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| 2/26/2001 12:00:00 AM

El imperio del miedo

El terrorismo es una de las grandes amenazas para la seguridad mundial en el siglo que comienza.

Nadie es inmune, ya sea que viaje en el subterráneo de Tokio o en un autobús en Tel Aviv; que pasee mirando los escaparates de las tiendas en Londres o camine por las calles de Moscú; que preste servicio en Arabia Saudita o vaya a su trabajo en Oklahoma City, el terrorismo se ha vuelto un destructor de todos por igual que no respeta fronteras”. Con estas palabras se refería el presidente de Estados Unidos Bill Clinton en 1996 al fenómeno del terrorismo internacional, al reconocerlo como uno de los mayores peligros para la seguridad mundial. Y no es para menos. Según el Departamento de Estado, entre 1998 y 1999 hubo en el mundo más de 600 actos terroristas que mataron a 900 personas e hirieron a más de 6.500.

Detrás de estos hechos están más de 28 grandes organizaciones dedicadas a infundir el terror en el planeta. A pesar de los esfuerzos de los gobiernos y de los organismos multilaterales por combatirlos se han venido fortaleciendo militar, financiera y tecnológicamente en los últimos 10 años. Incorporando lo mejor de la tecnología y las telecomunicaciones y acudiendo a fuentes de financiación como el tráfico de armas o de drogas, las organizaciones terroristas se están convirtiendo en multinacionales del crimen organizado. Igualmente, sus estructuras y objetivos continúan desbordando las fronteras de sus países de origen. “No es lo mismo volar un puente en un país africano que provocar una explosión en Nueva York. No se trata de que la vida de las personas valga más o menos, la mente del terrorista sólo piensa en que en el segundo caso su acción es más exitosa porque va dirigida contra la nación más poderosa del mundo. Además de descubrir su vulnerabilidad, tendrá el despliegue de los medios internacionales”, dijo a SEMANA Juan Belikow, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Buenos Aires.

Uno de los interrogantes que suscita el terrorismo de cara al nuevo milenio es si los países democráticos son más vulnerables a él y por qué. Según Fernando Reinares, profesor de ciencia política de la Universidad de Burgos, (España), “las democracias liberales son más vulnerables porque existe un amplio catálogo de derechos que asisten a la población, incluyendo a los terroristas. Sin embargo no deja de ser preocupante que mientras el Consejo de Seguridad de la ONU o el Parlamento Europeo discuten herramientas jurídicas y políticas contra el terrorismo, hay cientos de grupos recibiendo millones de dólares, instrucción y armas en Asia o Medio Oriente. En esa medida el terrorismo ha dejado de ser un problema ‘occidental’ para convertirse en mundial, independientemente del régimen político”.



¿Terror para que?

Según la tradicional definición del Departamento de Estado de Estados Unidos se conoce como terrorismo a todas las formas de violencia premeditada (por móviles políticos, económicos, religiosos, etc.) perpetradas contra objetivos no combatientes por parte de agentes subnacionales o clandestinos cuya intención, por lo regular, es difundir el miedo. Para Reinares el terrorismo tiene cuatro efectos inmediatos: “El primero, es que se trata de una violación de los derechos fundamentales; el segundo, es que impide el ejercicio de las libertades; el tercero, altera las instituciones, y, por último, perturba a la sociedad civil”.

Usualmente se distinguen dos clases de terrorismo: una que se justifica en las luchas nacionalistas-separatistas en defensa de minorías étnicas, políticas o culturales que se oponen a la dominación extranjera, como el Hamas (Movimiento de Resistencia Islámica) en Israel y ETA (Patria Vasca y Libertad, según su sigla en vascuense), en España; la segunda es el terrorismo apoyado en la ideología política, sea de izquierda, como las Brigadas Rojas en Italia, el Ejército Rojo Japonés, o de derecha, como el Grupo Militar Alemán Deportista Hoffman y los Guerreros de Cristo Rey en España. Dentro de los últimos se incluye una subdivisión que cobija a los grupos terroristas cuya ideología se basa en la religión y por lo regular son de corte fundamentalista, como la Hermandad Musulmana del Medio Oriente.

Además de estas formas tradicionales de terrorismo el mundo ha conocido grupos ambientalistas, fanáticos de fútbol o ultranacionalistas que acuden a la violencia. Hoy en día cualquier persona puede convertirse en terrorista, y no necesariamente por estar bajo la influencia de grupos ya conformados o líderes reconocidos. Según Belikow, “cualquier individuo puede caer en la ‘tentación’ por múltiples causas: un despido injustificado, un desequilibrio mental producto del excesivo estrés etcétera. A eso hay que sumar que cada día es más fácil comprar armas o fabricar bombas caseras en cuestión de minutos. En Internet hay cientos de recetas para terroristas ‘aficionados”.



