Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2008/08/16 00:00

El imperio contrataca

Al invadir a Georgia, Moscú demostró que está dispuesta a ir a la guerra para reclamar su influencia.

Soldados georgianos huyen de un tanque incendiado en la autopista que conduce a Tiflis, la capital, desde Gori, hasta donde llegó la ofensiva rusa, el miércoles 11

En el calendario de este año, agosto estaba reservado como el mes en que China, gracias a los Juegos Olímpicos de Beijing, exhibiría su promovido 'ascenso pacífico' como poder emergente. Pero también será recordado como el mes en que Rusia lanzó una guerra para demostrar que es la heredera de una de las dos superpotencias de la Guerra Fría y que se acabaron los tiempos en que estaba dispuesta a ceder su influencia.

El primer ministro, Vladimir Putin, que sin duda es el hombre fuerte de Rusia a pesar de haber cedido nominalmente la Presidencia a Dimitri Medvedev, saltó de la ceremonia de inauguración de las justas a ponerse al frente de la contundente operación militar que el Kremlin lanzó como respuesta al asalto de Georgia contra los independentistas en Osetia del sur. Al cierre de esta edición, a pesar del dudoso alto al fuego y la condena de Occidente, Rusia todavía se resistía a replegarse y sus tropas realizaban incursiones en el interior de Georgia, fuera de los límites de las dos regiones separatistas georgianas que el Kremlin ha apoyado -la otra es Abjasia-.

La violencia se desencadenó el jueves 7 en la noche, cuando tropas georgianas irrumpieron en el territorio de Osetia del sur, un enclave que desde la disolución de la Unión Soviética ha gozado de una independencia de facto animada por la intención de reintegrarse a Rusia. Los rusos reaccionaron con una celeridad que hizo sospechar que estaban a la espera, pulverizaron a sus adversarios y recorrieron a su antojo el territorio georgiano. Su aplastante victoria militar tendrá consecuencias muy profundas. Porque lo que estaba en juego no eran sólo dos pequeñas provincias con aspiraciones de independencia, sino el regreso de Rusia, de la mano de Putin, como actor de primer nivel en el escenario mundial, tras el período de humillaciones que siguió al colapso del bloque comunista.

Ese regreso pasa por la preservación de su área de influencia, un campo en el cual Moscú se ha encontrado con una agresiva política de Occidente.  En el curso de los últimos años, la Otan se extendió a los países bálticos que fueron miembros de la Unión Soviética; Washington apoyó abiertamente las 'revoluciones de colores' que instalaron a líderes prooccidentales en Ucrania y Georgia -también ex repúblicas soviéticas con aspiraciones de ingreso a la OTAN-, y la sensación de cerco creció aun más cuando el gobierno de George W. Bush, con el pretexto de defenderse de la supuesta amenaza de Irán, anunció que construiría un sistema de defensa misilística con bases en Polonia y la República Checa. Hay un dato diciente. Durante la Guerra Fría, San Petersburgo se encontraba a casi 2.000 kilómetros de cualquier país de la Otan. Hoy, con la entrada a ésta de los países bálticos, está a menos de 100. Y la copa se acabó de llenar en los Balcanes, donde este año también se ignoraron las objeciones rusas sobre la independencia de Kosovo, en detrimento de Serbia, su aliado histórico.

En el Cáucaso tenía que ser a otro precio. En el raciocinio del Kremlin, si Kosovo se podía declarar independiente bajo el apoyo de Occidente, entonces Osetia del Sur y Abjasia podían hacerlo con el apoyo de Rusia, que tiene fuerzas de paz en ambas regiones a pesar de ser un actor en los conflictos. No en vano Moscú habló de genocidio y limpieza étnica de parte de los soldados georgianos, en clara alusión a lo ocurrido en la ex Yugoslavia. Con el agravante de que muchos de los osetios tienen pasaporte ruso, el gran argumento del Kremlin para justificar su intervención y, de paso, dejar claro que podría hacer algo similar por los millones de ciudadanos rusos en otras ex repúblicas soviéticas.

Desde hace tiempo se habla de que gracias a la bonanza del petróleo, el oso ruso está despertando de su hibernación poscomunista bajo el mando de Putin, ese ex agente de la KGB que alguna vez dijo: "la caída de la Unión Soviética fue el peor cataclismo geopolítico del siglo XX". Ya había rugido, con fastuosos desfiles militares que evocaban con sus uniformes de gala no sólo el pasado soviético, sino el imperial. Durante los últimos años, el Kremlin ha tratado de hacer oír su voz en la política internacional. De varias maneras le ha hecho entender a Occidente que no puede tratarlo como a cualquier poder regional, pues es el país más grande del mundo (con fronteras en Asia Central, China, Japón, Alaska, Europa y Oriente Medio), tiene una enorme riqueza en recursos energéticos (de los que Europa es dependiente), silla permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU (con derecho a veto) y también en el G-8. Pero fue en Georgia donde el oso dejó claro que está dispuesto a salir de cacería.

