Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1989/06/05 00:00

EL IDIOTA UTIL

Declarado culpable Oliver North, quedan interrogantes sobre la moralidad de los políticos gringos.

EL IDIOTA UTIL


En la tarde del jueves 25, el juez Gerhard Gesell leyó el veredicto del jurado ante una sala repleta de espectadores. En el sitio de los acusados el coronel Oliver North parecía más sereno que los 13 miembros del jurado, ninguno de los cuales parecía dispuesto a mirarle a la cara. Incluso una de las mujeres del grupo dejó escapar unos cuantos sollozos mientras el magistrado terminaba la lectura. El militar condecorado en Vietnam y descrito por Ronald Reagan como adalid de la libertad, había sido encontrado culpable de 3 de los 12 cargos que se le imputaban. El hombre que unos meses antes había galvanizado a su favor a la sociedad norteamericana, por sus declaraciones ante el congreso, podría ser condenado hasta a 10 años de prisión y US$750 mil de multa.

El proceso tuvo su origen en las irregularidades cometidas en la Casa Blanca cuando en 1985, el gobierno de Ronald Reagan enfrentó la prohibicion del congreso de proporcionar armas a los contras de Nicaragua. North, que era el segundo de a bordo del Consejo Nacional de Seguridad, manejó junto con su jefe el almirante John Pondexter, un complicado esquema (dirigido a burlar la prohibición parlamentaria) que se basaba en la venta de armas a Irán para que los fondos obtenidos sirvieran para ayudar a los contrarrevolucionarios nicaragüenses. El escándalo que se suscitó puso en tela de juicio la permanencia de Reagan en el poder y aún encierra múltiples interrogantes sobre la conducta, no sólo del presidente, sino de su sucesor el entonces vicepresidente George Bush.

North fue encontrado culpable de tres cargos: primero, recibir en forma ilegal un "regalo" de uno de los comerciantes en armas involucrados. El obsequio era un sistema de seguridad para su casa de Virginia, que costaba US$13.800. Segundo, haber contribuido a desinformar al congreso en noviembre de 1986, cuando creó una cronología falsa de los acontecimientos con el propósito, no mencionado en el juzgamiento, de encubrir a sus jefes. El tercero, destruir, ocultar y alterar documentos del Consejo Nacional de Seguridad. En cambio. el veredicto dejó por fuera 9 acusaciones más que incluían tanto mentiras que North habría dicho al congreso y a una investigación presidencial, como el haber recibido más de US$90 mil de manos del dirigente "contra" Adolfo Calero y el haber conspirado para defraudar al Tesoro y al Servicio de Rentas de los Estados Unidos.

Mientras los analistas políticos estadounidenses comenzaban a hacer cábalas sobre la posibilidad de que el gobierno de George Bush declare un perdón judicial quedaba claro en el ambiente que el fallo había sido una especie de empate. Por un lado, quienes consideraban que el coronel North había sido el idiota útil de una conspiración urdida desde los altos niveles de la presidencia, Bush y Reagan incluidos, debieron recibir con beneplácito que el jurado fue relativamente benévolo con el chivo expiatorio. Se trataría de un éxito relativo de la defensa de North que buscó por todos los medios de demostrar que su cliente había obrado bajo órdenes (que el mismo Reagan debía conocer), pero tropezó con la negativa de sus antiguos jefes a comparecer y con muchos documentos que fueron declarados secretos por razones de seguridad nacional, sin contar con que los mismos papeles que destruyó contenían las supuestas pruebas de su afirmación .

En el lado contrario, quienes pensaban que North había abusado de su posición para convertir a la presidencia en un rey de burlas, con el oscuro propósito de luchar contra el comunismo internacional, también pudieron quedar satisfechos. Al fin y al cabo, de confirmarse el fallo, North no sólo debería enfrentar una condena, sino también perder sus honores como marine y hasta su pensión militar.

Sobre los cargos que condenaron a muy pocos se escapó que el primero, el de recibir un regalo consistente en un sistema de seguridad resultaba completamente inocuo, sobre todo si se considera que el buen coronel se encontraba en esa. época en tratos con personajes de la talla del ayatollah Khomeini. Los otros cargos, podrían también justificarse en la medida en que las operaciones secretas no son precisamente como para ventilarse en público. Sólo que en este caso, la quema y destrucción de documentos no se hizo porque los enemigos estuvieran tumbando la puerta, sino ante una investigación oficial del propio congreso de los Estados Unidos.

Lo que algunos observadores han adelantado es que resulta curioso que la mayoría de los cargos exonerados se referían a mentiras atribuidas a North. Incluso la falsa cronología que North entregó al congreso no fue considerada con la denominación más severa -obstrucción al congreso- sino simplemente como una contribución a esa obstrucción. Tal parece que los jurados -que habían sido escogidos con gran dificultad para que llenaran el requisito de no saber nada del caso- reflejaron la impresión creciente entre los norteamericanos de que los políticos mienten mucho y pensaron que no resultaría justo elevar en el caso de North la mentira al nivel de delito. Esa impresión se hace más fuerte en la medida en que todas las falsedades por las que fue exonerado, están suficientemente documentada en el juicio y en los medios de comunicación. En ese sentido, muchos consideraron que, consciente o inconscientemente, esos trece ciudadanos de color le dieron razón a quienes pensaban que detrás del juicio había más aspectos políticos que legales.

Mientras tanto, quedan sobre el tapete las actuaciones de Ronald Reagan y de George Bush. Del primero se considera que era imposible que no supiera nada de una operación de la magnitud y trascendencia, orquestada desde el propio sótano de la Casa Blanca. Se ha publicado además que el presidente dijo en ese entonces que la operación debería ser llevada a cabo con el máximo sigilo, porque de ser descubierta "nos colgarían a todos de los pulgares". George Bush, por su parte, ha negado, con su palabra de honor de presidente de por medio, su participación y ha afirmado que el viaje que hizo a Honduras, para entrevistarse con el presidente Roberto Suazo Córdoba, no tuvo nada que ver con la solicitud de que este país se prestara como base a los contras.

Una afirmación que parece desvirtuarse con cada día que pasa, pues se ha sabido públicamente que al día siguiente de esa entrevista, que tuvo lugar en 1985, ingresaron al erario hondureño US$90 millones provenientes de Estados Unidos. Demasiada coincidencia, dirán algunos.--

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