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| 6/21/2010 12:00:00 AM

El legado de Stalin

El sangriento conflicto étnico en Kirguistán amenaza con extenderse en una región volátil. Esta es la historia.

La violencia étnica de la semana pasada en Kirguistán es bastante peor de lo que indicaban los cálculos iniciales. Cuando la presidenta interina del país, Roza Otunbayeva, visitó el viernes la ciudad de Osh, epicentro del enfrentamiento entre la minoría uzbeka y la población kirguisa, aceptó que los muertos podrían ser 10 veces más que los 200 de los que había hablado su gobierno. Casi al mismo tiempo, la ONU dobló el cálculo de desplazados a 400.000, y al cierre de esta edición se preparaba para iniciar un puente aéreo que le permita llevar ayuda humanitaria a un millón de personas. Para completar el oscuro panorama, el vecino Uzbekistán cerró sus fronteras después de haber recibido a decenas de miles de refugiados.

Como advertía el International Crisis Group, las declaraciones oficiales de que la situación ya es estable, que la intervención extranjera no es necesaria y que el importante referendo del 27 de junio puede seguir adelante, son peligrosamente prematuras. El escenario se mantiene impredecible y volátil. Los observadores no descartan más violencia y, en el mejor de los casos, sanar las heridas podría tomar décadas.

Se trata de una vieja tensión entre las dos principales etnias del país, alimentada de un lado por razones históricas y de otro por las recientes turbulencias de la política local.

Entre 1920 y 1930, Joseph Stalin dividió arbitrariamente la porción de Asia Central que hacía parte de la Unión Soviética, con el fin de evitar una insurrección. El valle de Ferganá, uno de los más fértiles de la zona, fue distribuido entre Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán. Eso profundizó las rivalidades entre etnias enfrentadas por el control de la tierra y el agua.

En Kirguistán, en particular, los uzbekos son apenas el 15 por ciento de la población, pero en el sur la población se divide casi por mitades entre kirguises y uzbekos. No es la primera ocasión en que chocan. De hecho, en 1990, en medio del colapso de la Unión Soviética, centenares murieron cuando los uzbecos residentes en Kirguistán intentaron ganar autonomía y adherirse a Uzbekistán. En aquel entonces, Rusia intervino para frenar el conflicto, a lo que se ha negado hasta el momento en esta ocasión.

De otro lado está la política local. Asia Central es un polvorín con dictadores que vienen de épocas soviéticas. Pero Kirguistán es una excepción. Mientras las vecinas Uzbekistán y Kazajistán han mantenido al mismo hombre fuerte desde los 90, este país ha sido escenario de revueltas que han depuesto a dos presidentes.

En 2005, la Revolución de los Tulipanes tumbó a Akar Akayev, acusado de corrupto y autoritario. El líder de ese movimiento, Kurmanbek Bakiyev, subió al poder, pero cinco años después fue acusado de los mismos abusos de su antecesor. Después de que las fuerzas de seguridad reprimieron a tiros una manifestación pacífica en la capital, Biskek, con un saldo de 85 muertos, las protestas lo obligaron a abandonar el país en abril.

Para rematar, Akayev era del norte y Bakiyev del sur. "Hay un antiguo conflicto para definir quién dirige el país y accede a los recursos públicos. En 2005, el sur le quitó el poder al norte. En la 'revolución' de hace un par de meses, el norte se lo quitó al sur", explicó a SEMANA Neil MacFarlane, experto en Asia Central de la Universidad de Oxford. "El sur ahora está alineado de nuevo y hay gente que trata de desestabilizar la región para debilitar al gobierno central".

Algunos observadores temen una guerra civil en un país que alberga una base militar rusa y otra estadounidense, clave para la guerra en Afganistán. Si Uzbekistán llega a intervenir, el conflicto podría escalar y eso es lo último que quieren tanto Moscú como Washington.

Todo apunta a que el estallido de violencia no fue espontáneo sino orquestado para encender las viejas tensiones. El gobierno interino no duda en señalar a Bakiyev y le sigue apostando al referendo del 27 de junio, que propone pasar a un sistema parlamentario. Eso, además de sepultar las aspiraciones de Bakiyev de regresar al poder, sería un hito en una región de hombres fuertes.
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