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| 7/22/1996 12:00:00 AM

EL MUJIK DE ORO

YELTSIN Y ZIUGANOV DISPUTAN CABEZA A CABEZA LA SEGUNDA VUELTA. Y ENTRE TANTO, EL GENERAL LEBED ASCIENDE AL ESTRELLATO POLITICO DE RUSIA.

El Kremlin está conmocionado. El nombramiento del general Aleksandr Lebed a cargo del Consejo de Seguridad de Rusia y la remoción de los altos responsables de los cuerpos armados son la consecuencia de la primera vuelta de las elecciones presidenciales realizada el 16 de junio. Siempre en busca de un padre salvador, los rusos se cansaron de la pelea entre los rojos y los blancos, los comunistas y los democráticos, y no le dieron el triunfo a ninguno de los dos principales candidatos: el presidente Boris Yeltsin solo obtuvo un 35 por ciento de los votos, y apenas logró superar a su rival comunista, Guennadi Ziuganov, por tres puntos. La revelación fue el general Lebed, que con su 15 por ciento de la votación se colocó en tercer lugar, con el peso para inclinar la balanza a favor de Yeltsin o Ziuganov en la segunda vuelta electoral, que tendrá lugar el 3 de julio.
Al día siguiente Yeltsin le entregaba a Lebed las llaves del poder, nombrándolo secretario del Consejo de Seguridad, un organismo consultivo que asesora al presidente, pero que sin lugar a dudas ahora cobrará una nueva significación. Así, Yeltsin se asegura el apoyo del general en la segunda vuelta, aunque nadie sabe si sus votantes le obedecerán.

Ni Yeltsin ni Ziuganov
En diciembre, los quebrantos cardíacos y los triunfos comunistas en las elecciones parlamentarias hacían pensar que la vida política de Yeltsin terminaba. Pero el presidente se recuperó y pudo colocarse por encima de Ziuganov.
Sin embargo, Boris Nikolaevich perdió 15 millones de votos desde 1991 hasta hoy. La abrumadora campaña adelantada por la prensa y la televisión, que pasó a diario películas contra Stalin, que mostraban a los bolcheviques quemando iglesias y recordaban las principales masacres del régimen comunista, no lograron el efecto de hacer que la población apoyara masivamente a Yeltsin.
Cuando los policías del puerto de Murmansk en el Artico, los mineros de Vorkuta, los maestros de Moscú o los campesinos del Baikal en la gran llanura siberiana no cobran sus salarios desde hace meses, es difícil convencerlos de que voten por el gobierno actual, aunque el anterior haya sido muy malo.
La situación estaba servida en bandeja para un triunfo de la oposición. Nada más fácil que hacer campaña contra un presidente desacreditado, responsable de la sangrienta guerra de Chechenia, y con una población desesperada. Pero a los comunistas la tarea les quedó grande. Su ventaja en las elecciones parlamentarias de fin de año fue neutralizada por Yeltsin, y su electorado se estancó. Obtuvieron exactamente la suma de sus votos y los de sus aliados en diciembre, ni uno más, ni uno menos.
La población rusa ha demostrado una rapidez asombrosa en las artes políticas, que durante décadas le estuvieron vedadas. La oposición 'comunismo versus futuro radiante', según la propaganda yeltsinista, o 'pasado feliz versus miseria presente', según Ziuganov, está pasada de moda. Este caballito de batalla ni atrae, ni espanta, como se demostró en las elecciones de Polonia el año pasado y como Rusia lo vuelve a demostrar ahora. Hacen falta nuevos hombres con nuevas ideas, aunque estos tengan smoking amarillo, como el nacionalista Zhirinovski en 1993, o charreteras militares y voz ronca, como Aleksandr Lebed.

