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| 1/11/1988 12:00:00 AM

EL GORBASHOW

Gorbachov conquista a los gringos y firma histórico acuerdo sobre el desarme

EL GORBASHOW EL GORBASHOW
En Italia, la RAI comenzó su emisión del lunes por la noche encadenando, vía satélite, a la pequeña población de Comiso en Sicilia--sede de 112 misiles nucleares- y a Washington. En Francia, el informativo de Antenne 2 fue presentado directamente desde la capital norteamericana escenas similares se vivieron en Inglaterra, Alemania Federal o España, y en decenas de países más alrededor del mundo. Fue tal vez un toque de originalidad el que caracterizó a la televisión colombiana, algunos de cuyos informativos abrieron con una noticia local: Enrique Peñalosa no aceptaba ser candidato a la Alcaldía de Bogotá. Eso, a pesar de que hacía unas horas, Mikhail Sergeievich Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, había arribado sano y salvo a Washington D.C. Fue ese hecho el que durante cuatro días acaparó la atención del mundo. A partir del momento en que el líder soviético y su esposa Raisa descendieron del jet llyushin-62 de Aeroflot a las 4:43 p.m. del lunes pasado, los ojos del planeta se situaron en la capital norteamericana.

La razón de tanto escándalo era, aparentemente, justificada. Desde que en 1973 Leonid Brezhnev llegara al mismo sitio para ericontrarse con Richard Nixon, ningún otro personaje de tanta importancia había vuelto a la Casa Blanca. A pesar de que en los últimos seis años Ronald Reagan ha recibido a unos 250 jefes de estado, definitivamente no hay nada como hacerle los honores al representante de la URSS, la potencia rival de los Estados Unidos en el mundo.

Tal fue el motivo por el cual el martes pasado a las 10 de la mañana, el jefe del Kremlim recibió el tratamiento completo: trompetas de la banda de los marines, desfile de los Casacas Rojas (cuerpo que data de la época de la independencia) y 22 cañonazos disparados a orillas del Potomac.

DEDOS CRUZADOS
Con tales antecedentes no era extraño darse cuenta de que en Washington la semana pasada, la gente tenía la sensación de estar viviendo un momento histórico, esa impresión llegó a su máximo nivel el martes 8 a las 2 de la tarde, cuando ambos líderes se reunieron en el ala este de la Casa Blanca para estampar su firma en un tratado de 169 páginas, escrito a un espacio y que contiene 17 artículos y tres anexos, mediante el cual ambos países se comprometieron a destruir todos los misiles nucleares, con un rango de vuelo entre 500 y 5 mil kilómetros que ambos poseen actualmente.

Si, tal como se espera, el acuerdo es ratificado por el Senado norteamericano (la ratificación soviética es segura), ésta será la primera vez desde que comenzó la carrera armamentista que se producirá la eliminación de todo un género de armas. En contraste con las experiencias anteriores, donde se habían impuesto topes a cierto tipo de proyectiles, el pacto firmado por Reagan y Gorbachov consagra que cada bando reduzca en cerca de un 4% el total de su arsenal ofensivo.

La ceremonia, transmitida en directo incluso a Moscú, donde se colocaron gigantescas pantallas de televisión en las calles, fue cordial y llena de sonrisas, después de intercambiar los estilógrafos utilizados, ambos líderes hicieron un pequeño discurso lleno de optimismo. Gorbachov, por ejemplo, sostuvo que confiaba en que "el 8 de diciembre de 1987 entre en los libros de historia como el hito separador entre la época de creciente riesgo de guerra nuclear y la era de desmilitarización de la vida de la humanidad ".

Lo difícil, sin embargo, fue seguir con la misma tónica. El tono exhuberante y confiado del martes fue remplazado el jueves por uno menos extremo. De la euforia del comienzo, Gorbachov pasó a decir en su discurso de despedida que la visita "justificó nuestas esperanzas" pero que "queda mucho trabajo por hacer".
La razón de tal cambio se debió a que, aparte del tratado, la cumbre de la semana pasada no dejó ningún resultado concreto--. A pesar de que en términos de distensión entre las potencias los beneficios son indudables, todo parece indicar que la URSS estaba absolutamente dispuesta a sacar adelante otro tratado: la reducción de un 50% en el número de armas nucleares con que cuenta cada bando.