Todos contra todos

Fue durante la segunda mitad del siglo XX que el mundo presenció el ascenso del terrorismo como fenómeno internacional. El secuestro y asesinato de 11 deportistas israelíes en las olimpíadas de Munich en 1972 a manos de un grupo extremista palestino, la toma de rehenes en la embajada norteamericana en Teherán en 1979 por estudiantes fanáticos iraníes y la explosión de un avión de Pan Am que cubría la ruta Londres-Nueva York en 1988 fueron algunos de los actos terroristas que más impactaron. Si bien es cierto que desde finales de los 60 ya existían organizaciones terroristas como ETA en España o el IRA (Ejército Republicano Irlandés) en Irlanda del Norte, fueron los actos realizados por los terroristas provenientes de países del Medio Oriente, como Libia, Siria e Irán, los que mayor impacto produjeron, no solamente por estar dirigidos contra potencias como Estados Unidos sino porque evidenciaron que el terrorismo se estaba convirtiendo en más que un medio de protesta de las luchas separatistas: se trataba de un fenómeno internacional con múltiples objetivos y mecanismos de acción, un medio para librar una guerra entre los epicentros del poder capitalista y los líderes islámicos. Pero con el fin del mundo bipolar y los nuevos vientos en el orden internacional, el terrorismo comenzó a tomar nuevos rumbos.

Según Reinoso, “el terrorismo contemporáneo, practicado por organizaciones clandestinas, viene de los años 60. A partir de los 90 registra variaciones que reconfiguran sus redes. Ahora tenemos grupos menos jerarquizados que en los 70 y 80, con estructuras más amorfas, lo cual los hace menos vulnerables a la respuesta estatal. El ejemplo son los grupos neonazis o de extrema derecha en Alemania”.

Del mismo modo, los grupos terroristas han adoptado nuevos métodos que han despertado la indignación mundial, como las armas químicas y biológicas. Uno de los casos es el de una secta japonesa que utilizó gas sarín en el metro de Tokio en 1995 con saldo de 12 personas muertas y más de 4.000 intoxicadas. Sin embargo los expertos consideran que las armas convencionales y los explosivos seguirán siendo los preferidos por los terroristas, pues el manejo de gases y bacterias como VX, sarín o botulina requieren cierto nivel de conocimientos y son armas de destrucción masiva que se adaptan más a los fines de sectas o sicópatas que a los de grupos nacionalistas o separatistas con objetivos más definidos.



¿Que espera al mundo?

Hay dos grandes razones que ayudan a entender el fortalecimiento del terrorismo en los últimos 10 años: una es el final de la Guerra Fría que dejó en el mercado negro gran cantidad de armas de las antiguas potencias del Este; otra es que la democracia y el capitalismo tienen cada vez más enemigos. “Ese desencanto no sólo cuestiona al estado liberal burgués sino que ha llevado a muchos a creer que la única salida es su aniquilación. En un mundo cada vez más anárquico y sin ideologías, no es extraño que los jóvenes se entreguen a las sectas o que los grupos terroristas hayan reclutado más adeptos en los últimos 10 años que en las dos décadas pasadas”, sostiene Belikow.

Para los expertos el terrorismo del nuevo siglo tendrá, además del fortalecimiento de los grupos del Medio Oriente, el ascenso del terrorismo asiático y africano en países como Afganistán, Sri Lanka, Angola y Ruanda. Igualmente, continuarán las acciones de grupos en Europa Occidental. Por último, el terrorismo seguirá preocupando en Latinoamérica, en donde grupos de México, Argentina y Colombia continuarán causando pánico .

En síntesis, el terrorismo traerá cuatro grandes motivos de preocupación: uno, es que tendrá cada vez más injerencia en la esfera económica pues en el mundo gobiernan la globalización y los mercados. Ese escenario ha facilitado la ampliación de las fronteras del terrorismo y su fortalecimiento propagandístico, con el lobby y las nuevas tecnologías. En segundo lugar, el terrorismo seguirá impregnado de fundamentalismo religioso. Países como Irán, Libia y Siria han contribuido al entrenamiento y financiación de grupos como un instrumento de su política. En tercer lugar, el terrorismo será cada vez más fuerte tecnológicamente. Los equipos permitirán a estos grupos dirigir sus acciones a los sistemas bancarios y realizar todo tipo de transacciones, así como obtener información confidencial. Por eso se habla del “cyberterrorismo”.

Finalmente, se habla de un terrorismo ‘apolítico’, una modalidad que tiene cada vez más adeptos entre los sicópatas, que cometen actos como los del metro de Tokio o los atentados por desórdenes mentales. “El terrorismo se hace cada vez más impredecible, tiene menos rostros y organizaciones identificables que lo respalden. Parece estar perdiendo su componente político e ideológico y nada más intimidante que un terrorismo indiscriminado, amorfo e irracional”, concluye Reinares.
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