Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1994/10/24 00:00

EL MEJOR EX PRESIDENTE

Jimmy Carter, uno de los peores presidentes de la historia reciente de Estados Unidos, se ha converado en el mejor ex presidente.

EL MEJOR EX PRESIDENTE

A ALGUNOS ESTADOUNIDENSES AUN LES cuesta creer que el hombre que durante su mandato se caracterizó por un manejo desastroso de las relaciones internacionales, haya sido quien logró interceder ante los militares de Raoul Cedras y hacer dar media vuelta a los aviones de guerra que se aprestaban a invadir Haití. A media hora de la intervención y tras largos moses de infructuosas negociaciones, el hombre que ocupó la Casa Blanca durante cinco de los años más críticos de la historia reciente de Estados Unidos logró cvitar un conflicto armado.

Y todos se extrañan de que Jimmy Carter lo haya logrado, pues, a ojos de la opinión, él ha sido uno de los peores presidentes de Estados Unidos. Es tal el desprestigio de su labor, que entre los analistas políticos estadounidenses, el chiste de moda es que sólo un presidente tan malo como Bill Clinton podía hacer parecer bueno a Jimmy Carter. Y la verdad es que hay en ello poca exageración. Durante su mandato, la economía estadounidense atravesó por una profunda crisis. La inflación se desbordó, el déficit fiscal aumentó dramáticamente, las tasas de interés alcanzaron un tope de 21 por ciento, en un país acostumbrado a que estas cifras sean de un sólo dígito. En materia de relaciones internacionales, la gestión de Carter no fue mejor: Estados Unidos perdió su condición de imperio, pues fue bajo su administración que sus aliados estratégicos -como lo eran Irán, Nicaragua y Grenada- cayeron en manos del enemigo comunista.

Entre otros muchos eventos, la crisis de los rehenes en Teherán puso en evidencia la incapacidad de Jimmy Carter para enfrentar dificultades y tomar decisiones. Por todas esas razones, al final de su período los electores no sólo no lo reeligieron sino que dieron la bienvenida a un presidente del Partido Republicano que, aparentemente, carecía de formación para dirigir los destinos de Estados Unidos: el actor Ronald Reagan.

Por eso resulta paradójico ver cómo Jimmy Carter no se decidió a practicar el golf, o retirarse de la vida pública para pasar su vejez en alguna finca de Georgia como han hecho varios ex mandatarios estadounidenses, y como hubiera podido predecirse de un hombre a quien el poder desgastó más que a otros. Carter decidió hacer lo que, según algunos analistas, se imaginó que iba a ser la presidencia: buenas obras. El ex presidente creó la Fundación Carter, entidad que no se ha limitado a ser una biblioteca presidencial, como suele suceder con esas instituciones. La Fundación, que tiene un equipo de 125 colaboradores y un presupuesto anual cercano a los 18 millones de dólares, ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a ayudar a países del Tercer Mundo -especialmente africanos- a erradicar enfermedades tropicales y a aumentar la productividad agrícola. Del mismo modo, ha emprendido una ardua labor de construcción de vivienda popular.

Adicionalmente, la Fundación Carter se ha convertido en un importante centro de estudios de los problemas de la actualidad, y el ex presidente se ha dado a la tarea de mediar en conflictos de algunos países como Etiopía y Sudán, a ser supervisor de ocho procesos electorales, y a interceder en conflictos internacionales como lo hizo en Corea del Norte. En este sentido, su extrema diligencia le ha valido más de una crítica: el ex asesor de George Bush, Marlin Fitzwater, se burla de sus oficios diciendo que "es una lástima que no hubiera estado cerca en la Segunda Guerra Mundial".

Sea como sea , tanto las mediaciones como las labores humanitarias que ha emprendido, han sido positivas, y se han convertido en objeto de envidia de otros ex presidentes que han tratado, sin lograrlo, de emplear de manera fructífera su experiencia y su estatus. Paradójicamente, gracias a la figura de un mal presidente, los estadounidenses parecen estar dándose cuenta que un ex mandatario puede ser un recurso diplomático invaluable.


UN ACUERDO POLEMICO

Si bien el acuerdo logrado por Jimmy Carter con los militares haitianos al mando de Cedras y su gobierno defacto frenó un conflicto armado que parecía inevitable, no lo es menos que éste ha sido duramente criticado. Por un lado, las fuerzas políticas favorables al régimen depuesto acusan a Carter de no haber mencionado ni tomado en cuenta a Aristide, de haber establecido que los militares no dejarían el país, y el haber contemplado para los golpistas una salida 'honorable' que no establecían los acuerdos previos. Por otra parte, los partidarios de Aristide aseguran que el trato pone a las tropas estadounidenses a funcionar en favor del régimen ilegítimo, y que, adicionalmente, al ser firmado por el presidente Jonassaint, el acuerdo podría ser la aceptación de un gobierno que la comunidad internacional ha desconocido.