Ese objetivo había sido dejado en claro por el soviético desde el mismo momento en que salió de Moscú. En medio de una escala de dos horas en Londres, en la cual dialogó con la primera ministra inglesa, Margareth Thatcher, Gorbachov volvió a insistir en la esperanza de la gente por un mundo "sin armas nucleares". El ánimo de trabajo se notó en Washington, cuando los negociadores de ambas partes se sentaron durante largas horas para tratar de llegar a un acuerdo.

El "tatequieto" lo acabó poniendo Ronald Reagan. A pesar de que el Presidente norteamericano también ve con buenos ojos una reducción importante del arsenal nuclear, no desaprovechó la oportunidad para quejarse ante el jefe del Kremlin sobre otros temas. En particular, buena parte de las 5 charlas mantenidas por ambos personajes se dedicó a temas espinosos para la URSS, tales como el retiro de las tropas soviéticas de Afganistán y el punto de los derechos humanos en el país comunista.

Desde un comienzo, Reagan trató de demostrarle a la derecha de su país, que el hecho de haber firmado el acuerdo no implicaba que se hubiera vuelto partidario del Kremlin. Por lo tanto, cada vez que pudo, en privado o en público, el mandatario norteamericano se limitó a recordarle a su huésped asuntos que levantan ampollas.

El resultado no fue fructífero. A pesar de la presión de Reagan y de las preguntas de los periodistas, Gorbachov se limito a decir que el retiro de las tropas se haría en el término de 12 meses, tal como ya lo había expresado en otras oportunidades. Sin importarle las exigencias para que diera una fecha precisa, el soviético repitió lo mismo cada vez que fue interrogado.

Una línea similar fue la que se tuvo con el tema de los derechos humanos.
Desde hace tiempo las minorías norteamericanas y especialmente la judía, se han quejado de que la URSS no da visas de salida y encarcela a muchos de sus activistas. Con tal motivo, Washington fue el escenario de una manifestación de más de 200 mil personasj un día antes de la llegada de Gorbachov. No obstante, las protestas--traidas a colación por Reagan- no fueron suficientes para ablandar al líder comunista. Este sostuvo, que los permisos de emigración habían aumentado por 8 en el caso judío y que tan sólo unas 250 personas no podían dejar la Unión Soviética, debido a que conocían secretos militares. Pero el soviético insistió en que defectos del capitalismo tales como el desempleo, la miseria y la niñez desamparada, eran violaciones reales de los derechos humanos.

El desacuerdo radical sobre esos temas no impidió que ambos líderes se cantaran la tabla en casi todas las reuniones. Según las personas allegadas a la Casa Blanca, hubo intercambios de palabras sobre Centro América, la guerra en el golfo Pérsico y las relaciones entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, entre otras cosas.
La falta de humo blanco en esas materias impidió de alguna manera que hubiera también éxito en las conversaciones sobre desarme. No obstante, ambos mandatarios dejaron en claro en sus discursos de despedida, que en este campo el progreso había sido notable.

CORTANDO CABEZAS
Si las cosas marchan bien es probable que para la próxima cumbre --que debe ocurrir en Moscú en la próxima primavera--ya ambos lados hayan llegado a un acuerdo para recortar sus arsenales nucleares en un 50%. Aunque tal como están las cosas, la idea es aceptada tanto por el Kremlin como por la Casa Blanca, la verdadera discusión se da cuando se entra a discutir qué es lo que se corta y qué es lo que se deja. Por ejemplo, a los norteamericanos les gustaría limitar la cantidad de misiles continentales que tienen los soviéticos, los cuales constituyen el espinazo de su arsenal nuclear. En cambio, a la URSS le gustaría que los Estados Unidos restringieran los misiles que tienen en sus submarinos, ya que son difíciles de detectar y son ideales en el caso de un ataque sorpresa. En cualquiera de los casos, se estima que cada bando quedaría con unas 6 mil cabezas nucleares, más que suficientes para destruirse mutuamente --y el resto del planeta--cuantas veces quieran.

