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| 5/20/2002 12:00:00 AM

El malestar en la globalización

El premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz, publicó la semana pasada en Estados Unidos un libro titulado <i>El malestar de la globalización</i>, en el que hace una demoledora crítica contra la globalización liderada por el FMI y el Banco Mundial.

Desde los años 70 los economistas vienen arrastrando un desprestigio progresivo por los fallos en sus predicciones sobre la marcha de la economía y por la falta de honestidad intelectual con la que se enfrentan a los problemas económicos. En este libro Stiglitz consigue reconciliar a los economistas con su profesión y al lector con los economistas, al demostrar que la disciplina económica es una herramienta útil si se emplea para comprender la realidad y no para justificar decisiones fundadas en la ideología.



El trabajo de Stiglitz enlaza con la más rica tradición de la economía, la de Keynes y Schumpeter, no solo por alguno de sus postulados, sino por cómo analiza los hechos: con rigor, con espíritu crítico y con vocación totalizadora. Consigue transmitir al lector la complejidad de los fenómenos económicos con una escritura amena y fácil. Traduce la teoría económica a un lenguaje claro y lógico, de tal forma que la relación entre inflación y tipo de interés o entre tipo de cambio y crecimiento, por ejemplo, aparece ante el lector de forma explícita y evidente. No duda en ilustrar sus razonamientos con metáforas contundentes y muy significativas, alejándose del oscurantismo que muchos de sus colegas utilizan para evitar la discusión y la crítica.



El libro empieza con un prólogo en el que el autor explica cuál fue su propósito: después de años de trabajo académico pasó por el consejo de Asesores del Presidente Clinton y por el Banco Mundial, donde "comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres en esos países". No es que el autor sea contrario a la globalización. Considera que ésta es un hecho y que sus efectos pueden ser beneficiosos, como lo han sido ya para muchos países, pero esto sólo se conseguirá mediante políticas activas de los gobiernos que contribuyan al crecimiento y que procuren que dicho crecimiento se distribuya de modo equitativo.



Los fundamentos teóricos de la economía que con su trabajo académico ha contribuido a asentar le valieron el premio Nobel en 2001. Estos principios se basan en el reconocimiento de que los mercados son imperfectos, que la información es un elemento básico en el funcionamiento de los mercados y que el acceso a la información es asimétrico; y que estos hechos deben ser integrados en los modelos macroeconómicos que los economistas utilizan para diagnosticar los problemas y diseñar soluciones si aspiran a que esos diagnósticos sean correctos y las soluciones eficaces.



Estos planteamientos llevan a Stiglitz a defender que los gobiernos deben intervenir en la vida económica, lo que ya es casi un anatema en determinados círculos económicos y políticos norteamericanos. Pero además, todo su libro ofrece una crítica demoledora a las políticas concretas que el Fondo Monetario Internacional, como máxima institución que dirige la globalización, ha impuesto tanto en los países más pobres de Africa como en los países emergentes del Este asiático, en Latinoamérica o en los procesos de transición de Rusia y los países del Este de Europa.



Su crítica es feroz pues se apoya tanto en el aspecto puramente económico como en el moral: la recetas del FMI fracasaron en su objetivo de conseguir el equilibrio macroeconómico y, además, han tenido efectos perniciosos sobre la vida de las gentes, sus perspectivas de futuro y sobre la estabilidad social de los países que las aplicaron.

Stiglitz recuerda que el FMI se creó porque después de la Segunda Guerra Mundial los gobiernos consideraban que los mercados internacionales eran imperfectos y era necesaria una acción colectiva global para la estabilidad. A lo largo de su existencia, el FMI ha ido evolucionando pero fue en los años 80, durante el apogeo del reaganismo, cuando adoptó una ideología, el "fundamentalismo del mercado", y la aplicó a todos los países y todos los problemas sin realizar aproximación intelectual o práctica alguna sobre su realidad, sin analizar las consecuencias de sus políticas y sin evaluación crítica posterior.

Las decisiones se toman a puerta cerrada y como las instituciones internacionales están dominadas por los países industrializados más ricos y por los intereses comerciales y financieros de esos países, esto "naturalmente se refleja en las políticas", nos dice el autor. Los tres ejes de esta política única, recogidos en el llamado Consenso de Washington, son estabilización, liberalización y privatización.

