Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/08/27 00:00

El gigante y la OMC

El ingreso de la China al sistema de libre comercio abre expectativas. Para algunos el panorama es preocupante.

El gigante y la OMC

Este parece ser el año de los chinos. Todavía no se apagaban las celebraciones por la sede de las olimpíadas de 2008 y por la clasificación al Mundial de Fútbol cuando Beijing tuvo otro motivo para celebrar. La semana pasada China consiguió un objetivo trazado desde hace 15 años: el ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC).

En la reunión del organismo en Qatar, que por otra parte sorprendió con el lanzamiento de una nueva ronda de negociaciones a nivel mundial, se dio ese paso histórico que integrará a la segunda mayor economía del mundo en el sistema de libre comercio. Pero esta noticia no produjo una celebración tan unánime. El ambiente se reflejó en el comentario que The Washington Post atribuyó al primer ministro Zhu Rongji: “Todo el mundo está contento con la entrada a la OMC menos yo. La perspectiva de mayor competencia para las granjas y los negocios ineficientes de la China me da dolor de cabeza”.

La preocupación de Zhu es que, a pesar de que en los últimos 20 años la dirigencia ha conducido a China hacia la economía de mercado, la entrada a la OMC podría ser un salto al vacío. La razón es clara. Durante estas dos décadas las reformas económicas lanzadas por el líder Deng Xiaoping se hicieron paso a paso mientras el Partido Comunista mantenía las riendas políticas. Esa estrategia dio un resultado espectacular: millones de chinos salieron de la pobreza y, de paso, el partido consiguió renovar su popularidad.

Pero ese proceso se vivió dentro de una economía híbrida en la que las firmas extranjeras debían asociarse con el Estado mientras muchas actividades seguían siendo objeto de fuerte proteccionismo. Esas condiciones tendrán que desaparecer. Como dijo a SEMANA Ku Wai Li, profesor de la Universidad de Hong Kong Kowloon, por los acuerdos “China tiene que liberalizar muchos sectores económicos y eliminar múltiples barreras”.

Hay sectores beneficiados, como las confecciones, los juguetes, el calzado y otros que se han preparado para el ajuste. Pero las preocupaciones de Zhu se refieren al sector agropecuario, y en especial a los millones de cultivadores de trigo, arroz y algodón. Y en el sector de la industria pesada, como la automotriz, también habrá problemas. Muchas de las empresas controladas por el Estado tendrán que sufrir ajustes de personal, y lograr la eficiencia para competir.

Otra preocupación, como dice el sinólogo Guillermo Puyana, “es el sector de servicios, particularmente los financieros”. Los bancos estatales tienen la carga de millones de renminbi (la moneda local, conocida como yuan) en préstamos a empresas estatales improductivas e incapaces de pagar. Esos bancos entrarían en quiebra cuando los ahorradores, que hoy tienen que depositar en ellos su dinero obligatoriamente, puedan escoger bancos extranjeros con mejores servicios o seguridad.

Todos esos ajustes enfrentan el reto de cambiar a fondo la mentalidad china de negocios, lo que pasa por la creación de un aparato judicial acorde. Como dijo David Li, de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, “China tendrá que jugar con las reglas de la OMC, y eso implica revisar más de 2.000 leyes nacionales y 30.000 locales y reglamentar el riesgo compartido, la inversión extranjera, la prohibición de los monopolios y el establecimiento de una jurisdicción nacional”.

Esto último apunta a una complicación adicional: el enfrentamiento entre las autoridades centrales y las regionales. Como agregó David Li: “Muchos grupos de intereses locales controlan las empresas y por eso los gobiernos regionales, que no entienden la dimensión de las consecuencias, estarán menos interesados en las reformas”.

En Occidente las voces que anuncian un cataclismo no han sido pocas, incluidos quienes sostienen que las dificultades sociales, en plena recesión nacional y mundial, podrían conducir a la deslegitimación del Partido Comunista y a su caída. Pero en China muchos piensan otra cosa. Como Kui Wai Li, para quien “es cierto que en el proceso podría crecer el desempleo urbano al desestatizarse las empresas. Pero a largo plazo resultarán beneficiosas”.

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