La urgencia de la URSS por buscar un acuerdo es, de alguna manera, sorpresiva para los occidentales. La presión por parte de Moscú es tanta, que aún gente allegada a la Casa Blanca reconoce que si Gorbachov no hubiera insistido tanto, el acuerdo de la semana pasada no se habría terminado tan rápido.
En opinión de varios de los especialistas, todo obedece a que el Kremlin está convencido desde hace tiempo que la carrera nuclear es estúpida. Los riesgos envueltos en caso de una conflagración son tantos y el peligro de extinción de la raza humana tan alto, que desde la época de brezhnev la cúpula militar estaría convencida de que nunca se va a tener una guerra nuclear porque, después de ésta, no habría ganadores. Por lo tanto, la estrategia consiste en buscar el desarme y a cambio reforzar los medios de guerra convencionales. Aunque por el momento el armamento del Pacto de Varsovia parece no ser el mejor, hay reportes que indican que la URSS está comenzando a mejorar la calidad de sus tanques y aviones.

Esa teoría del desarme nuclear habría recibido la bendición de Gorbachov, quien la vio como la oportunidad ideal para obtener los recursos que necesita si desea mejorar la calidad de vida del pueblo soviético. En el caso del pacto sobre los misiles de rango intermedio, analistas occidentales reconocen que ambas potencias acabarán ahorrándose dinero en el largo plazo, al eliminar gastos de personal y de manutención de instalaciones.

El análisis estaría respaldado por la urgencia de Gorbachov de sacar adelante un acuerdo. Mientras más rápido decidan las potencias recortar su arsenal, más rápido podrá el líder soviético contar con los recursos que necesita para mejorar la economía de su país.

La idea, sin embargo, cuenta con la oposición total de la derecha norteamericana, que considera que con los soviéticos es imposible hacer pactos de buena fe. Si la verificación del tratado de la semana pasada es ya dificil, ¿cómo sería? --se preguntarían algunos-la de un pacto mucho más grande y ambicioso? Habría que confiar en la buena fe del contrario y eso es demasiado para algunos anticomunistas fervientes.

Esa misma terquedad fue aplicada, en otro sentido, por el presidente Reagan la semana pasada. A pesar de estar dispuesto a oír todo tipo de propuestas, el jefe de Estado norteamericano subrayó claramente que entre las cosas "innegociables" estaba su idea sobre la "Guerra de las galaxias". Esta, consistente en colocar en el espacio sistemas de defensa que destruyen a los misiles enemigos, está todavía en etapa experimental y los resultados iniciales no son nada alentadores. Las primeras pruebas indican que habría necesidad de cientos de estaciones espaciales para poder asegurar el éxito de la idea. En cualquiera de las alternativas (rayos laser en el espacio, en la tierra, rayos X, etc.) los ensayos preliminares indican que la iniciativa es costosa y que no asegura un porcentaje elevado de éxito.

Sin embargo, eso no es obstáculo para Ronald Reagan. Tal como están las cosas el jefe de Estado norteamericano le ha dado todo su apoyo a Star wars y a pesar de las protestas de Gorbachov no ha cedido un milímetro en su posición.

EL AGENTE VIAJERO
En cambio, en lo que el Mandatario de los Estados Unidos sí cedió la semana pasada fue en la labor de cederle el escenario a Gorbachov. A lo largo de sus cuatro días en la capital norteamericana, el líder soviético hizo todo cuanto era humanamente posible para ganarse al público. Sonrisas continuas, chistes con los periodistas, y concesiones especiales con sus invitados, fueron algunas de las estrategias seguidas por el jefe del Kremlin para convencer a la audiencia televisiva de que, por lo menos este ruso, no es como lo pintan.

La cosa llegó a tal extremo que en la Casa Blanca el número uno de la URSS empezó a ser calificado corno "el agente viajero". En opinión de los asistentes a las reuniones, el encantador Mikhail que salía sonriendo en cámaras no se parecía en mucho al obstinado comunista de la mesa de negociaciones.

