Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/03/06 00:00

El megaterremoto

Nancy Guzmán, corresponsal de SEMANA en Santiago, vivió el cataclismo de la semana pasada. Estas son sus impresiones.

1 Carros volcados en una autopista elevada que colapsó por cuenta del terremoto cerca de Santiago

La madrugada del sába-do 27 de febrero será una fecha que los chilenos no olvidaremos. La luna llena alumbraba furiosamente la tibia madrugada del fin de la temporada veraniega, algunos celebraban la penúltima noche del Festival de la Canción de Viña del Mar y en los pueblos sureños se cerraba el último carnaval de la temporada. Otros dormían. Todo comenzó con un ruido monstruoso, como si los jinetes del Apocalipsis se acercaran al galope encima de nuestras cabezas. Eran las 3:27.

La tierra se movió violentamente y nada quedó en su lugar. Los muebles de mi casa volaban, estallaban los vidrios y caían trozos de paredes, mientras crujían y sonaban las alarmas. No me moví de la cama, me sujeté del respaldo para no caerme y sentí que el pánico comenzaba a apoderarse de mí. Como la inmensa mayoría de los chilenos, yo creía haberlo visto todo en materia de temblores de tierra. Pero nada puede compararse con lo que vivimos esa madrugada.

Aún no lo sabía, pero Santiago, Valparaíso, Concepción y los pueblos intermedios comenzaban a caer por la furia de la naturaleza. Los movimientos sacudían sin piedad tanto a los edificios de concreto y cristal como a las pequeñas viviendas sociales. Los modernos edificios de apartamentos caían como castillos de naipes y las autopistas se convertían en trampas mortales. Fueron tres minutos de furia natural y luego el silencio, al que siguieron los gritos de auxilio, llantos y carreras entre escombros. La luna comenzaba a quedar cubierta por una espesa nube de polvo que salía de la tierra y los derrumbes, con los 8,8 grados de magnitud del terremoto. Gloria, una ciudadana colombiana que vivió el terremoto en el piso nueve de un edificio en Concepción, relataba su experiencia a la televisión chilena: "Era terrible, no paraba nunca el movimiento. Pensé que me moría, pensé que me moría". Su historia se repitió una y otra vez.

Bastaron minutos para que la descollante modernidad chilena dejara al descubierto las debilidades de toda ilusión humana: aeropuertos destrozados, carreteras colapsadas, edificios en el suelo o con fallas estructurales que los convirtieron en una bomba de tiempo, redes de teléfono sin conexión dejaron al país aislado, modernos hospitales sin servicio para atender a los heridos, puertos inservibles, parte del país a oscuras y sin agua.

Pero no había terminado el cataclismo. Entre 15 y 20 minutos más tarde, la inmensa fractura de la tierra traería enormes olas que azotaron sin piedad las costas repletas de turistas. Quinientos kilómetros de territorio costero y el archipiélago de Juan Fernández fueron barridos por la fuerza del tsunami, a pesar de que Chile cuenta con una moderna tecnología conectada al sistema de monitoreo de Hawái, que informó oportunamente al Servicio Hidrográfico de la Armada lo que venia. ¿Qué pasó? Aún no está claro. Sólo se sabe que la Armada, encargada de emitir la alarma de tsunami, emitió una confusa información a la Oficina Nacional de Emergencia, que cancelaría posteriormente por vía radial al señalar que "el epicentro está en tierra, luego no debiera haber un 'tsunami'". El resultado fue un numero indeterminado de desaparecidos.

Si el terremoto produjo un cambio en el eje de la Tierra, también produjo un cambio en la sociedad chilena. Del orden y el exitismo, se pasó al caos y la depresión que sucede al trauma.

Concepción, lugar del epicentro, era una hermosa ciudad universitaria e industrial considerada la Perla del sur, donde nació el boom de la literatura latinoamericana en los años sesenta. Quedó reducida a escombros, con serios problemas de comunicaciones por la caída de puentes y sistemas viales recientemente construidos, sin luz ni agua y con todas las redes de telefonía cortadas. Dos días de aislamiento bastaron para que cientos de pobladores saquearan las tiendas, quemaran todo a su paso y amenazaran a los sectores más acomodados con arrasar sus bienes.

El temor al saqueo invadió al país y comenzaron a aparecer las autodefensas en las ciudades. Santiago quedó desierto, las tiendas cerraron sus puertas y los trabajadores corrían a sus casas escapando de fantasmales saqueadores. El rumor de ataques que jamás ocurrieron desató una sicosis inédita en la sociedad chilena. Para el sociólogo Manuel Antonio Garretón, esta explosión social y su repercusión es "la respuesta de una sociedad que perdió su cultura de organización que le permitió, históricamente, actuar ante las catástrofes como colectivo y se ha acostumbrado a actuar como individuo, sin sentido de sociedad, sino como le muestran los 'realities', luchando unos contra otros".

En medio de este caos y con militares en la calles, las preocupaciones por el cambio de mando se olvidaron, se suspendieron las fiestas programadas y el presidente electo, Sebastián Piñera, y la presidenta en ejercicio, Michelle Bachelet, concentraron sus esfuerzos en responder al desastre.

Piñera asumirá el mando esta semana con un panorama económico que cambió dramáticamente en tres minutos. Su programa de gobierno contaba con unas arcas fiscales sólidas y con ahorros suficientes para generar un millón de empleos y entregar en marzo un bono de 80 dólares a los sectores sociales más pobres.

Hoy las cuentas son preocupantes y su equipo económico tiene claro que deberá 'bailar con la fea'. La zona afectada por el terremoto concentra gran parte de la producción industrial, pesquera, vitivinícola, frutícola, turística, forestal y celulosa que se encuentra paralizada por daños en la infraestructura, sin que esté claro cuándo podrá reactivarse. A eso se suma la enorme inversión que deberá destinar a reconstruir carreteras, puentes, puertos, aeropuertos, hospitales, colegios y edificios públicos. Con ese panorama, nadie tiene claro cómo cumplirá sus compromisos sociales.

Otro escenario difícil es el social. Así lo demuestran las explosiones de pillaje ante la demora del gobierno por llevar ayuda a las zonas afectadas. Piñera deberá manejar las demandas urgentes de reconstrucción de viviendas. Se acerca el invierno y las enfermedades propias de la temporada fría harán mayores las exigencias de hospitales y medicinas. Se habla del trabajo que se perderá en las zonas afectadas por el terremoto y que repercutirá en todo el país.

Es posible que en las conversaciones privadas sostenidas con la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se hayan tratado estos problemas y comprometiera la ayuda del gobierno norteamericano. Lo cierto es que Sebastián Piñera necesitará el apoyo internacional para lograr un primer año de gobierno sin sobresaltos.

Antes de la madrugada del sábado 27 de febrero, el Presidente electo intentaba construir un gobierno de unidad nacional, integrando sin mucho éxito a su gabinete militantes de partidos de la Concertación. Quizás hoy tenga acogida su llamado y se transforme en una gran réplica de este terremoto que transformó la geografía de Chile y el panorama político del país.

Mientras pongo el punto final a este texto, la cuchara en la taza de café comienza a tintinear. Es una nueva réplica de 6,1, de las tantas que se sienten a diario. Me agarro de la silla y vuelvo a sufrir.

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