Washington pareció haberse dado cuenta tardíamente de la gravedad de los hechos en un país que, como Georgia, es su aliado incondicional en esa región y por donde pasa el único oleoducto de Asia Central que de una u otra manera no está bajo el control ruso. Mientras Putin regresaba de Beijing para ponerse al frente del teatro de operaciones en el Cáucaso, el presidente George W. Bush veía al equipo estadounidense de volley playa. Y la reacción de Estados Unidos se quedó en el campo de la retórica. "Rusia está poniendo en peligro todos los esfuerzos hechos estos años para integrarse en las estructuras diplomáticas, económicas, políticas y de seguridad del siglo XXI", dijo el texano el miércoles, casi una semana después del estallido de las primeras bombas. La jefa de la política exterior, Condoleezza Rice, llegó a final de semana a Tiflis, y a través de su Ejército, Washington envió esta semana ayuda humanitaria que Mijail Saakashvili, el presidente georgiano, trató infructuosamente de interpretar como apoyo militar.

Si lo que quería Putin era enviar una señal a su área de influencia, lo logró, como lo reconoció el secretario estadounidense de Defensa, Robert Gates, quien dijo que la acción "es un mensaje a todos los antiguos países del imperio soviético contra cualquier intento de profundizar su vinculación a Occidente". Y el acosado Saakashvili terminó de confirmarlo en The Washington Post, cuando escribió: "Yo he arraigado el destino de mi país en la retórica de Occidente sobre democracia y libertad. Mientras los georgianos son atacados, debemos preguntar: ¿si Occidente no está con nosotros, con quién está? ¿Si la línea no se dibuja ahora, cuándo será dibujada? No podemos permitir que Georgia se convierta en la primera víctima de un nuevo orden mundial imaginado por Moscú". En su opinión, después de Georgia caerán Ucrania y los países bálticos.

Para varios observadores, el cambio en el balance de poder en la región ocurrió hace ya algún tiempo, y Moscú sólo estaba esperando el momento para declararlo con un golpe contundente. Las motivaciones de Georgia para lanzar la ofensiva que originó todo aún no son claras, pero no es descabellado afirmar que Saakashvili creyó que contaría con el respaldo militar de Estados Unidos, país que entrenaba sus desmanteladas Fuerzas Armadas. Y de la rapidez y la contundencia de la respuesta se puede deducir que Rusia estaba esperando la chispa que encendiera el polvorín y tenía el guión preparado. Evidentemente, aprovechó que Estados Unidos está empantanado en Irak y Afganistán y no podía reaccionar.

Por supuesto, ni Putin ni Medvedev aspiran a restablecer la Unión Soviética, pero sí su esfera de influencia. Para eso tienen que recuperar la credibilidad de su Ejército y hacer contrapeso al apoyo occidental, o por lo menos dejar en evidencia sus límites. En Georgia consiguieron ambos objetivos.

El mensaje es especialmente preocupante para Ucrania, que se debate entre fuerzas prooccidentales y prorrusas y que no está en la Unión Europea ni en la Otan, a diferencia de los países bálticos. La situación podría acelerar o suspender su acceso a la alianza atlántica, y en cualquier caso su posición seguirá siendo tensa. Como bien apuntaba un análisis de The Washington Post, "hay una lección en todas partes. A las antiguas repúblicas soviéticas: recuerden su geografía. A la Otan: ¿todavía quieren incorporar 'vendettas' caucásicas en su alianza? A Tiflis: ¿quieren conservar a un presidente que les trajo esto? A Washington: ¿La voz de Rusia todavía cuenta? Guste o no, cuenta bastante".

La pregunta en la prensa occidental es cómo contener a Putin. Pero, como explicó a SEMANA Carlos Taibo, experto español en política internacional y autor de Rusia en la era de Putin, en Moscú se hacen la pregunta contraria: ¿Como contener a Estados Unidos? "Rusia legítimamente se siente como una potencia acosada que experimenta actitudes de presión prácticamente en todas sus fronteras y que tiene que responder de una manera u otra a esa presión externa", asegura.

¿Qué va a ocurrir ahora con las dos provincias separatistas de Georgia? "No creo que la situación cambie mucho, aunque dependerá parcialmente de si las fuerzas de paz rusas son reemplazadas por fuerzas internacionales. De otra manera Rusia no las reconocerá formalmente, pues su interés es mantener los conflictos en suspenso como una influencia útil en Georgia", dijo a SEMANA George Tarkhan-Mouravi, director del Institute for Policy Studies en ese país.

Mucho se ha escrito sobre las opciones de respuesta de las potencias occidentales. Podrían excluir a Rusia del G-8, una posibilidad que obtuvo el apoyo del candidato republicano John McCain. También se puede impedir su entrada a la Organización Mundial del Comercio o incluso, como ya se propone, boicotear los juegos olímpicos de invierno de 2014 en Sochi, un balneario ruso en el mar Negro, a escasos kilómetros de Georgia. A estas alturas, las consecuencias son imprevisibles, pero lo cierto es que el mundo tendrá que acostumbrarse a lidiar con una Rusia que se siente de nuevo poderosa y que todavía puede jugar sus cartas en situaciones clave como la crisis nuclear en Irán. Su voz, para bien o para mal, tiene que ser escuchada con mayor atención.

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