Claro que eso no quiere decir que Gorbachov tiene su Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En realidad y a pesar de discutir temas espinosos, el ambiente con Reagan fue cordial en todo momento.
Esa simpatía entre ambos no llegó a extenderse hasta sus esposas (ver recuadro) pero fue suficiente para que al final de la semana Reagan se volviera Ron --¿o Ronnie?-y Gorbachov, Mikhail--¿o Michka?
El clima cordial fue evidente en la cantidad de actos públicos que tuvieron lugar. La primera gran prueba tuvo lugar el martes en la noche cuando la Casa Blanca se abrió para acoger a unos 130 invitados con ocasión de una cena de corbata negra en honor de los Gorbachov. Allí estaban, entre otros, Armand Hammer (presidente de Occidental Petroleum), Matislav Rostropovich, Henry Kissinger, el predicador Billy Grham, la tenista Chris Evert y decenas más del tout USA. La cena, como es de suponer, se desarrolló entre cumplidos mutuos y entre plato y plato (salmón y langosta, ternera con champiñones, queso brie con nueces...) se habló de desarme, de Glasnost y, claro está, de gastos de defensa.

Como si la escena no fuera suficiente, la noche alcanzó su culmen cuando Raisa Gorbachov le pidió al pianista Van Cliburn (ganador del premio Tchaikovsky en Moscú en la década de los 50s) que tocara "Noches de Moscú", la cual fue cantada por Gorbachov, Dobrynin y el resto de la delegación soviética. Al final, Reagan impresionado le comentó a sus compañeros de mesa: "díganle que se quede por aquí. Puedo conseguirle algunas presentaciones".

Esa misma tónica imperó en los demás actos públicos en los que estuvo Gorbachov. Conciente de su encanto el soviético hizo lo posible por agradar a los intelectuales, a los directores de los diferentes medios y a una delegación del congreso norteamericano que lo visitó en la embajada de su país. En esa ocasión el jefe del Kremlin subrayó la necesidad de que el tratado fuera ratificado por el Senado, en donde todavía hay gente opuesta al pacto.

El esfuerzo de relaciones públicas llegó a su máximo cuando viajando con el vice presidente Bush en dirección a la Casa Blanca, Gorbachov hizo detener su limusina Zil y se bajó a saludar a los transeúntes que estaban mirando pasar la caravana. La histeria creada por el líder soviético fue increíble. Una "gordita" pecosa le comentó aceleradamente a la cámara que le parecía imposible haberlo saludado.

Ese breve roce con la gente fue tal vez el único contacto del secretario general del PCUS con lo que los gringos describen como The Real America. A pesar de todas las invitaciones y los pedidos que se le formularon, lo único que Mikhail Gorbachov vio de los Estados Unidos fue el trayecto entre la base aérea Andrews y el centro de Washington. Dentro de la capital norteamericana su círculo de acción se concentró en torno a las cuatro cuadras que separan la embajada soviética de la Casa Blanca. En ese trayecto el ilustre huésped pudo ver 11 bancos capitalistas, 6 vendedores ambulantes de perros calientes y 5 joyerías, entre ellas una de Cartier en cuyo escaparate se puede admirar un reloj de oro de 18 kilates con un precio de 11 mil dólares.

RUTA 88
Esos, a grandes rasgos, fueron los elementos de la visita que acaparó la atención del mundo. La despedida fue en la Casa Blanca cuando, bajo una lluvia pertinaz, ambos líderes expresaron su satisfacción por el resultado. A continuación, el Secretario General dio una conferencia de prensa "estilo soviético" (más de una hora de discurso y escasas preguntas) en la cual demostró que no siempre que está frente a una cámara le va bien.

