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| 1/4/2004 12:00:00 AM

El juicio del siglo

No se sabe cómo será el juicio de Saddam Hussein. Pero muchos quieren una rápida sentencia a muerte para que hable poco de sus viejas alianzas.

Ni siquiera en el estado de Texas, donde el presidente George W. Bush logró un récord de 152 ejecuciones durante su período como gobernador, el ex dictador Saddam Hussein enfrentaría un juicio más duro que en Irak. Después de todo, ese valle bañado por el Tigris y el Eufrates dio origen a la máxima de "ojo por ojo, diente por diente", inmortalizada en el siglo VI a. de C. por el código de hierro del rey Hammurabi. Y en el caso de Hussein ese principio le puede costar muy caro. "Saddam ha tomado millones de ojos y nosotros sólo pedimos que le saquen los dos que tiene. Es menos de lo que merece", decía un exaltado iraquí, Ibrahim al-Idrissi, a la revista Newsweek. El mismo Bush, por su parte, ha dejado clara su opinión respecto a la suerte de Hussein, opinión que no va precisamente en contra de la de los iraquíes. En una entrevista a la cadena ABC, aseguró que el castigo "no será decidido por el presidente de Estados Unidos, sino por los ciudadanos de Irak. Esperemos para ver qué castigo le dan, pero yo creo que debe recibir la pena máxima". Y es que para el presidente de Estados Unidos resulta muy ventajoso juzgar al ex dictador en suelo iraquí. En primer lugar porque un juicio hecho por sus propios ciudadanos aparecerá ante la opinión pública como justo e independiente, o al menos mucho más que si fuera procesado por un tribunal militar estadounidense. En segundo lugar porque la mayor parte de los iraquíes no quieren esperar para ver a su tirano ajusticiado, lo que haría que el proceso fuera, además de menos costoso, rápido y severo. En tercer lugar porque resultaría ventajoso para muchos ex aliados de Hussein, como Francia o Estados Unidos, a los que les interesa un proceso expedito en el que Saddam no tenga oportunidad de hablar sobre el pasado. Pero hay una razón de peso para que Bush permita que el juicio se lleve a cabo en Irak. Es que Hussein no tiene en ninguna parte más enemigos que en Irak. "Yo no quiero que lo maten. Yo quiero que lo torturen y le hagan lo mismo que nos hicieron a nosotros, para que pueda sentir lo que sintieron sus víctimas", le dijo al diario The New York Times Abdul Rahman Abdul-Muhammad, un sobreviviente de la masacre con gases que realizó el ejército de Hussein en una aldea kurda en 1988. Para muchos iraquíes la pena de muerte sería un castigo demasiado blando. ¿Juicio justo? Un rápido y severo juicio en Irak podría respetar las garantías procedimentales básicas, y dejar satisfechos a los iraquíes y a los estadounidenses. Sin embargo no cumpliría otros fines más importantes. Para empezar, una investigación concienzuda permitiría sacar a la luz todos sus asesinatos, masacres, genocidios, desapariciones, torturas y crímenes de guerra. Y aunque podría tomar años, "sería beneficioso para todos desde un punto de vista judicial, político y de derechos humanos, pues develaría todas las atrocidades y crímenes cometidos por él y sus subalternos", explicó a SEMANA Joshua Markus, catedrático de derecho internacional en la Universidad de Carlton Fields. Por otro lado, es muy difícil que el tribunal iraquí establecido para juzgar a Saddam y a otros miembros del antiguo gobierno sea en realidad tan independiente como dicen. Primero, porque el consejo de gobierno fue elegido a dedo por el gobierno estadounidense y su administrador civil, Paul Bremer. Y también porque el mismo Hussein se encargó en su momento de eliminar a todos los jueces iraquíes idóneos, por lo que el juicio será en realidad orientado por asesores internacionales. Lo cual suscita críticas: "No sería aceptable que el gobierno de Estados Unidos dirigiera el juicio tras bambalinas", dijo a SEMANA el profesor Bartram S. Brown, director del programa de derecho internacional del Instituto Tecnológico de Illinois y experto en derechos humanos. Lo cierto es que son varios los países que temen que en el juicio contra Hussein se ventilen asuntos poco presentables. En la lista se encuentra Rusia, que hace un par de décadas era el mayor proveedor de armas de Irak y le vendió aviones MiG 29, tanques T 72 y misiles Scud. También está Francia, y específicamente su actual presidente, Jacques Chirac, quien mantuvo relaciones cercanas con Hussein a mediados de los 70 y le escribía cartas en las que lo trataba como "mi querido amigo". Francia, además, le vendió a Irak dos reactores nucleares, 133 aviones Mirage y múltiples piezas de artillería. Del mismo modo, Italia, Alemania, Inglaterra y el propio Estados Unidos apoyaron al régimen de Hussein a principios de los 80. De hecho, fue durante el gobierno de otro republicano guerrerista, Ronald Reagan, cuando la superpotencia tuvo las relaciones más cercanas con Irak. No hay que olvidar que Saddam Hussein libró por cuenta de Washington una guerra sanguinaria contra el Irán de los ayatollahs. Y fue precisamente Donald Rumsfeld, el actual secretario de Defensa estadounidense, el encargado de reunirse en persona con Saddam, en diciembre de 1983, para entregarle una carta de Reagan y ultimar detalles sobre su alianza contra Irán. Pena capital El centro del debate sigue siendo, sin embargo, si Hussein va a ser condenado a la pena de muerte. Prácticamente todas las voces importantes de la comunidad internacional se han mostrado en desacuerdo. "Creemos que ninguna circunstancia justifica la pena de muerte", declaró Diego Ojeda, portavoz de relaciones exteriores de la Unión Europea. Asimismo el Vaticano, las principales ONG de derechos humanos como Amnistía Internacional, e incluso la ONU declararon abiertamente su desacuerdo ante la opinión de Bush. La pena de muerte plantea una encrucijada difícil de resolver, pues cualquier decisión que tome el tribunal será criticada. "Si es acusado de crímenes contra la humanidad y no lo condenan a muerte mucha gente en Irak y en el mundo quedará defraudada. Y si le es impuesta la pena de muerte muchos otros, especialmente en Europa, se sentirán ultrajados", explicó el profesor Brown. Bush, al fin y al cabo, es uno de los mayores defensores mundiales de la pena de muerte, al contrario de la mayor parte de la comunidad internacional y de la Unión Europea, donde está radicalmente prohibida. De hecho Estados Unidos, junto con naciones como Sudán, Irán o China, tiene el liderazgo en la ejecución de la pena capital. La otra alternativa, la de juzgar a Hussein en un tribunal internacional nombrado por la ONU, como el que en este momento enfrenta el ex presidente serbio Slobodan Milosevic resulta políticamente improbable. Y mucho más lejana es la posibilidad de que el caso vaya a la Corte Penal Internacional, que nunca fue ratificada por Estados Unidos ni por Irak, y que sólo se aplicaría a los crímenes cometidos con posterioridad a su establecimiento. Sobre todo porque sus enemigos de Washington y Bagdad sólo van a aceptar un castigo rápido, efectivo y ejemplar. Como en la ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente.
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