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| 9/7/2003 12:00:00 AM

El mundo dos años después

A dos años de los hechos ocurridos el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y la guerra desatada a través del mundo contra el terrorismo, se hace necesario entender en un escenario complejo como el actual, las consecuencias de los diversos eventos acontecidos en los últimos meses para poder hablar de una nueva condición global.

Sucesos que han ocurrido rápidamente uno tras otro de manera tan cercana y con significados tan distintos, que dificultan comprender por ahora, el grado de cambio del sistema internacional actual y la percepción de un nuevo orden mundial. A diferencia de lo ocurrido 12 años atrás una vez terminaron las acciones bélicas en la Irak de 1991, cuando el padre del actual presidente norteamericano, George Bush, hablaba ante los soldados de la coalición de entonces en términos de un nuevo escenario mundial: "Nos encontramos ante el comienzo de un nuevo orden internacional", y en el que parecía reinaría la paz y la concordia, se fortalecerían por fin las Naciones Unidas, y se recriminarían dictadores y países que violaran los derechos humanos a través de intervenciones humanitarias dignas del mundo de la posguerra fría que emergía.

La Irak de 2003, nos muestra al contrario un escenario totalmente diferente. Con el asunto de la paz mundial más distante de lo que se pensaba luego de una década de guerras étnicas y fratricidas ocurridas en la propia Europa Central, Africa e incluso América Latina. Las Naciones Unidas con una tarea difícil y ambigua a la hora de la resolución pacífica de los conflictos que le correspondería como "parlamento" global. Intervenciones humanitarias desplazadas por intervenciones militares de dudosa procedencia política y hasta económica y una compleja guerra contra el terrorismo de penumbras y desazones tal cual se vaticinó, que poco logra concretar en sus objetivos políticos la solución del problema mismo.

En este último sentido es importante considerar las viejas y agudas observaciones de Karl von Clausewitz sobre la guerra hechas a comienzos del siglo XIX, pero que se han constituido por ahora, en uno de los fundamentos principales de la moderna teoría del conflicto militar y acaso político para entender la naturaleza y el devenir de las confrontaciones del siglo XXI. En su obra clásica advierte ".la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios".

Es la continuación de la política por otros medios, cierto, pero al fin y al cabo una actividad política antes que una mera actividad militar, por lo que merece ser permanentemente evaluada en sus metas y logros, y en un determinado tiempo, poder obtener el significado humano y la connotación histórica en perspectiva si es posible, de algo siempre doloroso y confuso como la guerra misma, aunque a veces nos parezca justa y necesaria para restablecer la paz. Clausewitz concibe la política aquí como "la inteligencia del Estado personificado", como el conocimiento amplio y suficiente del escenario donde ocurren los hechos en toda su consideración.

La política se entiende además, como esa posible interacción desde un hombre (el gobernante ó líder político) hacia su entorno, capaz de producir efectos en tal sentido, que puedan ser reconocidos como parte de una verdadera acción política, con consideraciones y responsabilidades hacia los ciudadanos a quienes van dirigidos, en el marco de unos supuestos sustancialmente morales (aunque el realismo político los considere amorales) y que trasciendan los problemas de naturaleza puramente práctica. Las acciones militares desprovistas de intencionalidad política no producen otra cosa que la violencia generalizada, muchas veces de manera irracional e indiscriminada. Es el desgaste evidente para cualquier ejército en el mundo por mayor capacidad bélica que tenga para vencer a su enemigo. Esto se demostró en los últimos años de la escalada del conflicto en el sudeste asiático a inicios de los años 70.

Dejando la opción política que permita el diálogo franco con el contendiente únicamente para el final de un eventual proceso donde antes prevalezcan las hostilidades puramente militares, las cuales marquen el compás de las acciones y en espera de un probable vencimiento del adversario, no hará otra cosa que prolongar la agonía de las víctimas en su mayoría civiles, que caerán mientras esto suceda. Esto es lo que hace a la guerra total contra el terrorismo desde que comenzó hace ya dos años, aún más terrorífica de lo que ella misma combate. Afganistán e Irak ahora mismo son la muestra.

Y es el caso de la llamada guerra preventiva planteada por el equipo de la Casa Blanca, para devastar las zonas donde supuestamente tenían cabida los grupos terroristas. La misma, logró dejar en claro que para defenderse legítimamente se hace necesario contar con armas de destrucción masiva (ADM) artesanales o de avanzada tecnología, por ahora no se sabe, que permitirán contener agresiones aplastantes de naciones poderosas. Es una nueva disuasión similar, a la de la guerra fría, menos espectacular que antes aunque más peligrosa ahora, que hará de naciones como Siria o Corea del Norte, puntos álgidos de la nueva estrategia militar.

Es el juego de las relaciones de fuerza y poder en el que un solo ejército intenta replegar a las demás naciones y reorganizar a la vez las reglas del juego internacional sin su ayuda notoria. En eso se percibe un poder global emergente. Pero, en apariencia domesticar la violencia del terrorismo por otra mucho mayor en aras de un interés nacional, fortalecerá la condición anárquica del sistema global, derogando de paso, las exigencias de la moralidad que deben aplicarse precisamente en aras de un mundo libre de las acciones terroristas.

Y en una condición que hace aún más difícil el escenario futuro. La fuerza militar norteamericana ha demostrado su grado de efectividad en gran medida sobre un componente tecnológico que dispone sin lugar a dudas. Sin embargo a la hora de evaluar resultados, prevalecen criterios bien distintos a los de estrategas clásicos, historiadores y por supuesto académicos.

Aparece un reacomodado discurso militar, que centra su atención en lo práctico y mide complejas situaciones de guerra, a través de resultados que desconocen lo que tanto se pregona: Que la guerra es un arte donde se involucran además de recursos, creencias sociales y conductas humanas impredecibles, que hacen de ella, algo que trasciende los cuadros comparativos de bajas efectivas, número de operaciones y acciones realizadas.

Resultados que adolecen del sentido político del que se hablaba en un comienzo. De ahí que las visiones de ciertos estrategas militares de hoy, se parezcan más a los de escuetos empresarios y gerentes efectistas que suelen analizar sus tareas a través de indicadores de gestión sin mayores consideraciones y sin intentar comprender las causas reales que motivaron el conflicto que intentan acabar. Es lo que ha hecho Donald Rumsfeld como secretario de Defensa de Estados Unidos en estos dos últimos años con las consecuencias que se ven a la vista.

Finalmente, en medio de una endeble popularidad del gobierno Bush, la inocultable inmoralidad de su guerra preventiva, y la fuerza creciente de una opinión pública que reconoce la incapacidad de Norteamérica para consolidar la paz en donde ha ganado la guerra, se percibe el asunto como una muestra evidente de su propia incapacidad para liderar un mundo que se ha hecho más complejo y en el que cabe aún la esperanza de la propuesta kantiana de su ensayo Por la Paz Perpetua en cuanto a que la paz es tarea bien difícil en el mundo pero vale la pena luchar por conseguirla.

*Profesor de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario
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