Reagan, por su parte, esperó que el visitante dejara el espacio aéreo del país para salir de Washington. Irónicamente, y a pesar de no haber tenido el protagosnismo, el Presidente norteamericano fue calificado como el de mejor resultado en la cumbre. Su relativa prudencia y la manera en que presionó los temas "espinosos" le sirvieron para reencaucharse ante la opinión pública que pone en duda sus capacidades después del escándalo del Irangate.
Gorbachov, a su vez, hizo una corta escala en Alemania del este, donde le informó a los jefes de Estado de los paises del Pacto de Varsovia el resultado de la cumbre. Si había alguna duda sobre la solidez de la alianza, esta fue disipada por los sonoros besos que el soviético intercambió con Erich Honecker, hombre fuerte de la RDA.

El tono de la prensa internacional contrastó, curiosamente, con el supuesto éxito de cada líder durante la reunión. Mientras los diarios occidentales sintieron que lamentablemente el evento se quedó corto en resultados al tiempo que le daban una buena nota a Reagan, la soviética subrayó la "importancia histórica" de la cita.
Pravda, por ejemplo, le dedicó la mitad de su edición de 6 páginas a la reunión en Washington.

Si la atención sobre la cumbre duró toda la semana, ya el sábado la novedad se había terminado. Al cabo de tantas palabras y tanta prensa es indudable que este encuentro quedará registrado en la historia, pero tal vez no como el gran capítulo que algunos esperaban. La satisfacción de ambos líderes al cerrar su última conferencia fue relativamente justificada. Reagan consiguió proyectar una buena imagen e hizo que su país se portara "a la altura". Gorbachov, a su vez, pudo ganarse el favor de la opinión mundial y ayudar a disipar la desconfianza que su país produce fuera de la cortina de hierro.

Por esta vez la consecución de nuevos tratos sobre desarme quedó aplazada. Para los negociadores de ambos bandos la cita es ahora en Ginebra donde se verá si hay posibilidades de obtener un acuerdo para que el arsenal nuclear de las superpotencias se reduzca en un 50%. En caso afirmativo, la firma del tratado tendrá lugar en Moscú cuando Reagan y señora devuelvan la visita, siete meses antes de dejar la Casa Blanca.

Aun si no hay acuerdo, el viaje de la pareja norteamericana a la capital soviética se considera como un hecho.
Esa circunstancia es, en opinión de muchos observadores, suficientemente alentadora. Así sirva de consuelo, lo cierto es que la semana pasada los especialistas insistían en que, aparte de resultados tangibles, las cumbres son importantes porque, como dice una canción interpretada por Mercedes Sosa, lo definitivo aquí es "hablar mirándose a los ojos". Poético o no, lo cierto es que el remedio es bienvenido si contribuye a que este mundo consiga poco a poco alcanzar la paz. --

Septiembre de 1959.
En la prirnera visita de un líder soviético a los Estados Unidos. Krushchev y Eisenhower se reunieron en Camp David y aunque no firmaron níngún acuerdo, sentaron las bases para el desarme mundial y para el intercambio científico y cultural entre los dos paises.

Junio de 1967.
Alexeí Kosygin, quien visitó los Estados Unidos para una reunión de las Naciones Unidas sobre la guerra arabe-israeli, se reunio en Glassboro con Johnson para discutir sobre las armas nucleares, el Medio Oriente y la guerra de Viet Nam. Sentaron las bases para futuros acuerdos.

Septiembre de 1960.
Krushchev víaja a Nueva York para dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas y para pedir la renuncia del entonces secretario Dag Hammarskjold. Se produjo el famoso incidente del golpe del zapato sobre el escritorio. Como resultado de las tensiones creadas por el derribo del avión espía U-2 sobre territorio soviético Krushchev no fue invitado a reunirse cor Eisenhower.

Junio de 1973.
Nixon y Brezhnev se reunieron en Washinton, Camp David y San Clemente, California.
Acordaron tratar de fínalizar un acuerdo sobre armas en 1974 y convinieron algunos puntos concretos de las relaciones sovietico-estadounidenses.

AGUA Y A CEITE
No hay nada que hacer. A pesar de tanta sonrisa y tantas palabras empleadas para describir "el nuevo clima" de entendimiento entre las dos superpotencias, lo cierto es que poco de eso le ha llegado a las primeras damas. La razón es sencilla: Nancy y Raisa son como el agua y el aceite.

