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| 9/5/2013 12:00:00 AM

Seis meses sin Chávez: ¿se desvanece su legado?

En entrevista con Semana.com, el sicólogo Axel Capriles explica cómo ha sido el duelo en el país vecino.

Semana.com: Muchos venezolanos hoy dudan que Hugo Chávez murió realmente el 5 de marzo por el secretismo que hubo en torno a su enfermedad y sus últimos días. ¿Cómo ha afectado esa incertidumbre el proceso de duelo colectivo del país?
 
Axel Capriles: La intención del gobierno ha sido mantener esa imprecisión, el misterio y la incertidumbre constante. Eso no te permite enterrar al muerto y la figura de Chávez permanece viva en la política venezolana. Es su espíritu rector el que está al mando de la revolución y, los que están ahora en el poder, no son más que sus ejecutores. 
 
Semana.com: Eso se empezó a preparar antes de que falleciera. Cuando finalmente muere, el chavismo no habla de “enterrar” al comandante, hablan de “sembrar” a Chávez, que luego se multiplica, y así no lo dejan morir. 
 
A. C.: Es que así no hay luto. ¿Qué es el luto? Es la capacidad psíquica de desprenderte de alguien que había captado tu emoción y tus relaciones. Por ejemplo, los yanomamis tienen unos ritos funerarios muy interesantes. Ellos queman al muerto, hacen una gran fiesta en la que cocinan una sopa de plátano con los huesos del muerto, se la toman y dejan parte de esos huesos durante seis meses guardados. Al pasar ese tiempo, que es justo el mismo que lleva Chávez muerto, vuelven a hacer una gran celebración, queman todo lo del muerto y nunca más vuelven a hablar de él. Así hacen una ruptura entre el mundo de los vivos y los muertos. Lo mandan hacia el inconsciente, diríamos en psicología. Pero aquí no se ha querido hacer eso, al contrario, han querido mantenerlo vivo. 
 
Semana.com: El mismo partido de gobierno anunció esta semana que en el tarjetón de candidatos a alcaldías en las elecciones de diciembre va a aparecer la mirada de Chávez como símbolo del PSUV. 
 
A. C.: Sí, los ojos de Chávez van a estar presentes, supervisándote, como un fantasma insepulto viéndote en el momento en que estás haciendo esa elección. Y puede ser una mirada que te castiga. El mensaje ha sido que Chávez vive y la lucha sigue. 
 
Semana.com: ¿El gobierno ha querido mantenerlo vivo y ha impulsado ese fanatismo entre sus seguidores, pero pareciera tan exagerado a veces que se podría decir que han “matado” la espontaneidad del fervor? 

A. C.: Yo pensé que la figura de Chávez iba a ser muchísimo más poderosa e iba a estar más presente en la gente de lo que ha estado realmente. Días antes habrían lanzado fuegos artificiales de conmemoración de la muerte del presidente, y no lo hay. No hay ese espíritu. La gente está tan metida en lo cotidiano, en la supervivencia, que la figura de Chávez ha retrocedido y se ha ido a la parte trasera. 
 
Semana.com: Pero en los días del funeral había que ver las filas de los seguidores del presidente en llanto. ¿Usted cree que para esa gente ya pasó el dolor de la pérdida, que se calmó?
 
A. C.: No creo que se haya calmado todavía. Pero sí creo que no ha tenido la calada que todos esperábamos. La fuerza de Chávez era su labia, su histrionismo, sus formas, su mímica, su fuerza corporal, pero no era un mensaje que tuviera un cuerpo de contenido cierto, fuerte. Al faltar esa retórica, ese histrionismo, sus explosiones, su humor, sus giros divertidos pareciera que su legado se está desvaneciendo. 
 
Semana.com: ¿O sea que lo que la gente añora más de Chávez es su parte “Light”? ¿El contenido y el fondo de lo que él significaba como símbolo de una supuesta revolución, no era tal?
 
A. C.: Era como esa persona que estás encantado con ella cuando la conoces, pero cuando te vas recuerdas que la pasaste muy bien con ella pero no te acuerdas lo que te dijo. Y te quedas pensando que al fin de cuentas no te dijo nada importante. Creo que ese es un poco el fenómeno. Y lo que está pasando es que todo su planteamiento ideológico, todo su planteamiento central, está perdiendo fuerza como ideología. La revolución se está volviendo una maquinaria de poder donde el aspecto ideológico que Chávez exaltaba ha pasado a segundo lugar. 
 
Semana.com: Pero Chávez murió en la gloria y hasta la misma oposición está diciendo que extraña a Chávez, porque él no hubiera permitido los excesos que se le están viendo a sus sucesores. 
 