Por otra parte, las gestiones del ex presidente han causado más de una fricción en el interior de la administración Clinton. Como lo afirmó el diario New York Limes del miércoles 21, "aún cuando Carter está ayudando a forjar la política exterior de Estados Unidos, y cuando detiene una guerra que está a punto de estallar, Jimmy Carter sigue recibiendo desplantes de la administración Clinton". Y es que el ex presidente casi que forzó al actual gobierno a aceptar su ayuda, posiblemente con miras a acumular méritos para ganar el premio Nobel de la Paz y convertir el Centro Carter en un fortín diplomático. Por esa razón, desde que regresó de Haití, el ex presidente se ha debatido entre la alegría de haber evitado una guerra, y el asombro de ver cómo algunos funcionarios de la administración Clinton no ven con buenos ojos sus labores de diplomático freelance.

Y es que los más cercanos colaboradores de Clinton, especialmente el secretario de Estado, Warren Christopher, no parecen muy satisfechos con la decisión del actual presidente de dejar el manejo de la política exterior estadounidense en manos de Carter. La reacción no es de extrañarse, pues si hay una función que la intervención del ex presidente anuló, fue la del propio secretario de Estado, antiguo pupilo de Carter y un funcionario del cual, unos años antes, quien hoy le roba protagonismo, se había referido como "el mejor servidor público que haya conocido".

Sea como sea, al tiempo que el conteo regresivo comienza para el régimen de Raoul Cedras -quien deberá dejar el poder antes del 15 de octubre- los estadounidenses han terminado de reconsiderar la figura del desastroso presidente, para convertir a Jimmy Carter en uno de los hombres más importantes del momento. Una reciente encuesta, realizada por NBC News y el New York Times, revela que, para la mayoría del pueblo, Carter es el héroe de la jornada. A la pregunta de a quién le dan crédito en el manejo de la crisis haitiana, el 71 por ciento de los encuestados respondió que a Carter, un resultado que envidiarían no sólo Bill Clinton, sino también ex mandatarios más prestigiosos de lo que hasta hace algún tiempo era el polémico Jimmy Carter.



EL POLEMICO ARISTIDE

ES MUCHO LO QUE SE HA DIcho en los últimos días acerca de Jean Bertrand Aristide, el depuesto presidente haitiano que fue derrocado por Raoul Cedras, un militar que él mismo había puesto al frente del Ejército. Por cuenta del golpe militar del cual fue víctima hace tres años y en razón de su forzado exilio, Aristide se ha convertido a ojos de la opinión pública en una víctima del poder dictatorial. Pero para muchos, lejos de ser objeto de consideraciones, Aristide es un personaje casi más polémico que el propio Cedras.

Jean Bertrand Aristide se ordenó de sacerdote salesiano hace ya varios años. Como buen seminarista, es un hombre culto, conoce de humanidades y domina varios idiomas. Su oficio de predicador lo llevó a convertirse en el párroco de un populoso y marginal barrio de la capital haitiana, Port-au-Prince. Y fue allí, en la iglesia de su parroquia, donde desarrolló sus dotes de gran orador y donde aprendió a conocer a su pueblo. Sus sermones populistas eran, a ojos de muchos de sus críticos, discursos verdaderamente incendiarios, lo cual le hizo ganarse la simpatía de sus seguidores, oprimidos como estaban por años de dictadura y despotismo. Según sus adversarios, sus misas no eran otra cosa que discursos políticos pronunciados desde el púlpito. Y así como su carisma le hizo ganar adeptos, tiene varios enemigos que, en tres ocasiones, han atentado contra su vida.

Y no estaban tan errados quienes veían en el párroco a un poderoso político. Jean Bertrand Aristide no tardó en colgar la sotana para dedicarse a hacer campaña electoral: gracias a un 65 por ciento de la votación, Aristide se convirtió en el primer presidente democrático en la historia recienete de Haití.

Durante el corto lapso que duro en el poder, al padre Aristide se le notó que había pasado del altar al palacio presidencial sin escalas. Muy pronto se hizo evidente que lo que al párroco le sobraba en idealismo y en populismo, le faltaba en experiencia y en manejo del poder. La administración de Aristide tuvo toda suerte de problemas, en parte por su radicalismo y en parte por su condición de renegado de la Iglesia. Adicionalmente, la crítica situación económica de la isla no mejoró con las teorías socialistas e intervencionistas del polémico dirigente.

Por otra parte, las convicciones democráticas de Aristide quedaron en entredicho al hacerse evidente que el ex párroco tenía su manera muy particular de concentrar el poder. No sólo se negó a desempeñar un papel menor como lo ordena la Constitución parlamentaria haitiana, sino que decidió nombrar, a dedo y sin consultas, a su primer ministro. Sus convicciones humanistas también fueron puestas en duda cuando, en un discurso, hizo la apología del "suplicio del collar", un procedimiento que consiste en colocar un neumatico alrededor del cuello de la víctima, llenarlo de gasolina y prenderle fuego.

Sea como sea, Jean Bertrand Aristide no parece ser la víctima en que se ha convertido por cuenta del golpe de Estado y el exilio. Mediadores del conflicto haitiano llegaron incluso a recibir una serie de documentos que certificaban que, por cuenta de sus desequilibrios mentales, el depuesto presidente había estado en un prolongado tratamiento siquiátrico. George Bush y el Congreso estadounidense mencionaron el hecho, pero a pesar de ello, ha sido más fuerte la imagen del derrocado amigo de la democracia que la del líder desequilibrado y fundamentalista.

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