunda Guerra Mundial, no han logrado llamar la atención de casi nadie.

Este mes, Jason Stearns, un estadounidense que trabajó diez años en ese país con la ONU, publicó Bailando en la gloria de los monstruos, un libro que trata de explicar la pesadilla congolesa. "La maldición del Congo es su complejidad. El conflicto llega fácilmente a los niveles de Ruanda o Camboya, pero cómo se supone que los periodistas cuenten la historia si no hay un Hitler, no hay villanos ni héroes. No nos preocupamos porque es demasiado complicado", dijo Stearns a SEMANA.

En la guerra del Congo han participado con alternativas nueve países africanos, al apoyar a más de veinte grupos rebeldes en cuarenta conflictos diferentes. Para Stearns, "como las tajadas de una cebolla, la guerra del Congo contiene guerras dentro de las guerras". En las batallas 'solo' 500.000 personas cayeron por balas o machetes. Pero los ejércitos atravesaron el país propagando diarrea, disentería, malaria, infecciones en las aldeas y destruyeron la enclenque economía campesina. "Cinco millones de personas murieron lentamente. No hubo una campaña sistemática para exterminarlos, es mucho más patético y triste: el Congo perdió el equivalente a la población de Dinamarca sin ruido, sin razón", añade Stearns.

La semana pasada otra cifra escalofriante fue publicada, esta vez por el American Journal of Public Health: estimaron que cada año 400.000 mujeres son violadas, casi una cada minuto. Michael Van Rooyen, director del Harvard Humanitarian Initiative, centro especializado en salud pública, le dijo a la BBC que "las violaciones en la República Democrática del Congo se han convertido en una de las grandes crisis humanas de nuestro tiempo".

Stearns quiso escribir su libro para entender las raíces de la violencia en el Congo. "Traté de contestar la pregunta de Anna Harendt: ¿Cómo entender y explicar el mal?", comentó. Sin embargo, es difícil encontrar un culpable. Víctimas se volvieron sanguinarios guerrilleros; defensores de derechos humanos terminaron como jefes de guerra, y profesores de Filosofía, violadores. Muchas veces, solo se trata de subsistir. Un soldado le dijo a Stearns: "En el Congo, si queremos sobrevivir, tenemos que ser un poco corruptos, un poco despiadados. Hasta usted, si le tocara estar ahí, haría lo mismo. O si no, se hunde".

¿Cómo llegó el desastre?

La tragedia congolesa empezó con otro drama, el genocidio en 1994 de 800.000 tutsis en la vecina Ruanda, a manos de la mayoría hutu. Al final del conflicto, cerca de un millón de hutus huyeron al Congo, temerosos de las represalias. Entre las interminables columnas de mujeres, campesinos y niños desplazados se camuflaron militares, militantes y funcionarios del gobierno que planeó la masacre de Ruanda. Los campos de refugiados hutus en el Congo se militarizaron. Ahí los oficiales genocidas empezaron a entrenar a sus antiguas tropas para regresar a tomarse el poder en Ruanda. Preocupada por que otro exterminio se estuviera preparando en su frontera, esta decidió pegar primero e invadió al Congo en 1996.

Apoyándose en Laurent-Désiré Kabila, un veterano guerrillero congolés, arrasaron el oriente del país y siguieron hasta Kinshasa, la capital, donde tumbaron el reino corrupto de más de tres décadas de Mobutu Sese Seko. Cuando los nuevos amos abrieron las bodegas del banco central, solo encontraron un billete de 50 francos franceses. Mobutu huyó con más de 5.000 millones de dólares y dejó un país quebrado, con un Estado casi inexistente.

Pero Kabila no era el hombre para reconstruir el país. Como su predecesor, censuró, torturó opositores y convirtió el tesoro nacional en su alcancía personal. Pero, además, el nuevo jefe del Congo no fue la marioneta que los ruandeses esperaban. Los echó del país y prendió así la chispa de la llamada Guerra Mundial Africana. En 1998, Ruanda se unió a Burundi, consiguió lanchas de Eritrea, consejeros militares de Tanzania y rebeldes congoleses para tumbar a Kabila.

El presidente, acorralado, imploró la ayuda de Angola, Namibia y Zimbawe, que le salvaron el pellejo. Pero el Congo se convirtió en un gigante campo de batalla, donde los ejércitos peleaban, sin ya saber por qué, a miles de kilómetros de sus países. La guerra se alimentaba a sí misma, las tropas avanzaban como depredadores, tragando riquezas, cosechas y vidas.

El libro de Stearns cuenta la historia de Papy, uno de los cientos de jefes de guerra que aterrorizaron aldeas enteras. Él y sus soldados podían asesinar hasta cien personas por día, "casi siempre usando una cuerda, que oprimía sus tráqueas. Era más rápido y no se derramaba sangre". Mientras unos morían, otros se enriquecían. El Congo es uno de los países con más minerales del mundo: diamantes, coltán, uranio, cobre, cobalto plagan su suelo, a tal punto que muchos consideran que es una anomalía geológica. Se calcula que después de 1998, Ruanda robó más de 250 millones de dólares en diamantes y que Burundi aumentó diez veces sus exportaciones de piedras preciosas, algo extraño para un país sin minas.

No fue sino hasta 2001, cuando uno de sus guardaespaldas mató a Kabila, que las cosas cambiaron. Lo reemplazó su hijo Joseph Kabila, que pidió la mediación de la ONU y logró firmar la paz en 2003. Pero la violencia parece endémica, cada tanto estalla una rebelión, y es que con un fusil AK 47 en las manos un hombre puede alimentar a su familia. Y eso, en el Congo, ya es mucho.

Stearns explica que "no hay ningún proceso penal abierto por los horrores de las guerras, la sociedad está hecha pedazos, hay demasiada criminalidad, la violencia sexual se volvió casi normal y no hay ninguna institución que pueda reconstruir el país. El poder es solo visto como un medio para enriquecerse". Uno de los chistes que circulan en Kinshasa cuenta que si un ministro no logra conseguir en un año cuatro carros alemanes, cinco mansiones y viajes a Europa es porque es un pésimo político.

El rol de la comunidad internacional ha sido lamentable. Para Stearns, en vez de enfrentar los problemas crónicos del país, las potencias prefieren comprarse una conciencia al financiar ayuda humanitaria, que muchas veces termina en manos de los señores de la guerra. Aunque los 15.000 cascos azules de la ONU ocupan grandes regiones, su impacto es mínimo; sus tropas, de algunos países asiáticos y de Uruguay, no están bien entrenadas, y son pocos los soldados que están dispuestos a morir en el Congo.

En noviembre de este año los congoleses van a votar por segunda vez en diez años. Pero en ese país el temor sigue siendo más fuerte que la ilusión de un cambio. Saben que cada partido tiene su milicia, y que un candidato es un pirómano en potencia que no dudará en echarle gasolina a la guerra si llega a perder en las urnas.
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