Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/09/02 00:00

El nuevo califa

Con sus últimas jugadas, Mahmoud Ahmadineyad, el presidente de Irán, se ha convertido en el líder musulmán más influyente y el enemigo número uno de Estados Unidos.

Este hombre de apariencia insignificante se ha convertido en el león del Oriente Medio. Y ha puesto a soñar a los musulmanes con el antiguo califato. A la derecha, la instalación nuclear de Isfahan

El presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad se ha convertido en el centro de atención mundial con sus salidas cada vez más sorprendentes. En una de sus escasas ruedas de prensa, la semana pasada le volvió a lanzar una carga de profundidad a George W. Bush al retarlo a un debate sobre los problemas mundiales, "en directo y sin censura, sobre todo en Estados Unidos".

La insólita propuesta, que complementó una invitación anterior a diálogos "sin precondiciones", fue rechazada por Washington. Para el gobierno norteamericano, Ahmadineyad trataba en realidad de evadir la fecha límite impuesta por el Consejo de Seguridad de la ONU a Irán para que suspendiera su programa nuclear que, según Estados Unidos y sus aliados, es la antesala de la bomba atómica iraní. Pero al final de la semana, el ex alcalde de Teherán había ganado una nueva batalla diplomática sin ceder un ápice en la defensa del derecho de Irán a la energía nuclear para fines pacíficos. Con todo y su retórica desafiante, el iraní quedó como la parte que plantea las vías diplomáticas, mientras Bush continúa empeñado en un ultimátum militar que recuerda el proceso que se vivió antes de la invasión a Irak.

Si algo quedó demostrado es que Ahmadineyad no es ningún Saddam Hussein, ni Irán es Irak, ni los tiempos son los mismos que se vivían antes de la invasión. Cuando Ahmadineyad desafía a Estados Unidos no lo hace como lo hacía Hussein, con frases huecas. El iraní no está dispuesto a cometer los errores de Saddam, quien creyó que cumplir las exigencias norteamericanas evitaría ser atacado. Y muestra una audacia que lo convierte en un actor global, cuando la paz del mundo parece pender de una cuerda vieja que pierde hilos todos los días.

Cualquiera que analice la situación de Irán tendría que concluir que sólo al adquirir armamento nuclear equilibraría la balanza con sus vecinos India y Pakistán, pero sobre todo, con su enemigo Israel, que hace rato tienen bomba atómica. Y que desde que tiene a su mayor adversario como potencia ocupante de Irak, esa urgencia se haría aún mayor. De ahí que Ahmadineyad mantenga una posición inflexible sobre su programa nuclear, no necesariamente porque quiera tener la bomba, sino para proyectar la idea de que puede desarrollarla.

El Presidente iraní habla con arrogancia, porque lo hace desde una posición fuerte que ha ido edificando desde cuando asumió la línea dura contra Estados Unidos e Israel, tras ser elegido en 2005. No sólo es radical porque es un devoto chiíta que espera la llegada del Mehdi, la especie de mesías islámico que gobernará el planeta a nombre de esa fe. También porque sabe que el mundo musulmán venera a un líder capaz de enfrentar a esos dos 'satanes'. Y porque ante la amenaza de Estados Unidos, sabe que sólo sobrevivirá si mantiene una posición firme basada, entre otras cosas, en las relaciones de conveniencia mutua que ha cultivado con sus vecinos y con otros actores clave, como China y Rusia.

Y ello le ha dado resultado, sobre todo desde cuando Israel no pudo destruir a la milicia de Hezbolá en Líbano. Ese éxito de un grupo creado y financiado por Irán acabó con el mito de la supremacía militar israelí, y encumbró a Ahmadineyad en una posición de privilegio en el mundo musulmán, tanto chiíta como sunita. Su figura ha llegado a ser comparada con la del egipcio Gamal Abdel Nasser, famoso porque tuvo la osadía de nacionalizar el canal de Suez en 1956.

En el campo interno, su postura antiestadounidense le ganó el favor del gran ayatola Alí Khamenei, la autoridad religiosa que en la compleja escena del poder iraní tiene la última palabra y cuyo apoyo le ayudó a derrotar en las urnas a su adversario Ali Hashemi Rafsanjani. Y también le permitió ganar un sólido apoyo popular sustentado en credenciales impecables. Porque como dijo a SEMANA David MacMichael, ex analista de la CIA, "en los estándares del Oriente Medio, Ahmadineyad podría ser el gobernante elegido por medios más democráticos". Y porque "en Irán aún recuerdan el golpe de la CIA contra el gobierno nacionalista, democrático y parlamentario de Mohammed Mosadegh en 1953, que había osado renegociar la concesión leonina con la Anglo Iranian Oil Company para la explotación del petróleo iraní. Ese golpe llevó a 25 años de reinado opresivo del Sha bajo el cual Irán se convirtió en una cuasicolonia norteamericana", dice MacMichael. El hecho de que Ahmadineyad participara en el movimiento que tumbó al Sha y expulsó a los norteamericanos lo convierte en un héroe a los ojos de su pueblo.

A eso se agrega que el hoy Presidente también luchó en la guerra que Irán libró contra el Irak de Hussein en los 80. Esa agresión iraquí, como recordó MacMichael a esta revista, "fue alentada, financiada y militarmente asistida por Estados Unidos y el Reino Unido y por ella murieron centenares de miles de iraníes". A pesar de que no contaban con casi todos sus oficiales, que huyeron con el Sha, las fuerzas armadas iraníes lograron frenar a Saddam. Ahmadineyad conoce de primera mano la capacidad de sus soldados, lo cual le agrega seguridad a sus palabras. Y cuando habla de defender el suelo patrio, sus palabras están cargadas de autenticidad.

