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| 4/28/2012 12:00:00 AM

El horror encarcelado

La condena internacional contra el liberiano Charles Taylor, la primera en la historia contra un expresidente, es una lección para el mundo.

"Hoy somos libres. Hoy voy a dormir bien. Hoy podemos olvidar, incluso si nunca perdonaremos", le dijo Ibrahim Sawanah, una de las miles de víctimas de Charles Taylor, al diario The Guardian. Estaba viendo por televisión la cara impávida de su victimario, el expresidente de Liberia, a quien acababan de declarar culpable de crímenes de guerra en Sierra Leona. Es la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que un jefe de Estado es condenado por un tribunal internacional.

El tribunal consideró que Taylor es cómplice de las atrocidades de los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (FRU) en Sierra Leona. Entre 1991 y 2002 la guerra civil dejó 150.000 muertos, 2 millones de desplazados y miles de amputados en este pequeño país de África occidental, vecino de Liberia. Los tres magistrados del Tribunal Especial para Sierra Leona pusieron así fin a un proceso de cinco años por el que desfilaron 115 testigos.

 El desafío era relacionar las atrocidades del FRU con Taylor. No había documentos escritos, ni órdenes oficiales y ni Taylor ni su ejército pisaron alguna vez Sierra Leona. Pero gracias a interceptaciones telefónicas, declaraciones y registros bancarios, quedó claro que Taylor apoyó, financió y se benefició del conflicto. Cambió armas y municiones por diamantes que fueron despojados con asesinatos, esclavitud y violaciones. Sin embargo, a pesar de la influencia de Taylor sobre el FRU, la Fiscalía no logró demostrar que tuvo mando directo sobre esa organización.

En la sala del tribunal en La Haya, Holanda, se escucharon relatos del horror cotidiano que aplastó el país: cabezas clavadas sobre estacas; intestinos atravesados en las carreteras; niños reclutados, marcados con las iniciales del FRU para que no escaparan, y miles de víctimas de mutilaciones sistemáticas. En el juicio también intervino la supermodelo Naomi Campbell, que contó cómo en 1997, en una cena en Sudáfrica, Taylor le regaló un inmenso diamante. Así se demostró que Taylor mintió cuando dijo que nunca tuvo diamantes en bruto.

Aunque la condena solo fue por crímenes en Sierra Leona, Liberia tiene su propia crónica de horrores en la que Taylor también es protagonista. Siendo ministro en los años ochenta fue acusado de corrupción, huyó y volvió como jefe de guerra en 1989, al mando del Frente Nacional Patriótico. Por cerca de 14 años Liberia no descansó y padeció las mismas atrocidades que Sierra Leona. El conflicto mató a 250.000 personas y dejó traumáticos recuerdos.

Desafiante, histriónico, carismático y miembro de una familia de las que llegaron de Estados Unidos cuando fue fundado el país en el siglo XIX, el personaje llegó a la Presidencia en 1997. Uno de los grotescos lemas de su campaña era "mató a mi padre, mató a mi madre, voy a votar por él". Predicador cristiano, se vestía de blanco mientras decía que a "Jesús también lo acusaron de asesino". En 2003 abandonó el cargo y se exilió en Nigeria. A pesar de una orden de arresto internacional, solo lograron capturarlo en 2006, cuando trataba de huir en un carro diplomático con un maleta repleta de dólares.
En las calles de Sierra Leona y de Liberia, miles de personas estaban a la expectativa del veredicto, pero no lo acogieron de la misma manera. Para muchos sierraleoneses, aunque la condena llega tarde, es un respiro. Pero en Monrovia, la capital de Liberia, muchos aún llaman al condenado "el Mesías Taylor". En las calles, varios salieron a protestar y muchos coinciden en que si vuelve, a pesar de su sangriento prontuario, podría ser reelegido. Lo consideran un héroe y, además, dicen que otros criminales de guerra andan libres mientras a él le cayó todo el peso de la ley.

Los abogados de Taylor compartieron ese argumento. No entienden por qué tiene que responder por crímenes que ni él ni sus hombres cometieron y que además fueron cometidos en otro país. "Según esa lógica, habría que condenar a Estados Unidos por apoyar a los Contras en Nicaragua en los ochenta", dijo uno de ellos.

Varias organizaciones de derechos humanos y ONG coincidieron con las declaraciones de Brenda Hollis, la fiscal, que dijo que "este juicio refuerza una nueva realidad. El liderazgo no es solo poder y autoridad, sino también responsabilidad. Nadie, no importa qué tan poderoso sea, está por encima de la ley". Un mensaje que debería ser escuchado por muchos expresidentes y no solo en África.
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