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| 1/9/1995 12:00:00 AM

EL MURO DE LA POBREZA

Cinco años después de la caída de la Cortina de Hierro, las expectativas de los europeos orientales para mejorar su nivel de vida están lejos de cumplirse.

QUE AÑOS LOCOS! PARECIERA QUE EL mundo ha acelerado sus revoluciones. Noviembre de 1989: caída del muro de Berlín y revolución de terciopelo en Checoslovaquia. Diciembre: en Rumania cae Ceausescu. Agosto de 1990: intento de golpe de Estado contra Gorbachov en la URSS. Diciembre de l990: la URSS deja de existir. Año 1992: empieza la guerra de Yugoslavia.

La caída del muro de Berlín hace cinco años fue una fiesta celebrada en todo el mundo, que contempló cómo se hacía trizas una de las aberraciones más grandes de la civilización moderna. Con el muro cayó la vieja Europa, la de la Guerra Fría, la de la división en dos bloques. Se esperaba que, a partir de 1989, Europa unida avanzara hacia adelante, sin guerras ni amenazas nucleares, en medio del progreso económico.

El saldo favorable es la libertad, aunque todavía tiene sus parches. Por fin, luego de décadas, polacos, checos y alemanes del Este pueden viajar a cualquier lado sin restricciones, aunque los rusos siguen necesitando invitaciones y visas para salir del país. Pero, en general, los jóvenes, los trabajadores, los ecologistas y las mujeres pueden decir lo que quieran, escribirlo o gritarlo en las plazas. Por fin salen a la luz tragedias como la de Katin, cuando el gobierno de Stalin mandó ejecutar a más de 10.000 oficiales polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

También cuenta a favor la independencia conquistada por muchas naciones. De nueve países que eran antes uno desapareció: Alemania del este, y tres se dividieron o estallaron (Checoslovaquia, Yugoslavia y la Unión Soviética). El resultado son los 27 nuevos que hoy (incluyendo los no europeos de URSS) aspiran a ser parte real y efectiva de la Europa próspera de Occidente. Algunos pasos se han dado: el campeonato de fútbol de Europa incluye ahora a Luxemburgo y Bielorrusia, a Eslovaquia y a Alemania.

Pero los sueños de armonía y orden, de progreso económico sostenido y de equiparación entre las dos europas se han esfumado: estalló la primera guerra en suelo europeo desde 1939, en el mismo lugar en que se iniciara la Primera Guerra Mundial, Sarajevo.

Cinco años después las promesas de ayer se han cumplido para una minoría, pero un nuevo muro parece erguirse en lo que fuera la antigua Europa del Este: el que separa a los ricos potenciales de los de finitivamente pobres. Esa frontera divide pueblos y Estados, unos que pueden contar con la bendición de la Europa occidental -Hungría, Polonia, Chequia, Eslovaquia y Eslovenia-; y otros que parecen condenados a quedar fuera de sus fronteras económicas- la mayoría de los países de la ex URSS, los Balcanes, Bulgaria, Rumania, Albania-.

LAS FRONTERAS DE LA POBREZA
Un informe del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) indica que el poder de compra de los ingresos familiares y las pensiones ha disminuido en toda la región en el período comprendido entre 1989- 1993, golpeando a las capas más pobres de la población y a los jóvenes. En cinco años, la parte de la población que vive por debajo del límite de la pobreza se ha multiplicado por dos o tres, según los países. Los salarios cayeron del 20 por ciento al 40 por ciento. El desempleo ha golpeado a una población no preparada para ello. En dos o tres años todos los países, salvo la República Checa, han llegado a un nivel de desempleo similar al de la Unión Europea -10 a 20 por ciento -con algunas regiones que llegan hasta el 40 por ciento. Los servicios de seguridad social que antes eran el orgullo de estas naciones, están siendo reemplazados por servicios privados de una mínima cobertura social.

