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| 8/20/2011 12:00:00 AM

El nuevo Gandhi

Un pacifista, en huelga de hambre contra la corrupción, tiene nervioso al gobierno de Nueva Delhi.

En India, una huelga de hambre nunca se debe tomar a la ligera. Hace 64 años, Mohandas Gandhi hizo temblar al Imperio británico con esa sencilla arma e independizó a su país. Hoy, Anna Hazare, un asceta y pacifista de 74 años, arropado en túnicas blancas de algodón, discípulo de la desobediencia civil, está siguiendo los pasos del Mahatma. Con su ayuno indefinido contra la corrupción endémica de los políticos, llama a una "segunda guerra de Independencia" y tiene erizado al gobierno.

El menudo Hazare logró captar la atención nacional en abril, cuando dejó de comer cuatro días en el parque Jantar Mantar, uno de los sitios más concurridos de la capital Nueva Delhi. Su batalla, que cada día atraía a más simpatizantes, concluyó cuando el gobierno incorporó representantes de la sociedad civil al proceso para adoptar un nuevo código anticorrupción.

Pero ya fuera del escrutinio de la opinión pública, los políticos dieron discretamente marcha atrás. No contaban con la determinación de Hazare, que el martes pasado anunció que esta vez ayunaría hasta la muerte. "Es tiempo de hacer o morir. El gobierno está tratando de engañar al pueblo de este país. No vamos a dejar que eso pase", dijo Hazare a medios de su país.

La respuesta de las autoridades fue obtusa, represiva e inepta. Prohibieron la huelga y encarcelaron a Hazare por desobediencia. Cuando, unos días después, dieron marcha atrás y lo liberaron, ya era demasiado tarde. Seguidores furibundos se multiplicaron por todo el país, con bandanas atravesadas que decían: "Yo soy Anna". Varios gurús famosos también se unieron a su causa, más de 2.500 personas han sido arrestadas en manifestaciones de apoyo y muchos amenazan con seguir su ejemplo. Es claro que para el palacio Panchavati, la residencia del primer ministro Manmohan Singh, el problema se salió de control.

Esta no es la primera batalla de Hazare. Después de una infancia difícil en una familia pobre y numerosa, en 1962 fue reclutado en el Ejército. Cuenta que después de sobrevivir a un ataque paquistaní en la disputada región de Cachemira, donde fue uno de los pocos sobrevivientes de su unidad, vislumbró por primera vez su misión vital. Unos años después, se encontró en la estación de tren de Mangalore un libro de Vivekananda, un monje hindú del siglo XIV, filósofo y activista social, que lo inspiró con su visión de que el bien reside en cada alma y de que servir a los hombres es servir a Dios.

Volvió a Ralegan Siddhi, su pueblo, plagado por la pobreza, el hambre y la sequía. Implementó medidas de conservación del agua y de reforestación, combatió el alcoholismo, reorganizó la producción agrícola. En pocos años logró que Ralegan Siddhi, donde vive soltero y asceta junto al templo, se volviera un modelo que hoy es citado como ejemplo por el Banco Mundial.

Sus métodos y denuncias contra la corrupción también lograron la renuncia de políticos locales. Pero esta vez, su batalla parece haber pasado un escalón superior, pues en India ya muchos hablan de que podría ser un punto de inflexión.

Para combatir la corrupción, propone una entidad independiente del gobierno que administraría justicia a alta velocidad y tendría el poder de investigar y perseguir funcionarios, jueces y políticos, incluido el primer ministro. Sus opositores dicen que aunque bien intencionadas, sus propuestas son populistas y crearían una Gestapo autoritaria.

Desde los noventa, India ha cambiado más rápido que nunca en su historia. Su PIB dobló en una década y una ambiciosa clase media emergió. Sus habitantes quieren avanzar, pero se estrellan con la corrupción, enquistada a todos los niveles. En el último año, estallaron numerosos escándalos, como la venta de licencias de telecomunicación muy por debajo de su valor real o las irregularidades en la organización de los juegos de la Commonwealth de 2010. Pero es tal vez la corrupción diaria, la del policía, la del funcionario menor, la del juez, la del burócrata, la que tiene exasperados a los indios.

En 1944, el virrey británico Lord Wavell escribió en su diario, temeroso, que si dejaba morir de hambre a Gandhi en prisión, "podría terminar con la misma reputación que Poncio Pilatos". Una reflexión que, sin duda, acecha a Singh cuando ve a Hazare ayunando en un parque de Nueva Delhi.
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