En los capítulos 2 y 3 el autor se centra en los países más pobres de África, en el 4 en el Este asiático y en los capítulos 5, 6 y 7 en la transición de los países comunistas (Rusia, el Este de Europa y China), y va desgranando las crisis, las intervenciones del FMI y sus consecuencias y va mostrando cómo la realidad era siempre mucho más compleja de lo que los burócratas querían saber, cómo determinados intereses particulares dominaban las decisiones que el FMI iba adoptando y, sobre todo, muestra, con no poca pasión y cierta indignación, que había otros caminos posibles y que los países que se adentraron por ellos han obtenido resultados económicos y sociales mucho mejores que aquellos otros que siguieron los dictados del Fondo.

El FMI dirige la globalización desde estrategias de estabilidad que han demostrado ser ineficaces para alcanzarla y que han tenido el grave defecto de no incluir estrategias de crecimiento, cuando el crecimiento es imprescindible tanto en los países subdesarrollados como en los emergentes y los que están viviendo la transición de la economía centralizada al mercado. Stiglitz defiende que estas estrategias de crecimiento son las que deberían presidir la agenda del FMI y que además deberían ser estrategias de crecimiento pro-pobres.

En el Este asiático las estrategias de crecimiento nacionales se basaban en el ahorro, la educación y una política industrial dirigida por el Estado. Con mayor o menor fortuna estas políticas funcionaron pero cuando en 1997 se desató la crisis financiera, el FMI arremetió contra ellas porque no eran ortodoxas e impuso estrategias de liberalización instantánea que los países más débiles, como Tailandia, se vieron obligados a aplicar y cuyas nefastas consecuencias aún está pagando la población.

Al realizar un paralelismo entre lo que se hizo al dictado del FMI y lo que se podría haber hecho, y al compararlo con lo que hicieron países que consiguieron aplicar políticas propias, van surgiendo elementos no estrictamente económicos que contribuyen a explicar los fracasos de las políticas del FMI, como la corrupción generalizada de los gobernantes en Rusia, donde éstos obtienen beneficios directos de las políticas aplicadas enriqueciéndose con las privatizaciones o contribuyendo activamente a la fuga de capitales. Su análisis de la intervención del FMI en la transición rusa le lleva a afirmar que el rescate de 1998, en el que el FMI se dejó miles de millones de dólares para mantener el cambio del rublo artificialmente alto, obedeció a la preocupación por mantener a Boris Yeltsin en el poder aunque con ello se estuviese contribuyendo a enfangar aún más al país en la decadencia y la corrupción, y a agudizar sus problemas estructurales.

El libro va desarrollando casos concretos –Etiopía, Botsuana, Corea del sur, Tailandia, Malasia, China, Rusia, Polonia– situándolos en el entorno global de las crisis de los 90, explicando cuáles fueron los fallos de las recetas que el FMI imponía y los medios, no muy edificantes, de que se sirvió para que los gobiernos se plegaran a sus dictados y cómo los países que se resistieron a ellos (Corea del Sur, Polonia) y el que nunca los adoptó (China) están en una situación infinitamente mejor que el resto.

Son especialmente ilustrativas las cuñas que va introduciendo, sobre todo al criticar la política de liberalización comercial diseñada por los países occidentales en la Organización Mundial de Comercio. Stiglitz recuerda cómo estos mismos países occidentales, en contra de lo que ahora les exigen a los países de África, Sudamérica o Asia, gestionaron sus procesos de industrialización y de desarrollo con políticas comerciales proteccionistas, con mercados de capitales cerrados y controlados, y con los gobiernos interviniendo activamente en la vida económica, promoviendo empresas productivas o financieras y estableciendo lo que Stiglitz llama la "infraestructura institucional" necesaria para que la economía de mercado pudiera empezar a funcionar.

