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| 12/19/2009 12:00:00 AM

El mal menor

La crisis hondureña dejó claro que todavía hay quien le haga frente al proyecto continental de Hugo Chávez. Éste, junto con Manuel Zelaya, fue el gran perdedor del episodio.

EL ÚLTIMO VESTIGIO DE MANUEL Zelaya en el Palacio Presidencial que fue su hogar hasta el 28 de junio, cuando fue sacado en piyama por los militares, es una estatua suya de fibra de vidrio, ahora relegada al baño de mujeres. La había mandado a hacer para ponerla en el jardín principal, junto a los próceres de la patria. Desde cuando se reveló la existencia del objeto, las sospechas de sus enemigos parecieron confirmadas: quería quedarse en el poder.

Por esa misma razón el hombre del sombrero Stetson, que llegó al poder en 2005 con promesas conservadoras para luego, en una voltereta vergonzosa, aliarse con el presidente venezolano, Hugo Chávez, trató de organizar un referendo para cambiar la Carta Política y permitir su reelección. Aunque seguía la tendencia regional, iba en contra de la historia y la legalidad de su país pues, cansados de su época de República bananera, y de varios dictadorzuelos, en 1982 los hondureños prohibieron la reelección en un artículo pétreo, es decir, irreformable, so pena de incurrir en traición a la patria. Después de un forcejeo entre Zelaya y los demás poderes, unificados contra su maniobra ilegal, la Corte Suprema ordenó arrestarlo. Pero en vez de seguir el procedimiento legal, los militares cometieron la torpeza de sacarlo de su cama y empacarlo en un avión hacia Costa Rica. En los días siguientes el desubicado mandatario recorrería Centroamérica en busca de aliados, e incluso acudió al "imperio del norte", muy al pesar de Chávez.

Nadie niega que la acción fue reprochable y que al actuar de esa forma convirtieron a Zelaya, a los ojos de la mayoría de los países, en un símbolo de la democracia atropellada por los militares al estilo de los años 50. Pero tampoco se puede obviar que quien estaba desafiando las instituciones era Zelaya.

Y quien subió al poder tampoco es el clásico dictador golpista. Roberto Micheletti, presidente del Congreso, tomó las riendas como segundo en línea de sucesión constitucional y con el apoyo de las Cortes, el Ejército, los partidos y la mayoría de los hondureños. Jamás indicó que quería perpetuarse y prometió, desde el primer momento, llevar a cabo las elecciones que ya estaban convocadas para el 29 de noviembre.

Con astucia capoteó un semestre difícil, mientras el mundo le daba la espalda. No hizo una sola concesión a Zelaya y convirtió en realidad un grafito que dice "Preferimos seis meses de aislamiento a 20 años de dictadura chavista" en las calles de Tegucigalpa. Y es que si a algo le temen los hondureños es a los petrodólares del líder más entrometido de la región. Poco a poco, los hondureños despejaron el panorama y despojaron a Zelaya de su papel de víctima. Las tretas de 'Mel', impulsado en muchas ocasiones por Chávez, le hicieron perder credibilidad. Sus intentos frustrados de volver al país sólo sirvieron para minar su imagen, ahondar las ya profundas divisiones del país, paralizar la economía y, de paso, cobrar vidas inocentes.

El circo de Honduras dejó lecciones. La actitud de Washington no fue coherente, pues aunque logró mediaciones y acuerdos, al final abandonó a Zelaya y dio por válidas las elecciones que ganó Porfirio Lobo, del Partido Conservador, quien ahora debe unificar un país polarizado. Brasil se vio enredado cuando recibió a Zelaya en su embajada a finales de septiembre, donde está atrincherado desde entonces. Pero sin duda el perdedor fue Chávez, pues si para algo sirvió la crisis fue para mostrar que la democracia plebiscitaria con afanes reeleccionistas que ha hecho carrera en el continente impulsada por el chavismo, no pudo adueñarse de Honduras.

El golpe final vino esta semana, cuando Micheletti anunció que su país se retiraría del Alba, alianza impulsada por el venezolano. Esto era lo que faltaba para demostrar que una alianza con Hugo Chávez, el aspirante a Bolívar, puede salir muy costosa. Y ahora tiene uno menos. n
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