El problema actual

Las mismas condiciones que consolidan la popularidad de Ahmadineyad en su país y en el mundo islámico le convierten en el enemigo perfecto para Estados Unidos. Este país sostiene que alguien que habla tan duro (amenazó con borrar a Israel del mapa) es una amenaza para la paz mundial. El problema es que el proceso de enriquecer uranio, básico para la energía nuclear, se puede refinar hasta convertirlo en el material necesario para la bomba. Washington ha mantenido presión sobre la comunidad internacional para convencer a sus aliados de que el proyecto iraní enmascara una intención bélica. Tanto, que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el 31 de julio una resolución que le dio a Teherán un mes para suspender el enriquecimiento de uranio, so pena de enfrentar sanciones.

Pero aunque previamente los miembros permanentes del Consejo más Alemania le habían ofrecido un paquete de estímulos y la entrada a la Organización Mundial del Comercio a cambio de esa suspensión, Irán se negó y a cambio planteó "negociaciones serias y sin precondiciones", incluido el pintoresco reto a Bush. En contraste, Washington sigue advirtiendo que no tolerará una amenaza estratégica para Estados Unidos. En palabras de George Perkovich, del Carnegie Endowment for International Peace, citado en el último número del Power and Interest News Report, "un Irán armado con bombas atómicas podría apoyar más libremente a Hezbollá, a Hamas y a la Jihad Islámica, confiada en que su armamento la protegería de cualquier retaliación".

Pero Ahmadineyad cuenta con que la credibilidad de Estados Unidos está muy afectada por las mentiras comprobadas que justificaron el ataque contra Irak. Y, como dijo a SEMANA Jacquie Cabasso, directora ejecutiva de la Western States Legal Foundation, una ONG pacifista, "mientras hay reportes creíbles de la existencia de planes de Estados Unidos para invadir a Irán, este país no ha invadido a ninguno en 250 años. Pero según el Centro de Historia Naval de la marina norteamericana, Estados Unidos ha intervenido militarmente en el extranjero más de 240 veces en su historia de 230 años. Así que ¿quién es la mayor amenaza?"

Ahmadineyad tampoco les teme a las sanciones que se ventilarán en el Consejo de Seguridad en las próximas semanas. Cuenta con el veto que interpondrían sus socios Rusia y China. Y su defensa es sólida, pues como signatario del Tratado de No Proliferación, su país está en su derecho de tener reactores para efectos energéticos. Además los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (Aiea) no han encontrado pruebas de que sus instalaciones estén en capacidad de enriquecer uranio para fines militares, por lo que el Consejo de Seguridad no tendría justificación legal para imponer sanciones ni para obligar a Irán a renunciar a sus privilegios.

Fue en ese contexto que criticó en su rueda de prensa que ese Consejo siga dominado por las cinco potencias ganadoras del último conflicto mundial hace 60 años. Con ello se puso del mismo lado de India, Brasil y otros países que vienen desde hace algún tiempo pidiendo un lugar en el Consejo con ese mismo argumento.

Pero además, Ahmadineyad habla con la confianza que le dan las ventajas que, irónicamente, convirtieron a Irán en el gran beneficiado por las invasiones a Afganistán y a Irak. La primera derrotó al odiado Talibán, y le permitió ejercer de nuevo su influencia sobre los chiítas de ese país. Y la caída de su archienemigo Hussein le permitió proyectar su presencia en el otro país de mayoría chiíta en el mundo islámico. Tanto, que hoy Irán ejerce una influencia más efectiva en Irak que el propio Estados Unidos, con todo y su ocupación militar.

Por todo eso, los planes militares de Estados Unidos, que han sido reportados por periodistas tan respetados como Seymour Hersch, parecen cada vez más difíciles. Los analistas señalan que de ser atacado, Irán podría desestabilizar a Irak con las milicias chiítas como la del clérigo Moqtada al Sadr, enviar sus propias fuerzas a combatir contra las cansadas tropas de Estados Unidos en ese país, reactivar el bombardeo de Hezbollá e incluso usar sus propios misiles de largo alcance contra Israel.

Todas esas lúgubres especulaciones se suman a que el público norteamericano está cada vez más dividido sobre la conveniencia de que Bush siga adelante con su política agresiva en el Oriente Medio, a que las fuerzas armadas de Estados Unidos están en su límite en cuanto a su despliegue internacional y a que el tema del petróleo es cada vez más angustioso. En ese sentido, el profesor John Robertson, de la Universidad de Michigan, conceptuó a SEMANA que "las sanciones económicas contra Irán podrían hacer que el precio del petróleo se disparara". Y una agresión militar podría hacer que se suspendiera el suministro de uno de los mayores productores mundiales, a lo que se sumaría el bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasan los tanqueros que proveen a la mayoría de los mercados.

Al final de la semana, parecía completo el éxito de Ahmadineyad. Aunque consideró insuficiente la respuesta iraní a sus demandas, la Unión Europea se disponía a sentarse a adelantar unas "verdaderas negociaciones" con Irán, y desestimaba, al menos por ahora, las intenciones de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, para dar la oportunidad a la vía diplomática. De esa forma, el fantasma de las sanciones económicas parecía alejarse. El iraní, navegando en la cresta de la ola de su poder, había logrado de nuevo frenar fuerzas más poderosas que las suyas. Hasta cuándo seguirá haciéndolo, es una pregunta abierta en un mundo cada vez más peligroso.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.