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| 12/7/2013 9:00:00 AM

Nelson Mandela, el último grande

'Madiba' dejó el legado de que es posible superar hasta los conflictos más difíciles por medio del perdón y el diálogo.

Nelson Mandela, como pocos grandes hombres, logró hacer ver que el mundo había estado equivocado por largo tiempo y que era preciso corregir el rumbo. Sus ideas políticas golpearon con fuerza por su simplicidad y contundencia: de un orden injusto no puede derivarse un fin justo. 

No obstante, la mayor enseñanza que de su ejemplo ha podido extraerse en la segunda mitad del siglo XX –y en los 13 años que llevamos del siglo XXI– consistió en mostrar que un pueblo puede abstenerse de llevar a efecto las retaliaciones y las venganzas a las que tenía derecho, y con ello sale ganando mucho más de lo que habría obtenido con una reacción armada, cercana al genocidio e impropia del clima de regeneración y reconstrucción nacionales.

En efecto, Sudáfrica se ha reconstruido, normalizado y estabilizado, eludiendo las siniestras guerras étnicas que siguen afectando a otros países africanos y al mismo tiempo se ha negado a expulsar a los blancos que habían propiciado el régimen del apartheid. 

Aunque el mérito no le corresponde únicamente a Nelson Mandela, sí es evidente que Madiba fue el vórtice que permitió que la joven nación no se saliera de curso y se ganase para siempre la admiración y el respeto de los muchos escépticos que en primera instancia le auguraron una catástrofe y que años después –gratamente sorprendidos– quisieron copiar este modelo de reconciliación.

Los 27 años que pasó el entonces líder del ANC Nelson Mandela encerrado en las cárceles del régimen segregacionista, produjeron un efecto similar al que consiguió Alexander Solzhenitsin con sus revelaciones acerca del archipiélago Gulag del hoy extinto Imperio soviético. 

Por décadas enteras el mundo había volteado la cara con cinismo, amparado en pretextos, rehuyendo condenar estados y leyes deliberadamente opresivos, mientras que con su entereza y su discreción, las verdaderas víctimas de tales abusos se mantenían firmes y dignas, resistiendo serenamente las afrentas, y criticaban con su actitud el absurdo reinante que las sostenía.

A pesar de las incongruencias y exabruptos de la lucha política en Sudáfrica (los desmanes del ANC, los crímenes políticos de Inkhata, el enfrentamiento entre xhosas y zulúes, los asesinatos políticos de Chris Hani y Walter Sisulu, etcétera), los factores de conflicto fueron desactivados por aquellos que, junto con Mandela, comprendieron que esos errores no los conducirían a la paz ni a la ecuanimidad que el país necesitaba para salir de su frustración y desesperación. Antes bien, el liderazgo fue entregado a Mandela, no solo por su condición de símbolo viviente de reconciliación, sino por su audacia y determinación, su pragmatismo y su sereno juicio político.
 
Con su adecuada conducción y ya como presidente, más de 45 millones de sudafricanos debían retomar el rumbo perdido y reconstruir una nación que pudiera aprovechar sus ventajas y minimizar sus desventajas. Y todo ello había que hacerlo rápidamente, frente a los ojos del mundo expectante y con la convicción de que el resultado final no se vería inmediatamente, sino que sería la cosecha de las generaciones futuras.

Este ejemplo de entereza y de paciencia conmovió a la comunidad internacional y se convirtió en un hito global, que aún no terminamos de comprender, pero cuyos efectos ya podemos percibir. El asunto Mandela tocó además las puertas entreabiertas del escenario global en materia de moral pública y reparación. La indiferencia que se había mostrado en los altos círculos de la política hacia el apartheid y sus abusos, y la complicidad que estadistas y periodistas del mundo entero habían derrochado acerca del racismo de los blancos, hizo crisis gracias a la figura señera del prisionero de la isla Robben. 

Décadas enteras de equívoca permisividad cayeron ante los ojos del mundo como expresión de un gran error de cálculo, de un descalabro moral y de una política perversa: había razones de sobra para avergonzarse del cinismo con que se habían tratado los asuntos sudafricanos en todas las esferas y, tardíamente, el activismo global se puso en marcha, no solo para liberar a Mandela de su injusta condena, sino para entender y presentar todo lo que se había hecho en Sudáfrica con plena impunidad y durante siglos, frutos de un expolio y un abuso intolerables.

Este complicado asunto coincidió en su tempo con los años finales de la Guerra Fría, la perestroika y el colapso del censurable ‘socialismo real’. Todo el sistema internacional se vio forzado a revisarse y a recomponerse, y la cascada de transformaciones que produjo no ha cesado desde entonces. Y en ello no estuvieron involucrados  con exclusividad los que habían sido derrotados por el peso de sus propias contradicciones, sino también quienes los habían vencido con su implacable presión. Entonces, se percataron todos a una de los costos de tan abrumadora confrontación, y de la necesidad urgente de reponer las pérdidas y rehacer los entuertos.

