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| 6/15/2013 4:00:00 AM

El ‘gran hermano’ sí existe

Las revelaciones de que Washington monitorea las comunicaciones de todos abrió el dilema entre seguridad y privacidad.

Hace 64 años, George Orwell le anticipó al mundo algo semejante a lo que está ocurriendo en Estados Unidos. El 8 de junio de 1949, cuando salió a la venta su novela 1984, el escritor británico causó revuelo con la historia de un régimen encabezado por el llamado Gran Hermano, que por intermedio del Ministerio de la Verdad vigilaba de día y de noche a los funcionarios y a los ciudadanos. 

Ahora el libro se ha vuelto a poner de moda –sus ventas en Amazon son colosales–, todo como consecuencia de que en los últimos días ha trascendido que la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (NSA por su sigla en inglés) tiene acceso al registro de las conversaciones telefónicas de la gente, así como a las páginas que abre y a las transacciones que lleva a cabo por internet. Un escándalo.

La chispa se produjo hace más de una semana en las páginas de The Guardian. El diario británico publicó una noticia según la cual, por orden de la Corte Internacional de Inteligencia y Vigilancia, un tribunal secreto creado después de los atentados en Manhattan, la empresa Verizon le estaba entregando por tres meses a la NSA el registro de las llamadas de sus 121 millones de clientes. La información no contenía únicamente los números telefónicos, sino también la ubicación de quien marcaba el teléfono y del destinatario de la comunicación.

Quién dijo miedo. Dada la violación a la privacidad, y dado que los norteamericanos no estaban enterados del asunto, muchos pusieron el grito en el cielo. El exvicepresidente demócrata Al Gore dijo que se trataba de algo “escandalosamente indignante”, la Asociación Estadounidense de Libertades Civiles demandó al gobierno y la página web Politico, la mejor en su género en Estados Unidos, se burló del presidente Barack Obama con un titular que preguntaba: ‘¿Es este el cuarto periodo presidencial de George W. Bush?’. Pero la Casa Blanca mantuvo la calma y un portavoz advirtió que de no ser por ese programa de vigilancia habría habido más atentados en el territorio gringo. 

Cuando las aguas parecían volver lentamente a su curso, el 5 de junio The Guardian arremetió de nuevo, en esta ocasión acompañado por The Washington Post. La denuncia fue aún más grave. El caso tenía que ver con que la NSA, gracias a una iniciativa bautizada como Prism, puede recabar todos los datos de los servidores de compañías como Google, Facebook, Skype, YouTube, Microsoft, Apple y PalTalk. 

¿Qué significa eso? Que las autoridades estadounidenses saben qué páginas busca alguien por Google, si ve películas porno o novelas de amor, qué sabor de pizza pide a domicilio, si tiene amante o no, qué compra con la tarjeta de crédito, qué religión profesa y de qué habla con los amigos o los familiares por internet. Es decir, le conocen la vida privada, y eso tiene serios inconvenientes.

Explica The Economist: “Si, por ejemplo, alguien es sospechoso de un crimen y no lo ha cometido, un detective que sepa de las infidelidades de esa persona puede forzarla a firmar una confesión”. Pero, ¿qué respondió el gobierno? Lo obvio: que todo era verdad, y que Prism era un éxito. Lo dijo James Clapper, el director de Inteligencia Nacional.

Al día siguiente la historia dio otro giro. La fuente que les filtró los datos a The Guardian y The Washington Post decidió revelar su identidad y dar una entrevista en Hong Kong, donde pretende quedarse aunque lo más probable es que fracase en el intento. Su nombre es Edward Snowden, tiene 29 años y trabaja para la consultora privada de seguridad Booz Allen. 

