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| 6/28/2014 8:00:00 PM

El porqué del conflicto que afecta hoy a Irak

Los ataques que tienen en jaque al gobierno de Irak para crear entre este y Siria un Estado islámico marcan las líneas de una guerra de características casi globales entre chiitas y sunitas.

Los militantes del grupo Estado Islámico de Irak y Siria (Isis, por su sigla en inglés) destruyen con frecuencia sus propios pasaportes frente a las cámaras de video. Tras sus largas arengas invitando a la población a unirse a sus filas, los yihadistas les arrancan las páginas y, ante la vista de todos, los queman e incluso los pisotean. El gesto es sencillo pero de gran simbolismo, pues expresa no solo su repudio hacia las autoridades en el poder, sino también su desprecio hacia los países que los emitieron.

Para esos yihadistas, las lealtades no pasan por las actuales divisiones políticas, sino por alianzas mucho más antiguas. En efecto, tanto en Irak como en Siria escogen a sus víctimas sin importar su grado de indefensión o culpa, sino según sean chiitas o sunitas, las principales ramas en las que desde sus inicios se dividió el islam. Una fragmentación que si bien comenzó como un tema religioso, hoy tiene un impacto político y económico a escala mundial. No en vano los principales líderes de Occidente están convocando a los líderes de la región para cerrar –si es posible– la caja de Pandora del sectarismo.

El gran cisma musulmán comenzó tras la muerte de Mahoma en el año 632, cuando surgió entre sus seguidores una cruda disputa sobre quién debía tomar sus banderas. Por un lado, se encontraban los seguidores de Alí, quien era primo y yerno del profeta. Para este grupo el sucesor debía escogerse por el derecho de sangre, es decir entre los parientes de Mahoma, tal y como se hace en las monarquías. A su vez, consideraban que el imam era una especie de rey y sacerdote, con una gran autoridad temporal y espiritual, de manera muy similar a como se veía a los papas en el Renacimiento. De esa tendencia surgen los chiitas, una contracción de la expresión shiaat Ali, que en árabe significa su líder, conocido como imam.

Los demás musulmanes consideraban por el contrario que su líder debía ser un califa, un término que designa a una figura mucho más temporal, escogida con base en los méritos y aceptada por la elite política, y consideraban por su parte a los imames simples clérigos. Para ellos, el líder no debía ser descendiente de su profeta, pues no veían a Mahoma como un rey o un ser milagroso, sino como un siervo de Dios. Este grupo dio origen a los sunitas, cuyo nombre viene de la sunna –o sea las obras y las costumbres del profeta–.

Si bien las tensiones se expresaron desde un principio, la animadversión se desató con el asesinato en el año 661 de Alí, quien para los chiitas era el primer sucesor legítimo de Mahoma, pero para los sunitas no era más que el cuarto líder del califato Rashidun. Adicionalmente, las muertes violentas de dos de sus hijos –Hussein y Hasan– así como las de una gran parte de sus nietos consolidaron la distancia entre los chiitas y los sunitas. De hecho, Alí y 11 de sus descendientes directos fueron los 12 imames de la principal tradición chiita (otras ramas reconocen solo cinco o siete), bien llamada duodecimana o imaní, a quienes sus seguidores atribuyen un estatus que en el cristianismo podría asimilarse al de santos y que consideran como los únicos herederos legítimos del profeta musulmán.

Aunque para los foráneos esa diferencia puede parecer un tecnicismo, las consecuencias en el mundo musulmán no se pueden sobrevalorar. Como le dijo a SEMANA el profesor Brian C. Francisco de la Universidad George Washington, “esa separación llevó a un mutuo aislamiento, lo que les permitió a los dos sectas desarrollar culturas, tradiciones, ritos y teologías distintas. Con el tiempo, debido a la falta de comunicación, esas diferencias se multiplicaron y ahondaron”.