A la luz de estos análisis combate los mitos habituales del pensamiento económico al uso:

-que el mercado aparece donde el Estado se retira: a veces si el Estado se retira surgen monopolios privados o desaparece por completo la oferta, lo que no es una alternativa mejor;

-que lo privado es intrínsecamente mejor que lo público: si la competencia en el sector privado no está regulada lo privado puede ser mucho peor, con corrupción y latrocinio a gran escala;

-que el mercado sustituye a los ineficientes por los eficientes: muchas veces aniquila a los ineficientes pero no los sustituye por nada, lo que lleva al autor a concluir que es preferible una productividad pequeña que la ausencia total de productividad;

-que el presupuesto equilibrado es una necesidad: el autor recuerda que Estados Unidos se negó a adoptar una ley de equilibrio presupuestario y que ningún economista defendería el equilibrio en un periodo de recesión.

Stiglitz se pregunta por qué se falla en los diagnósticos y las políticas y llega a la conclusión de que las razones son múltiples: la arrogancia de los funcionarios del FMI, los errores en la toma de decisiones, el dogmatismo y la enorme influencia de los intereses financieros y comerciales occidentales en las decisiones del FMI. Así todo, cuestiona la teoría de la conspiración, muy extendida en el Este asiático y Rusia, según la cual las políticas del FMI se conciben deliberadamente para debilitar a estos países. En opinión de Stiglitz es más acertada la explicación de que estas políticas responden, en cada caso, a unos intereses determinados: en la crisis del Este asiático, por ejemplo, a los de la comunidad financiera internacional, que se enriqueció a costa del empobrecimiento de estos países al obligarles a devolver los créditos o a vender activos.

Más complejo es el caso de Rusia, en el que fueron más bien los gobiernos occidentales y las élites económicas y financieras quienes impusieron soluciones económicamente nefastas para el país pero que reforzaban al gobierno de Yeltsin, ante el temor de que un presidente débil facilitara el regreso al poder de las fuerzas políticas comunistas. Desde su experiencia en los centros de decisión de Washington, Stiglitz narra que las visiones en Estados Unidos no eran monolíticas y muchos, entre ellos el Consejo de asesores del Presidente, eran contrarios a la terapia de choque de privatizaciones masivas e incontroladas, sin ninguna regulación legal, que estaba llevando a Rusia a la corrupción más absoluta y a la recesión económica, hasta el punto de que el PIB estaba retrociendo por debajo del nivel de 1989. Pero el sector mayoritario en la administración, incluso bajo la presidencia de Clinton, era el que veía la transición en Rusia como la última batalla entre el bien y el mal y su criterio fue el que se impuso. Cuando el error de las políticas fue demasiado evidente se adoptó a Putin como el nuevo salvador sin ningún proceso de rectificación intelectual, acallando el debate público en Estados Unidos.

A la crítica puramente económica de las políticas del FMI, el autor añade una crítica política sobre la falta de participación, de transparencia y de democracia en la toma de decisiones. Los países que se ven obligados a aplicar las políticas de estabilización no pueden proponer, ni alegar, ni tan siquiera modular en el tiempo las medidas que se les exigen; la condicionalidad de la ayuda de las instituciones internacionales se ha conviertido así en una nueva forma de colonialismo. Las decisiones del FMI se toman a puerta cerrada y en ellas tiene una influencia determinante el Tesoro de Estados Unidos, al que Stiglitz califica como la más secreta de las agencias norteamericanas, hasta el extremo de que, al hablar de Rusia, llega a decir que "para el Tesoro el asunto era demasiado importante como para que el presidente (de Estados Unidos) ejerciera un papel relevante en la toma de decisiones" (pag. 218).

Stiglitz no es un revolucionario y lo demuestra en los dos últimos capítulos del libro, en los que resume en siete puntos los aspectos económicos que deberían revisarse en las políticas que se propugnan y en los que reconoce, con cierto fatalismo, que las reformas que serían necesarias en los procesos de decisión del FMI no serán ni fáciles de implantar ni las veremos en breve plazo. Esboza lo que le parecen manifestaciones positivas de cambio, como el nuevo enfoque de la ronda de Qatar para un nuevo proceso de liberalización del comercio, en el que, tras las manifestaciones de Seattle, los países en desarrollo han conseguido que al menos se discuta sobre los ámbitos que quedaron fuera de la anterior ronda y que para ellos son determinantes: la apertura de los mercados occidentales a la agricultura, los textiles, la construcción y el comercio marítimo y la regulación de los derechos de propiedad intelectual, o las condonaciones parciales de deuda a los países más pobres. Considera que en los países más desarrollados, bajo la presión de la opinión pública y de los propios países emergentes, se va extendiendo entre los dirigentes políticos y económicos la convicción de que la globalización debe realizarse sobre otras bases para que sus beneficios se extiendan a todos y no a unos pocos.