Y es que, en verdad, las hostilidades no son nuevas. Los primeros dardos se lanzaron en 1985 en la primera cumbre sucedída en Ginebra. En esa oportunidad ambas descubrieron que aparte de ser mujeres y estar casadas con hombres importantes, no tenían mucho en común.

Con semejantes antecedentes, era lógico esperar que la cosa en Washington no iba a ser fácil. Las dificultades comenzaron meses antes de la cita cuando los asistenles de una y otra trataron de ponerse de acuerdo sobre el itinerario. A las propuestas norteamericanas seguían semanas de silencio por parte de Moscú y, a menudo, propuestas de cambio supuestamente-descorteses .

Eso fue lo que pasó con uno de los eventos centrales entre la Reagan y la Gorbachova como la llaman algunos.
Sucede que Nancy había propuesto una cita para tomar el té con su contraparte sovietica el miércoles en la tarde, la cual en principio había sido aceptada en Moscú. Sin embargo, horas más tarde llegó un telex de la URSS pidiendo que el té se adelantara para las horas de la mañana, pues Raisa quería estar con su esposo en la tarde de ese miercoles, con ocasión de una reunión con los editores de los principales periodicos norteamericanos.

Los roces, sin embargo, no acabaron ahí. En el recorrido de cortesia por la Casa Blanca, hecho minutos después, Raisa prestó escasa atención a las explicaciones históricas sobre los diferentes salones y en cambio prefirió conversar con los periodistas y darles a entender que a ella no le gustaría vivir en este "museo"

Cómo si fuera poco, horas más tarde, Raisa visitó en su casa a Pamela Harriman, la viuda de un ex gobernador del estado de Nueva York quien fuera también especialista en asuntos soviticos. Allí la Gorbachova se encontró con "las más prestigiosas" mujeres norteamericanas, entre las cuales no estaba la señora Reagan. De hecho, la Harriman es una demócrata furibunda y sus relaciones con Nancy no son propiamente las mejores.

Pero si lo protagonizado-por Raisa parece suficiente, la verdad es que la soviética ya había impuesto el tono de su visita, el día anterior. El martes 8 de diciembre, la ilustre visitante "trastocó" todo el programa planeado para ella, al decidir no bajarse en las paradas que le estaban programadas y dejar con los crespos hechos a funcionarios y periodistas. Eso fue lo que le pasó al presidente de la Academia de Ciencias quien vió la a la dama sólo a través del vidrio de la limusina.

No obstante, aparte de todos sus caprichos, la impresión general que se tuvo fue la de que Raisa trató de rigurar menos que antes.

Esa circunstancia no demerita la tremenda influencia de Raisa. Tal como lo dijera el propio Gorbachov al periodista Tom Brokaw de la NBC "nosotros discutimos todo". Ese ascendiente es, de hecho, similar al de Nancy a quienes muchos consideran el poder oculto de la Casa Blanca y que, al parecer, es la defensora de los tratados de control de armas, pues está preocupada sobre el juicio que le haga la historia a su marido.

Por esa razón, es de alguna manera molesto que ambas mujeres no se entiendan, porque muchas veces el mundo de la política internacional se mueve más por la simpatía entre dos líderes, que por otras razones de peso. Lo anterior no implica, claro está, que Nancy y Raisa se vayan a "agarrar de las mechas" cuando se vean el próximo año en Moscú. De hecho, ambas se cruzaron lindos regalos. La Gorbachova recibió de su "amiga" un par de candelabros de cristal que contienen una lágrima.
Nancy en cambio, obtuvo un juego de mesa en cristal y una caja de chocolates seleccionados. Aunque este gesto debía ser suficiente para distensionar las cosas, en Washington no falta la persona que, al ver los chocolates, se preguntara si estos tendrían algún laxativo.

