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| 10/30/2010 12:00:00 AM

El nuevo ajedrez

Con la muerte del ex presidente argentino Néstor Kirchner y la elección en Brasil de Dilma Rouseff, el tablero continental cambia de la noche a la mañana.

Son días dramáticos en el Cono Sur. Los dos países más grandes de Suramérica concentran la atención mundial, en la misma semana, por cuenta de los trascendentales cambios políticos que los sacuden. En Argentina, la presidenta Cristina Fernández enviudó inesperadamente. El miércoles, la súbita muerte de su esposo y antecesor, el ex presidente Néstor Kirchner, no solo enlutó al país, sino que trastornó cualquier cálculo sobre las elecciones de 2011, en las que partía como favorito. Mientras tanto, en Brasil todo está dado para que el mandatario Luiz Inácio Lula da Silva entregue el poder en los comicios de este domingo 31 de octubre a su protegida, Dilma Rousseff, como la primera presidenta del gigante suramericano.

En principio, las dos mujeres parecen garantizar la continuidad. La argentina gobierna desde 2007, con un año todavía por delante, mientras la brasileña prolonga la administración del Partido de los Trabajadores (PT). Pero Cristina y Dilma se preparan para manejar el poder en condiciones que desconocen. Los kirchneristas se sienten huérfanos, pues para muchos Néstor nunca dejó la Presidencia y gobernaba en la sombra. Los seguidores de Lula, aunque lo sienten presente, temen que la nueva presidenta no sea capaz de mantener ni el proyecto ni los niveles de popularidad de su mentor.

Luto argentino

En Argentina no murió un ex mandatario sino un hombre que representaba la mitad del sistema político. Diputado, secretario general de la Unasur, presidente del Partido Justicialista, ministro de Economía en las sombras, Kirchner estaba en todo. Su prematura ausencia deja un vacío de poder.

El primer espacio por llenar está en el Ejecutivo, pues él era el verdadero poder. Cristina está ante el desafío más importante de su carrera. El problema, como dijo a SEMANA el analista Carlos Pagni, es que "la sucesión Kirchner-Kirchner, que debería haberse celebrado hace tres años, se precipita ahora, bajo la forma de un duelo. Lo emocional y lo institucional se entrelazan y agregan azar a este proceso".

Un segundo agujero está en la jefatura del Partido Justicialista, en el que se había formado una oposición que buscaba un candidato alternativo. Esto lleva a uno de los principales dolores de cabeza de los Kirchner: el conflictivo frente sindical, pilar del poder presidencial, alborotado como un avispero tras el asesinato, la semana anterior, de un joven militante de izquierda por una 'patota' sindical, lo cual despertó la indignación nacional. Este fue posiblemente uno de los factores que aceleraron los problemas cardíacos de Néstor.

El tercer hueco será en la economía, pues Néstor manejaba sus hilos. Los expertos se preguntan qué pasará con la inflación de 25 por ciento (una de las más altas del mundo), el precio del dólar y las inversiones si el barco no tiene quién lo dirija en la tormenta.

Por último, quedan todos los conflictos que dejó como una pesada herencia. Para el analista Rosendo Fraga, Kirchner deja a Cristina enfrentada "con el sector productivo más importante del país, que es el campo, y también en conflicto con el sector industrial; en mala relación con la Suprema Corte, como lo evidencian los fallos recientes, y enfrentado con el Congreso, como lo muestra el último veto; en conflicto con la Iglesia católica y en guerra con los principales medios privados".

Los Kirchner lideraron la recuperación social y económica de Argentina. Ahora la viuda debe decidir si busca la reelección. Para el analista Ricardo Rouvier, el fallecimiento del ex presidente "la coloca frente a un desafío mayúsculo. Para el kirchnerismo, ella es la única candidata confiable para continuar lo iniciado en 2003". La otra orilla también está en reacomodo, y es difícil medir la verdadera fuerza de la oposición. Por lo pronto, en pleno sepelio, Hugo Moyano, dirigente de la poderosa Confederación General del Trabajo (CGT), lanzó la candidatura de Cristina. La gran incógnita es qué tipo de política será en la ausencia de su otra mitad.