Creció en Carolina del Norte, quiso entrar al Ejército pero la fractura de sus piernas le impidió seguir adelante y se vinculó a la CIA en el estado de Maryland. “La NSA ha diseñado una infraestructura que puede interceptar casi todo”, dijo en un video en el cual se le ve frío y sensato. “Si quiero leer un ‘e-mail’ o saber el teléfono de la esposa de alguien, la tarjeta de crédito o la lista de llamadas telefónicas, es fácil”, agregó. Y luego dio una justificación de su actitud: “No quiero vivir en un mundo que vigila todo”.

Dicho eso, el gobierno volvió a salir al quite. El director del FBI, Robert Mueller, dijo el jueves ante el Comité Judicial de la Cámara de Representantes que “de haber existido este programa de registro de llamadas se habría podido impedir el 11 de septiembre y se podría evitar un nuevo atentado como el de Boston”. 

El alto funcionario dijo que el colapso de las Torres Gemelas no habría tenido lugar si, pocas horas antes, las autoridades hubieran logrado interceptar una llamada a Yemen hecha desde California por Khalid al Midhar. También señaló que la ubicación y muerte por la Policía en la Florida de Ibragim Todashev, un amigo de los hermanos Tsarnaev, responsables de las bombas en el maratón, se consiguieron gracias a los registros de llamadas en poder de los agentes.

La nuez del asunto es que lo que ha pasado es perfectamente legal. Cobijadas por la Patriot Act (Ley Patriota en español), aprobada en octubre de 2001 y refrendada a finales del pasado mes de diciembre, las autoridades han actuado dentro del marco jurídico del país. 

La pregunta, como le dijo a SEMANA Juan Carlos Hidalgo, analista del Cato Institute, uno de los think tanks más poderosos de Washington, “no es si todo se ajusta a la ley, sino hasta dónde llega el programa de vigilancia, tal como habían advertido los defensores de los derechos civiles”. O, como editorializó The New York Times, “si es posible diseñar un sistema menos invasivo para los ciudadanos” e informarlos mejor porque “en una democracia la gente debe saber las técnicas de espionaje utilizadas por el gobierno, y su duración”.

El lío es encontrar el equilibrio entre libertad y seguridad. Porque a veces la respuesta de los servicios de inteligencia es desproporcionada con respecto a la amenaza. Y a veces esa respuesta es torpe. En el caso estadounidense, más de 1.900 empresas consultoras en seguridad tienen acceso a información sensible como Snowden. ¿Cómo se puede, entonces, mantener un secreto? Es imposible.

En cualquier caso, lo llamativo de todo este episodio es que, según una encuesta de The Washington Post y el Pew Research Center, más del 50 por ciento de los norteamericanos está de acuerdo con darles prelación a programas como Prism por encima de su propia privacidad. Es decir, está de acuerdo con que poco a poco serán vigilados por un Gran Hermano similar al de Orwell y con que, poco a poco, en pleno siglo XXI, se acercarán más y más a la realidad inquietante y miedosa de 1984.

Mártir o villano

Para algunos es un héroe, para otros es un hombre que debe ir a parar a la cárcel por revelar secretos de los servicios de inteligencia Edward Snowden, el soplón que les dio la información a The Guardian y The Washington Post, nació el 21 de junio de 1983 y fue criado en el estado de Carolina del Norte. No terminó el bachillerato y trató de enlistarse en el Ejército, pero se rompió las dos piernas. 

Decepcionado, se vinculó a los organismos secretos oficiales en la Universidad de Maryland, cerca de Washington, pero luego se unió a compañías privadas de servicios de seguridad, como Booz Allen. Se sabe que en 2009 trabajó fugazmente en Japón y que alguna vez dio dinero para la campaña de un candidato del ultraderechistaTea Party. 

Últimamente vivía cómodamente en Hawái con su novia, recibía un salario de 200.000 dólares anuales, considerado muy alto para su experiencia y parecía tener todo resuelto. En las entrevistas suena sensato, pero ha sido inestable. Ahora enfrentará a la Justicia estadounidense, que buscará sacarlo de Hong Kong y sentarlo en el banquillo de los acusados. 
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