Esa distancia se amplió en el siglo XVIII con la corriente wahhabista (o salafista) dentro de la rama sunita, que se desarrolló en Arabia Saudita y que, bajo la premisa del regreso a los valores originarios del islam, constituyó una fuerte reacción no solo al Iluminismo que por esos años se desarrollaba en Europa, sino a la cultura islámica en su conjunto. “Con la excusa de promover el puritanismo, ese movimiento acabó con la poesía, la arquitectura, la mística y el arte musulmanes, además de condenar a las mujeres a la casa y de convertirlas en ‘joyas’ pertenecientes a sus maridos. Es de esa ideología que se nutren grupos como Al Qaeda, Al Nusra, Boko Haram y por supuesto Isis”, le dijo a esta revista el imam colombiano Julián Arturo Zapata.

En la actualidad, los 1.600 millones de musulmanes –que conforman un cuarto del total de la población mundial– se concentran en varios países. Por un lado los sunitas, que suman cerca de 1.000 millones de creyentes, constituyen el 80 por ciento de los musulmanes y son mayoritarios en el resto del mundo, en particular en el Magreb (es decir el África mediterránea), Turquía, la mayor parte de la península arábiga, el resto de Oriente Medio y Asia. Por su lado, los chiitas dominan potencias regionales como Irán e Irak, lo mismo que países ricos en combustibles como Azerbaiyán y Bahréin, y cuentan con importantes minorías en Yemen y Líbano. En total, son cerca de 150 millones de personas. Según un estudio publicado por el think tank Pew Research Centre en 2012, el 40 por ciento de los sunitas no considera a los chiitas verdaderos musulmanes.

Al respecto, los especialistas consultados por esta revista coinciden en que las dos ramas del islam no pueden reconciliarse en una especie de ecumenismo musulmán, pues la división entre ellas es étnico-religiosa y no doctrinal. Como le dijo a SEMANA Bård Kårtveit, especialista en política y religión en Oriente Medio de la Universidad de Oslo, “las fuerzas políticas y sectarias en contra de esa posibilidad dentro de ambas comunidades son enormes. En muchos países incluyen a jefes de Estado, cuya autoridad está legitimada en las doctrinas de cada rama”. Aunque esa afirmación puede referirse a muchos países, lo cierto es que la chiita Irán –con su peso demográfico y su posición estratégica en Asia– y la sunita Arabia Saudita –con sus petrodólares y sus gobernantes wahhabistas– en los últimos años han alimentado las guerras en Oriente Medio, al darles recursos financieros y logísticos a movimientos como Hezbollah y Hamás o al dictador sirio Bashar al Asad, por el lado chiita, y a grupos como Al Qaeda o Isis, por el sunita. “Así como la Guerra de los Treinta Años fue una continuación de la rivalidad entre los Habsburgo y los Borbones por el dominio de Europa, el actual conflicto ha sido –y es cada vez más– una expresión de la rivalidad entre árabes y persas”, dijo el profesor Francisco.

A su vez, el odio fratricida al que el mundo está asistiendo tuvo un evento catalizador, que fue la invasión estadounidense de Irak cuando, pese a las múltiples advertencias tanto de amigos como de enemigos, los gobiernos de George W. Bush y de Tony Blair destruyeron el país sin preocuparse por reconstruirlo. Como le dijo a SEMANA el profesor Einar Wigen, de la Escuela de Estudios sobre el Medio Oriente de la Universidad de Oslo, “los sunitas, derrocados en 2003, odiaron a los chiitas, puestos en su lugar por los estadounidenses en nombre de la democracia, lo que creó un espiral de violencia que antes no había”.

Para algunos, la solución pasaría por corregir las antiguas fronteras coloniales para que los chiitas y los sunitas estén en países separados. La sangrienta y prolongada Guerra de los Treinta Años es sin embargo un buen indicador del precio de ese camino. Sobre todo teniendo en cuenta que en el Medio Oriente hay minorías de ambas comunidades, que cada vez se radicalizan más y que no están dispuestas a perder los privilegios y espacios que han logrado.
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