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El trabajo de Stiglitz enlaza con la más rica tradición de la economía, la de Keynes y Schumpeter, no solo por alguno de sus postulados, sino por cómo analiza los hechos: con rigor, con espíritu crítico y con vocación totalizadora. Consigue transmitir al lector la complejidad de los fenómenos económicos con una escritura amena y fácil. Traduce la teoría económica a un lenguaje claro y lógico, de tal forma que la relación entre inflación y tipo de interés o entre tipo de cambio y crecimiento, por ejemplo, aparece ante el lector de forma explícita y evidente. No duda en ilustrar sus razonamientos con metáforas contundentes y muy significativas, alejándose del oscurantismo que muchos de sus colegas utilizan para evitar la discusión y la crítica.



El libro empieza con un prólogo en el que el autor explica cuál fue su propósito: después de años de trabajo académico pasó por el consejo de Asesores del Presidente Clinton y por el Banco Mundial, donde "comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres en esos países". No es que el autor sea contrario a la globalización. Considera que ésta es un hecho y que sus efectos pueden ser beneficiosos, como lo han sido ya para muchos países, pero esto sólo se conseguirá mediante políticas activas de los gobiernos que contribuyan al crecimiento y que procuren que dicho crecimiento se distribuya de modo equitativo.



Los fundamentos teóricos de la economía que con su trabajo académico ha contribuido a asentar le valieron el premio Nobel en 2001. Estos principios se basan en el reconocimiento de que los mercados son imperfectos, que la información es un elemento básico en el funcionamiento de los mercados y que el acceso a la información es asimétrico; y que estos hechos deben ser integrados en los modelos macroeconómicos que los economistas utilizan para diagnosticar los problemas y diseñar soluciones si aspiran a que esos diagnósticos sean correctos y las soluciones eficaces.



Estos planteamientos llevan a Stiglitz a defender que los gobiernos deben intervenir en la vida económica, lo que ya es casi un anatema en determinados círculos económicos y políticos norteamericanos. Pero además, todo su libro ofrece una crítica demoledora a las políticas concretas que el Fondo Monetario Internacional, como máxima institución que dirige la globalización, ha impuesto tanto en los países más pobres de Africa como en los países emergentes del Este asiático, en Latinoamérica o en los procesos de transición de Rusia y los países del Este de Europa.



Su crítica es feroz pues se apoya tanto en el aspecto puramente económico como en el moral: la recetas del FMI fracasaron en su objetivo de conseguir el equilibrio macroeconómico y, además, han tenido efectos perniciosos sobre la vida de las gentes, sus perspectivas de futuro y sobre la estabilidad social de los países que las aplicaron.

Stiglitz recuerda que el FMI se creó porque después de la Segunda Guerra Mundial los gobiernos consideraban que los mercados internacionales eran imperfectos y era necesaria una acción colectiva global para la estabilidad. A lo largo de su existencia, el FMI ha ido evolucionando pero fue en los años 80, durante el apogeo del reaganismo, cuando adoptó una ideología, el "fundamentalismo del mercado", y la aplicó a todos los países y todos los problemas sin realizar aproximación intelectual o práctica alguna sobre su realidad, sin analizar las consecuencias de sus políticas y sin evaluación crítica posterior.

Las decisiones se toman a puerta cerrada y como las instituciones internacionales están dominadas por los países industrializados más ricos y por los intereses comerciales y financieros de esos países, esto "naturalmente se refleja en las políticas", nos dice el autor. Los tres ejes de esta política única, recogidos en el llamado Consenso de Washington, son estabilización, liberalización y privatización.