Gracias a las mutaciones que se desencadenaron entonces, Sudáfrica entera comprendió que tenía una oportunidad histórica para consolidar el renacimiento de su nación que, a pesar de sus múltiples dificultades, lograría superar de la forma más pacifica posible los dolorosos trances de su historia reciente y encaminarse hacia la búsqueda del desarrollo en un Estado multiétnico, que incluía, por fin, a blancos y negros como motor de prosperidad y reconciliación. 

Sería superfluo afirmar que todas las heridas han quedado cerradas con el gobierno de Nelson Mandela. Pero, su moderación y sabiduría políticas quedaron muy claras para todos aquellos que habían dudado acerca del tono de su mandato. Madiba sembró y cosechó el perdón sincero en un momento en el que la venganza más cruda  parecía la única y más fácil respuesta a tantos años de opresión y segregación. 

El gobierno de Mandela no fue fácil porque su país había sido siempre un escenario de diversidad y potencial confrontación. Xhosas y zulúes se han disputado el control del territorio y los recursos durante siglos, y más de 50 etnias se habían aliado con unos y con otros para garantizar su supervivencia y obtener los réditos concedidos a los dueños del poder.

Por otra parte, las inmensas riquezas mineras de las que el país dispone siguieron siendo la manzana de la discordia y el pretexto para avivar la lucha. Mandela consiguió, a pesar de todo, que lo que en otros países del continente africano fuera factor de implacable guerra civil, sirviera en Sudáfrica para garantizar el orden y la concordia imprescindibles en el proceso de construcción de la prosperidad colectiva.

Los diamantes y el oro han podido así ser aliados y no enemigos de la nueva nación, y contribuir a una reinserción relativamente exitosa –teniendo en cuenta la situación anterior– de un país que había sido visto en peligro de implosión tras la salida del gobierno de Frederik de Klerk, a quien le cabe el mérito inmenso de haber sido el sereno acompañante de Mandela en tal proceso. 

Además, la potencia industrial no decreció, sino que aumentó, atrayendo a la fuerza laboral a millones de personas marginadas. El manejo administrativo y financiero del gobierno de Mandela marcó un hito por su transparencia y probidad –en un marco en el que la más descarada corrupción, que la Sudáfrica de hoy no ha podido eludir del todo, era moneda corriente–. Por todo ello, el mundo aclamó el modelo de Mandela y lo convirtió en objeto de culto, modelo que hoy se hace sentir con todas sus fuerzas.

Los resultados de Sudáfrica lo llevarían posteriormente a convertirse en un abanderado de la mediación pacifica en los muchos y muy complejos conflictos del continente africano. Aunque la paz esté todavía lejos y sea una conquista lenta y difícil, la lenta y callada labor de Madiba fue excepcional en la solidificación del concepto de que solo por tales medios pueden resolverse los muchos desacuerdos africanos, y de que hay que dejar de lado cualquier otra tentación de solución.

El mundo está pensando en Mandela, porque sabe que marcó el camino de lo que tienen que llegar a ser los siglos futuros.  Aunque el presente todavía esté muy lejos de presentarse como algo completo y satisfactorio, Nelson Mandela quedará siempre en la memoria de las generaciones recientes de líderes africanos como un paradigma para dirimir sus diferencias y resolver sus desacuerdos sin recurrir al genocidio o al sometimiento.

Las implicaciones internacionales del caso Mandela poseen una ganancia extra: la certidumbre que el mundo ha adquirido en un tiempo relativamente corto de que se puede regresar del odio y la opresión sin pasar necesariamente por la obsesión autodestructiva o por la negación brutal del victimario. Los jefes de Estado del mundo entero y sus equipos de gobierno rinden hoy homenaje a quien ha dado más de una lección al mundo en materia de sensatez, sobriedad y lucidez, teniendo sobradas razones para haberse portado de otra manera. 

Al morir Mandela al final del 2013 y tras 95 años de intensa experiencia vital, su legado está perfectamente claro y, como el de pocos hombres, puede ser objeto de minuciosa revisión para sacar de él lecciones que se aplican a todos los tiempos y a todos los seres humanos. Aun en medio de excepcionales dificultades, es posible recomponer el camino y promover la reconciliación sin hipocresía, vanidad ni falsa modestia. 

Se trata de virtudes atemporales que en muchas ocasiones se han denunciado como pérdidas sin remedio, pero que han sabido ser renovadas por un hombre que supo regenerarse y recomponerse a sí mismo muchas veces y con su ejemplo obligó, no siempre con agrado, a que muchos millones lo siguieran.
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