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| 10/27/1986 12:00:00 AM

"EL OBJETIVO HA SIDO DESTRUIDO"

Con ese título, aparece un libro en EE.UU. que demuestra que los rusos le dispararon al jet coreano creyendo que era una nave espia y no comercial

El impacto que causó en la opinión mundial el derribamiento de un Jumbo de la Korean Ail Lines (KAL) con 269 pasajeros por un caza soviético en la madrugada de 1° de septiembre de 1983, puede ha berse disipado. Pero jamás olvidado Y menos después de las revelaciones y acusaciones que a renglón seguido se apresuraron a proferir tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética incriminándose mutuamente.

Es difícil no recordar la indignación con que se pronunció el usualmente calmado secretario de Estado George Shultz, cuando expresó 1 "repulsión" de los Estados Unidos por tal "acto de barbarie" como lo calificara el propio presidente Ronald Reagan. O borrar de la memoria la frialdad con que la Unión Soviética quiso en primera instancia negar el incidente y posteriormente justificarlo, aduciendo que se trataba de un vuelo de espionaje, disfrazado de vuelo comercial por los servicios de inteligencia americanos. Y por ende, eran ellos los culpables de la muerte de pasajeros inocentes, al haberlos involucrado sin su conocimiento en un deliberado acto de espionaje.

La reacción mundial, la citación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, las versiones que iban y venían sobre un eventual rompimiento diplomático entre los EE.UU.
y la URSS, pero ante todo, la incertidumbre generalizada sobre lo que en realidad había ocurrido, marcaron un hito en las relaciones entre las dos superpotencias.

Ahora, tres años después, un libro recientemente publicado en los Estados Unidos, "El objetivo ha sido destruido" (The Target is Destroyed) revela sin embargo, que más que oscuras conspiraciones, detrás del incidente del avión de la KAL hubo fatídicos errores de parte y parte. Escrito por Seymour Hersh, un porfiado investigador que por su labor se hizo merecedor del Premio Pulitzer en otra ocasión, el libro arroja luces sobre hechos que hasta ahora ninguna otra de las cinco publicaciones realizadas sobre el tema, había logrado vislumbrar, y que ciertamente no dejan bien librada a ninguna de las dos potencias.

El autor comienza con una convincente demostración de que, si bien los soviéticos cometieron una imperdonable falta a su propio reglamento al disparar contra el avión antes de que fuera plenamente identificado, ellos creyeron, y tenían razón para creerlo, que se trataba de una aeronave perteneciente a los servicios secretos americanos, como la que había estado patrullando cerca de la península de Kamchatka, poco antes de que el avión de la KAL apareciera en el radar. Con ello, se desvirtúa la acusación americana contra la URSS, según la cual, los soviéticos sabían que le estaban apuntando a un avión de pasajeros y que, aun así, ordenaron al piloto disparar.

Pero lo que resulta aún más sorprendente es que, según el libro, tanto Shultz como sus más cercanos asesores, a pesar de que pronto se dieron cuenta de que el cargo formulado contra la URSS era bastante injusto, no lo rectificaron y, por el contrario, lo utilizaron con afán propagandístico, valiéndose de datos incompletos de inteligencia para tratar de apoyar sus afirmaciones.

Con su deliberado silencio, asegura Hersh, Shultz logró afianzarse dentro del gobierno como un hombre de línea dura, mientras conseguía para la administración, una victoria en su campaña para desacreditar a los soviéticos.

Sobre la actitud de la URSS, el balance tampoco es muy favorable.
Además de la fatal confusión en que incurrieron sus técnicos, el haber negado primero el incidente y luego haber aseverado que se trataba de un caso de legítima defensa frente a un acto de espionaje, no la colocan en una posicion muy diferente de la de los EE.UU. Presta a lavarse las manos y a emprender también todas las baterias contra su rival, la URSS no logró probar jamás que se trataba realmente de un caso de espionaje.

Aunque en el caso, como en todos los de incidentes similares, no se podrá decir nunca la última palabra, lo cierto es que si algo queda claro después del libro de Hersh, es la irresistible tentación que las dos superpotencias sienten en los momentos de crisis de pensar lo peor la una de la otra y, lo que es más grave, de lanzarlo al aire irresponsablemente sin importarles mucho que con ello pongan al mundo entero a pender de un hilo.--
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