A. C.: Porque la oposición teme a ese desenganche emocional que hay entre la población y la figura de Chávez. Y como ya está muerto no es un obstáculo concreto. Más bien trata de enfrentar a Maduro y a las personas que están en el actual gobierno, dejando que Chávez se mantenga en el espacio mítico, religioso, que ya es intocable. Ese es el pragmatismo de la oposición con el cual yo estoy totalmente en desacuerdo porque a mi sí me parece que el problema fundamental de Chávez no era Chávez. El problema central es desmontar lo que significa Chávez como imagen y la necesidad que tuvo la sociedad de personificar así a un líder. Hay sectores de la población que siempre lo van a tener como un santo, que lo van a tener en su panteón, en su parte mítica, como ese vengador social. Pero yo creo que el colapso del modelo de gobierno con el cual él se comprometió, y por el cual él murió, porque hay un elemento heroico ahí de que él se sacrifica por el triunfo de la revolución, tiene que afectar su figura misma. 
 
Semana.com: ¿Entonces usted cree que la historia sí le va a pasar la factura a Chávez cuando se termine de decantar toda esta emocionalidad en torno a él y cuando los venezolanos finalmente asimilen que se murió? 
 
A. C.: Es que la figura de Chávez hoy sigue siendo el poder. Sigue siendo el que manda, entonces las desgracias del presente sí son atribuibles al modelo político que él representa, que no fue el caso de Bolívar porque su proyecto no culminó, lo apartaron, lo traicionaron, etc. Y por eso es que empieza la construcción del culto a Bolívar. En este caso, lo que puede ser el culto a Chávez no está funcionando como una imaginería compensatoria al poder, porque Chávez todavía es poder. 
 
Semana.com: No sé qué tanta conciencia hay entre la población que esas fallas de la gestión del gobierno que se han hecho tan visibles ahora que no está Chávez, son consecuencia de Chávez y no de sus sucesores. Porque incluso cuando estaba vivo la gente decía que el presidente no era el problema, sino su entorno. 
 
A. C.: Eso va a estar allí. Chávez está asociado también a un momento de grande afluencia de la riqueza petrolera. La gente recuerda eso y no necesariamente se da cuenta de las consecuencias de eso a largo plazo. Pero insisto, la propaganda consistente del gobierno es que es Chávez el que gobierna, que las políticas de Chávez son las que están en funcionamiento, que se están siguiendo las directrices que dejó. Eso está trabajando en contra de la mitificación misma del comandante. 
 
Semana.com: Y en contra del mismo Maduro, que no está haciendo un gobierno de Maduro, sino tratando de ser Chávez. 
 
A. C.: Sí, está actuando en contra de los dos, tanto del proceso de mitificación de Chávez, como de la construcción del propio liderazgo de Maduro, que hubiera podido ser una figura histórica importante, como un líder de transición hacia las transformaciones que exige el país. Pero Maduro lo que ha exacerbado es el histrionismo de Chávez. Se ha convertido en una carrera de espectáculos porque gobernar es mantener un show en Venezuela. Ese histrionismo es muy vacío, porque en el caso de Maduro no estamos viendo ideas, no hay propuestas ideológicas. Entonces nos está quedado el histrionismo puro. 
 
Semana.com: Esa podría ser una de las razones por las cuales Maduro no obtuvo tampoco una votación más holgada, porque la gente se da cuenta que es un show, que él no puede ser Chávez, así él se presente como el hijo del comandante. 
 
A. C.: Es que uno de los elementos claves de Chávez fue su autenticidad. Así hubiera sido políticamente incorrecto, eso fue muy importante. Y en el caso de Maduro al ser una réplica, pierde la fuerza que tiene esa espontaneidad. Además, el carisma no es algo que se pasa de una persona a otra, es el producto de una relación y una circunstancia, es algo que sucede a doble vía. 
 
Semana.com: ¿Por qué hay la necesidad para muchos venezolanos de creer en este tipo de personajes endiosados, la figura del libertador, del redentor, de alguien que los salve como súper hombres? Porque es algo que se ve también con Henrique Capriles. 
 
A. C.: Hay una urgencia, una necesidad muy profunda de idealizar a alguien por parte de la sociedad venezolana. Lo atribuyo a que, en el fondo, la auto estima del venezolano está muy dañada, golpeada, porque ha sido un pueblo pisoteado y humillado, excluido y abusado. El poder en Venezuela se caracteriza por el abuso. 
 
Semana.com: Pareciera todo lo contrario porque hay tantos venezolanos con un súper ego nacionalista.
 