Nace un nuevo hombre fuerte
Aleksandr Lebed se hizo famoso al derrumbarse la Unión Soviética con una singular mezcla de mano dura y populismo tropero. Al mando del XIV Ejército, el general se encontraba en la República ex soviética de Moldavia cuando ésta se independizó y amenazó unirse a Rumania. Una miniguerra enfrentó a la minoría rusa con el gobierno moldavo, y Lebed se puso al frente, iniciando su carrera hacia la cima.
Enfrentado desde entonces al ministro de Defensa, general Pavel Grachov, se opuso a la guerra de Chechenia, mientras afirmaba que aceptaría comandar las Fuerzas Armadas rusas siempre y cuando los soldados fueran los hijos de todos los ministros y funcionarios del Kremlin. En 1995 pasó a retiro e inició una fulminante carrera política que lo llevó al Parlamento en diciembre y a la cumbre del poder ahora, aunque solo haya sacado la medalla de bronce en la contienda electoral. Lebed ganó entre los nuevos votantes y entre los más descontentos. En las provincias más deprimidas de Rusia, como la región textil de Ivanovo, empató con Yeltsin. En las regiones mineras como Vorkuta, que están haciendo huelga para recibir al nuevo gobierno, o en las frías tierras del Polo Norte como Murmansk, Lebed quedó segundo desplazando al Partido Comunista al tercer puesto.
El crecimiento de Lebed fue estimulado por el Kremlin para impedir que los descontentos engrosaran el caudal del Partido Comunista o del nacionalista Zhirinovski. En las últimas semanas su presencia en la televisión, en la radio y en la prensa igualaba o superaba a la de los otros dos grandes contendientes. Días antes de las elecciones, Yeltsin dio a entender que Lebed sería el más probable candidato a la Presidencia en 2.000. "Ese hombre existe. Usted sabe quién es", dijo, copiando una de las consignas de la campaña electoral del general.
Con sus gestos bruscos, su voz de oso y sus frases hechas, Lebed cayó como anillo al dedo para millones de personas que no sabían cómo expresar su repudio a blancos y rojos. "Yo tengo la fuerza, yo tengo la voluntad, necesito el poder", decía en su campaña electoral. Ahora tiene el poder.

Saldando cuentas
El ministro de Defensa Pavel Grachov no duró ni 12 horas después de que se abrieron las urnas. "Yo con prostitutas no hablo", dijo despectivamente Lebed refiriéndose al ahora en desgracia Grachov.
Días después, con el argumento de que se preparaba un supuesto aplazamiento de las elecciones o un golpe de Estado, rodaron las cabezas de los que hasta hacía pocas horas conformaban el oscuro entorno presidencial y tenían en sus manos las riendas del poder: el general Aleksandr Korzhakov, jefe del Servicio de Seguridad Presidencial; Mijail Barsukov, jefe del Servicio Federal de Inteligencia (ex KGB), y el vicepremier Oleg Soskoviets, vocero del gobierno del complejo militar industrial. "Las estructuras de fuerza tomaban mucho para sí y daban muy poco a cambio", declaró Yeltsin al deshacerse de sus entrañables amigos.
Winston Churchill decía que el gobierno de Stalin en los años 40 parecía "una pelea de bulldogs debajo de un tapete", refiriéndose a las rencillas internas, pero secretas, de la burocracia gobernante. Cincuenta años después la pelea de bulldogs continúa, solo que, en lugar de ser debajo del tapete, se desarrolla a plena luz del día, en las primeras planas de los periódicos y ante las cámaras de televisión. Los acontecimientos poselectorales son un ajuste de cuentas entre los distintos grupos de la nomenklatura gobernante.

El canto del cisne o el triunfo de los osos
"Yo soy mujik (versión rusa de macho), y Yeltsin también", dijo Lebed, atribuyéndose la barrida en masa de odiosos generales y burócratas. Yeltsin apuesta a que las sensacionales acciones del nuevo 'mujik', como conjurar supuestos golpes de Estado en los cuales nadie cree, le traigan los votos esquivos que no lo favorecieron en la primera vuelta. Pero eso no está garantizado, porque en este país de sustos y sorpresas, hoy votan por Lebed como ayer votaron por Zhirinovski y mañana votarán por otro. Por ello, Yeltsin está negociando con el economista Grigori Yavlinski, que obtuvo más del 7 por ciento de los votos, y cuyo electorado es más leal y predecible.
Mientras tanto, Ziuganov sangra por la herida. "Se sabe que los gansos salvaron a Roma", titula Pravda, el periódico del Partido Comunista; "¿Salvarán los cisnes a Rusia?", concluye, ironizando con el hecho de que Lebed quiere decir cisne en ruso.
A pesar de todo, el resultado de la segunda vuelta no está escrito. Yeltsin cuenta con una ventaja, pero esa todavía no se ha traducido en votos. Se pronostica una baja en la cantidad de votantes, lo que es fatal para el actual presidente, y un aumento de los que votarán contra los dos candidatos. Encuestas de última hora indican que solo un 55 por ciento de los votos de Lebed y 60 por ciento de los de Yavlinski irán a Boris Nikolaevich, lo cual deja un caudal importante para Ziuganov.
La pelea se ha hecho más fuerte después del primer round. Los días previos al 3 de julio estarán llenos de golpes y contragolpes electorales. Continuando con la ironía de Pravda, el 3 de julio puede ser el canto del cisne antes de morir, o el triunfo de los dos osos rusos -Yeltsin y Lebed-, que iniciarían un nuevo, compartido y conflictivo gobierno.
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