La mujer de Lula

En el vecino Brasil también se avecina el cambio, pues Lula se prepara para entregar el poder a finales de año al ganador de una segunda vuelta en la que las encuestas pronostican una cómoda victoria para Rousseff. En pocas ocasiones un padrinazgo político es tan inequívoco. Tanto que muchos comentaristas hablan del "creador" y la "criatura".

Lula entendió que se podía dar ese lujo. El "político más popular de la Tierra", como lo bautizó Barack Obama, se ha convertido en un símbolo de la transformación del gigante suramericano, que exhibe su flamante estatus de poder emergente, ha sacado a decenas de millones de la pobreza y pone la primera letra de los Bric, el grupo de países llamados a liderar la economía mundial. Lula, el obrero iletrado que se transformó en estadista, el niño pobre del nordeste que migró a São Paulo y enfrentó a la dictadura como líder sindical, se convirtió en un mito. Al punto que se hizo una película sobre su vida, Lula, o filho do Brasil (Lula, el hijo de Brasil). Su historia es la historia del PT. La de Dilma, no.

Hija de una maestra de escuela y un inmigrante búlgaro, Dilma creció en un hogar de clase media alta, a diferencia de Lula, y estudió en un tradicional colegio femenino de Belo Horizonte, donde enseñan francés. Después, cuando se cambió a una escuela pública con un activo movimiento estudiantil, inició su militancia contra el gobierno militar y, más adelante, se sumó a la lucha armada. En la clandestinidad usó diferentes alias, como 'Marina', 'Wanda' y 'Patricia', hasta que la capturaron en São Paulo y la torturaron durante 22 días. Después pasó tres años en la cárcel. La policía política de la época guardó durante décadas la foto de la ficha de arresto donde salía con anteojos de marco grueso y mirada altiva. Hoy ese retrato está impreso en las camisetas de los jóvenes del PT.

Dilma estudió Economía en la universidad, también a diferencia de Lula, y en los inicios de su carrera fue secretaria de Minas y Energía del estado de Rio Grande do Sul. Solo en 2001 se afilió al PT, y al año siguiente conoció a Lula, recién elegido presidente, y lo impresionó con su laptop y su conocimiento técnico. La nombró ministra de Minas y Energía. Cuando los escándalos de corrupción derribaron a los principales nombres del PT en 2005, el poder de Dilma creció. Asumió la jefatura de la Casa Civil y desde allí se convirtió en la mano derecha de Lula, hizo parte de la junta de Petrobras y lideró el millonario Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), que la oposición juzgó como una estrategia electoral. El Presidente mantuvo su apoyo incluso cuando le encontraron un cáncer linfático, que superó a tiempo para meterse de lleno en la campaña. Todo apunta a que Lula acertó, sin embargo, muchas cosas podrían cambiar. La "criatura" tendrá vida propia una vez en el poder.

"Lula, que fue el activo principal de Dilma en el periodo electoral, quizás el único, pasa a ser un problema para ella tan pronto gane la elección -dijo a SEMANA Clóvis Rossi, uno de los periodistas más prestigiosos de Brasil-. Es imposible para ella llegar al 80 por ciento de popularidad", agregó, pues buena parte de esa aceptación es personal y corresponde al 'hijo de Brasil'. Dilma no tiene ese carisma, y a pesar de la prometedora situación económica, el desgaste puede ser inevitable. De entrada, habrá un fuerte cambio de estilo, pues Lula es campechano, caluroso y efusivo, mientras que Dilma es fría y rigurosa. Él es un gran comunicador; ella, no. Y la sombra de un posible regreso de Lula en 2014, permitido por la Constitución, le va a hacer sombra.

Hasta las presidenciales, Dilma no tenía grandes victorias ni derrotas políticas porque nunca había participado en una elección. Aún es un misterio qué tanto vuelo tendrá. Sus amigos le han recomendado a Lula que se ausente por lo menos los primeros meses. La ex guerrillera con fama de tecnócrata tendrá que caminar con sus propias piernas.

Cristina y Dilma tendrán que demostrar su liderazgo al frente de los dos países más grandes del continente. Toda una prueba de carácter.
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