A. C.: Lo que se ve en la psicología es que cuando construyes esos excesos de grandiosidad, esos héroes máximos, cuando construyes el gran Chávez, la gran figura, y haces de muy pequeñas cosas algo sumamente grande, esas ínfulas reflejan o tapan una herida profunda. Venezuela es de América Latina el país más orgulloso de su nacionalidad. Constantemente estamos alabando nuestra gran gesta heroica, alabando el gran pueblo que somos, el pueblo heroico venezolano. Lo oyes todo el tiempo, que somos el mejor país del mundo. ¿Pero somos el mejor por qué? No hay una argumentación de por qué somos así. Desde la gesta heroica no hemos hecho más nunca nada. 
 
Semana.com: ¿Entonces ha sido una tragedia para los venezolanos que en el país haya nacido Bolívar, el gran libertador de América, porque no van a poder superarlo? 
 
A. C.: Nunca voy a ser tan grande como el padre, como el héroe, yo me siento menos. Entonces necesito idealizar y voy construyendo esas figuras idealizadas, a lo largo de la historia de Venezuela. Y el patrón es que es gente que habla muy bien, que tiene “un pico de oro”,  que dice cosas muy bonitas, pero al ver el contenido, es totalmente superficial. Creas grandiosidad para compensar el vacío. 
 
Semana.com: Chávez se la pasó en campaña durante el tiempo que gobernó. Pareciera que cada elección, incluso las locales eran un plebiscito a favor o en contra de él, y de campaña en campaña alimentaba esa emocionalidad permanente tan útil para mantenerse en el poder. Después de que pasen las elecciones de diciembre, y luego de que la emocionalidad se decante nuevamente, ¿usted cree que el país va a elaborar finalmente el duelo y entender qué fue lo que pasó en estos 14 años? 
 
A. C.: No hemos podido tocar fondo porque estamos constantemente en esa emotividad o emocionalismo extremo, y en ese histrionismo político que capta la energía psíquica de la población. Entonces cuando algo te podría impactar emocionalmente o cuando algo te podría llevar a una reflexión, inmediatamente hay otro show montado con gran emotividad que vuelve a captar tu energía y tu psiquismo. Y el suceso electoral no deja que esa fricción haga su trabajo, pero sí pienso que en los años por venir habrá un replanteamiento y en ese proceso tiene que venir una reconsideración del propio ciudadano sobre cuál es su rol en la sociedad. Un individuo que está dado a la idealización de un líder, sobre el cual delega toda su responsabilidad, no puede construir una relación de sociedad con el Estado. 
 
Ahora, lo que más me ha llamado la atención de este momento es que estamos en plena fase de transición, un periodo liminal en donde hay una tremenda confusión interna, respecto a nuestra identidad colectiva y nuestra imagen del país. Hace poco hice un trabajo comparando los índices de felicidad con las emociones que siente la gente. En los mismos años en que los venezolanos aparecen como uno de los pueblos más felices, describen que las emociones que sienten son desconfianza, miedo, tristeza. 
 
Semana.com: ¿Cómo así?
 
A. C.: Lo que estoy viendo es que hay una doble narrativa, una imagen sobre lo que somos o debemos ser, y una imagen sobre lo que estamos sintiendo realmente que nos está pasando. Y esa falta de integración es precisamente porque estamos en un momento de deslizamiento, de cambio y transición. La gente está dividida internamente, como en la vida privada, en la que hay momentos en que uno está en disonancia cognitiva y afectiva. Estamos en ese proceso que no se ha hecho muy consciente todavía. 
 
Semana.com: Ya que usted habla de la vida privada, Chávez llegó a ser invasivo hasta con la vida privada de los venezolanos, en el sentido de que se atravesó en sus relaciones familiares y de pareja. Por él hubo matrimonios y relaciones que se rompieron o se unieron. ¿Qué le sucede a la gente, en su cotidianeidad y en su vida privada, ahora que él no está? 
 
A. C.: Chávez había vaciado al venezolano de vida privada. La gente va a terapia, a psicoanálisis, a hablar de su propia vida. Pero la gente aquí iba a hablar de política, de Chávez. Todos mis colegas lo decían. La gente gastaba la mayor parte de la hora de consulta en eso porque Chávez ocupó el espacio psíquico de los venezolanos. Ese espacio está vacío ahora, como una casa sin muebles, buscando nuevas figuras, y ahí está el peligro, que se llene con otro Chávez, con otra figura que ocupe ese espacio. Allí es donde creo que debe haber un verdadero trabajo por hacer si queremos construir sociedad, donde cada quien puede trabajar ese espacio y llenarlo de proyectos sociales, artísticos, literarios, de proyectos productivos, donde cada quien vuelva a vivir una vida personal, y con esa vida personal contribuir al bien común. 
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