En los capítulos 2 y 3 el autor se centra en los países más pobres de África, en el 4 en el Este asiático y en los capítulos 5, 6 y 7 en la transición de los países comunistas (Rusia, el Este de Europa y China), y va desgranando las crisis, las intervenciones del FMI y sus consecuencias y va mostrando cómo la realidad era siempre mucho más compleja de lo que los burócratas querían saber, cómo determinados intereses particulares dominaban las decisiones que el FMI iba adoptando y, sobre todo, muestra, con no poca pasión y cierta indignación, que había otros caminos posibles y que los países que se adentraron por ellos han obtenido resultados económicos y sociales mucho mejores que aquellos otros que siguieron los dictados del Fondo.

El FMI dirige la globalización desde estrategias de estabilidad que han demostrado ser ineficaces para alcanzarla y que han tenido el grave defecto de no incluir estrategias de crecimiento, cuando el crecimiento es imprescindible tanto en los países subdesarrollados como en los emergentes y los que están viviendo la transición de la economía centralizada al mercado. Stiglitz defiende que estas estrategias de crecimiento son las que deberían presidir la agenda del FMI y que además deberían ser estrategias de crecimiento pro-pobres.

En el Este asiático las estrategias de crecimiento nacionales se basaban en el ahorro, la educación y una política industrial dirigida por el Estado. Con mayor o menor fortuna estas políticas funcionaron pero cuando en 1997 se desató la crisis financiera, el FMI arremetió contra ellas porque no eran ortodoxas e impuso estrategias de liberalización instantánea que los países más débiles, como Tailandia, se vieron obligados a aplicar y cuyas nefastas consecuencias aún está pagando la población.

Al realizar un paralelismo entre lo que se hizo al dictado del FMI y lo que se podría haber hecho, y al compararlo con lo que hicieron países que consiguieron aplicar políticas propias, van surgiendo elementos no estrictamente económicos que contribuyen a explicar los fracasos de las políticas del FMI, como la corrupción generalizada de los gobernantes en Rusia, donde éstos obtienen beneficios directos de las políticas aplicadas enriqueciéndose con las privatizaciones o contribuyendo activamente a la fuga de capitales. Su análisis de la intervención del FMI en la transición rusa le lleva a afirmar que el rescate de 1998, en el que el FMI se dejó miles de millones de dólares para mantener el cambio del rublo artificialmente alto, obedeció a la preocupación por mantener a Boris Yeltsin en el poder aunque con ello se estuviese contribuyendo a enfangar aún más al país en la decadencia y la corrupción, y a agudizar sus problemas estructurales.

El libro va desarrollando casos concretos –Etiopía, Botsuana, Corea del sur, Tailandia, Malasia, China, Rusia, Polonia– situándolos en el entorno global de las crisis de los 90, explicando cuáles fueron los fallos de las recetas que el FMI imponía y los medios, no muy edificantes, de que se sirvió para que los gobiernos se plegaran a sus dictados y cómo los países que se resistieron a ellos (Corea del Sur, Polonia) y el que nunca los adoptó (China) están en una situación infinitamente mejor que el resto.

Son especialmente ilustrativas las cuñas que va introduciendo, sobre todo al criticar la política de liberalización comercial diseñada por los países occidentales en la Organización Mundial de Comercio. Stiglitz recuerda cómo estos mismos países occidentales, en contra de lo que ahora les exigen a los países de África, Sudamérica o Asia, gestionaron sus procesos de industrialización y de desarrollo con políticas comerciales proteccionistas, con mercados de capitales cerrados y controlados, y con los gobiernos interviniendo activamente en la vida económica, promoviendo empresas productivas o financieras y estableciendo lo que Stiglitz llama la "infraestructura institucional" necesaria para que la economía de mercado pudiera empezar a funcionar.

A la luz de estos análisis combate los mitos habituales del pensamiento económico al uso:

-que el mercado aparece donde el Estado se retira: a veces si el Estado se retira surgen monopolios privados o desaparece por completo la oferta, lo que no es una alternativa mejor;

-que lo privado es intrínsecamente mejor que lo público: si la competencia en el sector privado no está regulada lo privado puede ser mucho peor, con corrupción y latrocinio a gran escala;

-que el mercado sustituye a los ineficientes por los eficientes: muchas veces aniquila a los ineficientes pero no los sustituye por nada, lo que lleva al autor a concluir que es preferible una productividad pequeña que la ausencia total de productividad;

-que el presupuesto equilibrado es una necesidad: el autor recuerda que Estados Unidos se negó a adoptar una ley de equilibrio presupuestario y que ningún economista defendería el equilibrio en un periodo de recesión.

