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| 6/24/2002 12:00:00 AM

El muro

Por primera vez la derecha israelí y los palestinos están de acuerdo. Ambos deploran la construcción de un muro de seguridad en la franja occidental.

En la tarde del domingo pasado un ruido ensordecedor sacó a la calle a los habitantes de las poblaciones aledañas a Jenín, en la ribera occidental. Curiosamente no se trataba del ya familiar sonido de metralletas: entre una nube de polvo se veían varios buldózeres que comenzaron a aplanar el terreno para levantar una muralla que separará a Israel de la franja occidental. Con el muro, el gobierno israelí espera reducir las constantes incursiones de terroristas palestinos a su territorio.

La explicación oficial es que desde que empezó el último levantamiento palestino (o Intifada), en septiembre de 2000, los más de 70 hombres-bomba que se han inmolado, llevándose la vida de cientos de israelíes, provenían de la franja occidental, o Cisjordania, y ninguno de la franja de Gaza, donde ya existe un cerco de seguridad.

La primera fase del muro costará 200 millones de dólares y debe terminarse en ocho meses. Serán 120 kilómetros de trincheras y cercas eléctricas que separarán a las ciudades palestinas de Jenín, Tulkarem y Qalgilya de Israel (ver mapa). También está pensada una ampliación en una segunda fase para que el muro cubra toda la franja occidental. La cerca será custodiada por soldados a ambos lados y tendrá censores y cámaras que detectarán intentos de escalarla.

Seguirá a grandes trazos la llamada 'línea verde', que era la frontera que existía antes de la guerra de 1967, cuando Israel ocupó la franja occidental, aunque se internará en la franja en algunos trayectos para proteger mejor varios asentamientos judíos. Sin embargo esta demarcación, que el gobierno de Arabia Saudita y otros países árabes plantean como justa en una iniciativa de paz que Israel rechaza, le molesta mucho a la derecha israelí. Esta última teme que el muro termine convirtiéndose en la frontera política definitiva de Israel con un futuro Estado palestino.

Para muchos israelíes la construcción del muro sería contraria a la política de promover los asentamientos judíos dentro de la franja occidental. El mayor problema es que cerca de 200.000 judíos quedarían en el lado palestino de la muralla. Por esta razón el mismo primer ministro israelí, Ariel Sharon, fue hasta hace poco un convencido enemigo de la construcción del muro. Sólo recientemente, cuando una encuesta demostró que el 80 por ciento de la población israelí aprobaba la idea, Sharon dio el visto bueno para que comenzara la obra.

Sin embargo, para apaciguar las críticas internas, el secretario de Defensa israelí, Binyamin Ben-Eliezer, insistió en que la cerca no es una frontera política definitiva. "Tiene la clara función de defender la vida de los ciudadanos israelíes. Es una barrera. No es nada más, no es una frontera", dijo. Así mismo, mientras que la construcción del muro comenzaba, Ariel Sharon objetó una propuesta del presidente estadounidense George W. Bush para darles una soberanía limitada a los palestinos en algunos territorios de la franja occidental y Gaza. Según él, la consolidación de un Estado provisional palestino es imposible hasta que no cesen los atentados.

Pero lo curioso es que los palestinos tampoco se contentan con la posibilidad de que el muro se convierta en una frontera. Ellos desean control total sobre ambas franjas y que la capital del Estado que reclaman se encuentre en el este de Jerusalén. Por eso ven la construcción del muro como un nuevo mordisco por parte de Israel a 'su' territorio. Además a la Autoridad Palestina le preocupa que se restrinja en mayor medida el movimiento de sus ciudadanos. El muro representará también un problema económico para los que viven en la franja occidental y que trabajan en territorio israelí. Desde ya, cuando puestos de control y vehículos israelíes hacen las veces de barrera, estos palestinos han empezado a padecer las consecuencias de la división. Un joven que esperaba desde hacía 36 horas para ingresar dijo a una periodista de la cadena inglesa BBC: "Es mil veces mejor ir a Israel, explotarse y llegar al cielo que vivir así".

La indignación por la construcción de la muralla es tan grande que el ministro del gabinete palestino Saeb Erekat acusó a Israel de "empezar un nuevo sistema de apartheid peor que el que existió en Suráfrica" .Y el presidente palestino, Yasser Arafat, condenó el hecho como un "acto de racismo". Para los israelíes dichas acusaciones no tienen asidero. Según dijo a SEMANA Daniel Pipes, columnista del diario The Jerusalem Post, "la acusación de racismo es ridícula y la comparación con el muro de Berlín es casi tan tonta. El muro no es para mantener a la gente adentro sino para que se mantenga afuera".

La reacción estadounidense ante la construcción del muro ha sido bastante tibia. La más osada fue la primera dama, Laura Bush, quien dijo en una entrevista con un periódico local que no creía que la construcción de un cerco fuera una señal de paz duradera y que esperaba que hicieran "todo lo posible para vivir juntos". En cambio el vocero de la Casa Blanca Scott McClellan prefirió lavarse las manos diciendo que le correspondía a Israel tomar las decisiones sobre qué medidas eran necesarias para mantener su seguridad.

En todo caso aún no es claro que la construcción del muro significará una reducción de la violencia. Cual señal de mal augurio, desde que empezó la obra tres hombres bomba ya han penetrado en territorio israelí. El primero se murió pero no asesinó a nadie, el segundo mató a 19 personas e hirió a 70 y el tercero mató al menos a 7. En represalia, el ejército israelí reocupó indefinidamente varios territorios palestinos de la ribera occidental. El vicepresidente del Middle Eastern Institute, David L. Mack, dijo a SEMANA: "El muro es un paso atrás, y quizás uno permanente, al ideal de coexistencia cooperativa entre Israel y los árabes. También restringe el potencial de mutuos beneficios por una interdependencia económica entre Israel y un futuro Estado palestino".
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