LA HISTORIA EUROPEA
La felicidad fue mucha, pero no total. Mientras en Washington los negociadores soviéticos y norteamericanos se felicitaban por el feliz término de las conversaciones sobre la eliminación de misiles de corto y mediano alcance, en otras partes del mundo se dejaron oir algunos gruñidos. La voz cantante de ese punto de vista fue alcanzada por el diario conservador francés Le Figaro el cual sostuvo que "una vez más, un presidente norteamericano viejo y debilitado se ha convencido de la buena voluntad del imperio soviético". Haciendo referencia a los acuerdos de Yalta entre Roosevelt y Stalin en 1945, (los cuales dividieron el viejo continente) el editorialista Alain Preyreffite se preguntó si Reagan "¿se está preparando para abandonar la otra mitad de Euyropa?"


El punto tocado por el matutino parisino volvió a alimentar el debate sobre la seguridad de Europa, después del acuerdo firmado el martes pasado. En particular, la derecha europea considera que al retirar los misiles se está eliminando el único argumento de persuación real contra una eventual invasión de Europa occidental por parte de las fuerzas militares del Pacto de Varsovia.
Claro que eso depende de quien lo diga. En primer lugar, no es cierto que Europa Occidental se haya despojado ni de todos sus misiles , ni de sus armas nucleares. En materia de proyectiles, Francia e Inglatterra conservan los suyos, los cuales no estan cobijados por el tratado de la semana pasada. Como si eso no fuera suficiente, en las bases de la OTAN, quedan cerca de 4 mil bombas nucleares como argumento de disuación ante cualquier intento de agresión soviética. Finalmente en cuestión de misiles los Estados Unidos conservan sus proyectiles de largo alcance dirigidos hacia la URSS , los cuales serían usados "si toca". Sin embargo si el argumento de la disuación nuclear no basta, todavía queda por mirar lo que pasa en el terreno de las fuerzas convencionales. Un artículo reciente, escrito por el vice almirante francés Antoine Sanguineti y publicado por Le Monde Diploatique, sostiene que, tal como están las cosas, quien tiene la ventaja es la OTAN y no el pacto de Varsovia.

Por una parte, está el punto del número de soldados. LOs "halcones" de Occidente subrayan que la URSS y sus aliados tienen 2.7 millones de personas en sus tropas, contra 1.8 millones que posee la OTAN. Esa cuenta, sin embargo, no incluye el hecho que de sus millones de soldados, los soviéticos requieren una parte importante en su frontera con China y en Vladivostok, a 10 mil kilómetros de distancia.

Yeso sin entrar todavía a mirar la cuestión del equipo militar en la que, supuestamente, la tecnología de occidente es infinitamente superior. A pesar de que, por ejemplo, en materia de tanques de guerra los países del este tienen una ventaja en proporción de cuatro a uno, Sanguinetti estima que el 81% de los vehículos del Pacto de Varsovia corresponden a modelos obsoletos, mientras que los leopardos alemanes y los M-1 norteamericanos forman parte de la tecnología más reciente.

Pero aún si en este terreno hay temor, falta ver que pasa con las armas anti tanque. Hoy en día, los cohetes de este tipo tienen un "indice de exito" del 95% y teniendo en cuneta que la proporción de armas anti tanques de la OTAN es de 10 por cada vehículo de los países del este, queda claro que no hay que preocuparse.

El juicio es el mismo en el caso de la aviación. Sanguinetti sostiene que 140 de los 160 bombarderos de rango largo de la URSS son aun de élice y vuelan por debajo de la velocodad del sonido. En materia de cazas, todo indica que los MIG no son superiores ni a los Harrier ingleses, ni a los F-6 norteaméricanos. Los pilotos del Pacto de Varsovia vuelan 5 horas por mes, 4 veces menos que los occidentales.

Con semejante equilibriuo de fuerzas en tre la OTAN y el Pacto de Varsovia incluso se podría hablar de ventaja de Occidente vale la pena preguntarse a que viene tanta histeria. Sanguinetti opina que esta es alimentada por el aparato industrial de las empresas que viven de los gastos de defensa. Las cifras en juego son tan grandes que hay una permanente presión para convencer a la opinión pública sobre peligros aparentemente inexistentes.

EDICIÓN 1861

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