Aunque ahora hay cierta recuperación, en toda la región el consumo de la población tuvo una caída sin precedentes de 15 a 35 por ciento, según los países, entre 1990 y 1992.

En todos hubo una brutal caída de la producción industrial y sólo ahora se ven signos de reanimación en algunos de ellos. Los de Europa central han logrado poco a poco estabilizar su economía, como Polonia, Chequia, Eslovenia y Hungría, pero aún así a un nivel de actividad 10 por ciento inferior a 1993 con una disminución del 6.5 por ciento de la producción y, si se retoma el crecimiento económico, será a un nivel hasta del 30 o al 40 menos que el de 1989.

La inflación se mantiene en un piso mínimo de un 20 por ciento anual en el Este, con picos dramáticos, como el 840 por ciento alcanzado por Rusia en 1993, sin contar los datos de Bielorrusia y Ucrania.

UN CASO APARTE
Rusia es un caso aparte. La caída de la producción (30 por ciento) es solo superada por la de Albania (40 por ciento). La crisis ha llegado a tal nivel que el periódico Izvestia acaba de informar que el país prácticamente dejará de producir ropa para niños y bebés. Es difícil imaginar una nación de 150 millones de habitantes, que hace poco era la otra gran potencia militar del mundo junto con Estados Unidos, donde no se producen o se están dejando de de producir producir pañales, jabones, desodorantes y pañales, champúes, mientras la población se acostumbra a comprar los productos que vienen de la China. Jacques Attali, ex presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y Desarrollo, definió a Rusia tras decir que "es el desastre". pues "no hay instituciones, no hay derecho de propiedad, no hay largo plazo". "Se hunde como el Titanic, con el Ejército en el rol de la orquesta".

La inversión extranjera se mantiene en niveles relativamente bajos: 2.700 millones de dólares, pues todas las grandes corporaciones del mundo dirigen sus ojos hacia la China (53.000 millones desde 1992). Los capitales que vienen no se dedican a la producción sino que se utilizan para comprar las empresas estatales al 1 por ciento de su valor en Europa o Estados Unidos. Por ejemplo, la venta de pozos petroleros a cuatro centavos de dólar por barril, contra un precio de 7.06 dólares en Estados Unidos, o la venta de la compañía telefónica por 116 dólares la línea cuando en Europa cada línea vale 2.083 dólares.

EL CONTRASTE
En Niza, el Hotel Negresco, uno de los más lujosos de la Costa Azul, ha izado el estandarte ruso entre las banderas británica y estadounidense.

Hace un siglo la nobleza que rodeaba a los zares frecuentaba la Costa Azul francesa. Pushkin, Tolstoi y Chejov también pasaron alguna vez por ese templo del lujo. Hoy, los rusos que frecuentan los hoteles de cinco estrellas de Niza no son nobles exiliados después de la revolución, sino funcionarios de la 'nomenklatura', es decir, del viejo poder comunista. En un año el número de turistas de Europa del Este aumentó un 84 por ciento en Niza y, en sus hoteles de cinco estrellas, uno de cada 20 clientes viene del ex bloque soviético. Algunos exigen limusinas con choferes que hablen ruso.

En el centro de Praga, en lo que fuera un monasterio medieval, se encuentra el Golen Club, del cual hacen parte 50 miembros elegidos entre la elite de la nomencklatura que ahora poseen ingresos millonarios, y en Moscú, el club nocturno Fellini pide 250.000 dólares como cuota de admisión.

Una leve recuperación económica sc observa el último año en el Este europeo. Sin embargo, la caída brutal de estos últimos cinco años ha abierto cada más el abismo que separa unos países de otros y unas gentes de otras. Polonia es vista como un oasis de riqueza por los habitantes de Bielorrusia, donde los salarios no suman 10 dólares. Varsovia, Praga, Budapest, y de alguna manera Moscú, rebosan con las nuevas mercancías. Pero a cambio de ellos, una gran desilusión se apodera de los millones que tuvieron la esperanza de cambiar su Lada por un Mercedes.-

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