Stiglitz se pregunta por qué se falla en los diagnósticos y las políticas y llega a la conclusión de que las razones son múltiples: la arrogancia de los funcionarios del FMI, los errores en la toma de decisiones, el dogmatismo y la enorme influencia de los intereses financieros y comerciales occidentales en las decisiones del FMI. Así todo, cuestiona la teoría de la conspiración, muy extendida en el Este asiático y Rusia, según la cual las políticas del FMI se conciben deliberadamente para debilitar a estos países. En opinión de Stiglitz es más acertada la explicación de que estas políticas responden, en cada caso, a unos intereses determinados: en la crisis del Este asiático, por ejemplo, a los de la comunidad financiera internacional, que se enriqueció a costa del empobrecimiento de estos países al obligarles a devolver los créditos o a vender activos.

Más complejo es el caso de Rusia, en el que fueron más bien los gobiernos occidentales y las élites económicas y financieras quienes impusieron soluciones económicamente nefastas para el país pero que reforzaban al gobierno de Yeltsin, ante el temor de que un presidente débil facilitara el regreso al poder de las fuerzas políticas comunistas. Desde su experiencia en los centros de decisión de Washington, Stiglitz narra que las visiones en Estados Unidos no eran monolíticas y muchos, entre ellos el Consejo de asesores del Presidente, eran contrarios a la terapia de choque de privatizaciones masivas e incontroladas, sin ninguna regulación legal, que estaba llevando a Rusia a la corrupción más absoluta y a la recesión económica, hasta el punto de que el PIB estaba retrociendo por debajo del nivel de 1989. Pero el sector mayoritario en la administración, incluso bajo la presidencia de Clinton, era el que veía la transición en Rusia como la última batalla entre el bien y el mal y su criterio fue el que se impuso. Cuando el error de las políticas fue demasiado evidente se adoptó a Putin como el nuevo salvador sin ningún proceso de rectificación intelectual, acallando el debate público en Estados Unidos.

A la crítica puramente económica de las políticas del FMI, el autor añade una crítica política sobre la falta de participación, de transparencia y de democracia en la toma de decisiones. Los países que se ven obligados a aplicar las políticas de estabilización no pueden proponer, ni alegar, ni tan siquiera modular en el tiempo las medidas que se les exigen; la condicionalidad de la ayuda de las instituciones internacionales se ha conviertido así en una nueva forma de colonialismo. Las decisiones del FMI se toman a puerta cerrada y en ellas tiene una influencia determinante el Tesoro de Estados Unidos, al que Stiglitz califica como la más secreta de las agencias norteamericanas, hasta el extremo de que, al hablar de Rusia, llega a decir que "para el Tesoro el asunto era demasiado importante como para que el presidente (de Estados Unidos) ejerciera un papel relevante en la toma de decisiones" (pag. 218).

Stiglitz no es un revolucionario y lo demuestra en los dos últimos capítulos del libro, en los que resume en siete puntos los aspectos económicos que deberían revisarse en las políticas que se propugnan y en los que reconoce, con cierto fatalismo, que las reformas que serían necesarias en los procesos de decisión del FMI no serán ni fáciles de implantar ni las veremos en breve plazo. Esboza lo que le parecen manifestaciones positivas de cambio, como el nuevo enfoque de la ronda de Qatar para un nuevo proceso de liberalización del comercio, en el que, tras las manifestaciones de Seattle, los países en desarrollo han conseguido que al menos se discuta sobre los ámbitos que quedaron fuera de la anterior ronda y que para ellos son determinantes: la apertura de los mercados occidentales a la agricultura, los textiles, la construcción y el comercio marítimo y la regulación de los derechos de propiedad intelectual, o las condonaciones parciales de deuda a los países más pobres. Considera que en los países más desarrollados, bajo la presión de la opinión pública y de los propios países emergentes, se va extendiendo entre los dirigentes políticos y económicos la convicción de que la globalización debe realizarse sobre otras bases para que sus beneficios se extiendan a todos y no a unos pocos.

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