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| 4/21/2012 12:00:00 AM

El odio al banquillo

El juicio contra Anders Breivik determinará si va a una cárcel o a un asilo. Pero sobre todo va a ser para Noruega una dolorosa, aunque necesaria, catarsis.

A las 9 y 40 de la mañana del lunes, la Corte del Distrito de Oslo quedó atrapada en un pesado silencio. Anders Breivik, el noruego que asesinó a 77 personas el 22 de julio pasado, entró sereno, con su barba tallada y con un sobrio traje negro. Saludó a las cámaras con su puño extendido y dijo: “no reconozco el tribunal, obtuvo su mandato de gobiernos que apoyan el multiculturalismo. Reconozco los hechos, pero no soy culpable, lo hice por necesidad”. Una advertencia de lo difícil que serán estas diez semanas de juicio para Noruega, nación que quedó desgarrada por los crímenes de Breivik, los peores en su historia.

Su culpabilidad no se discute, pues desde el primer día Breivik reivindicó sus ataques, una bomba en el centro de Oslo y la masacre de 69 personas en la isla de Utoya, donde se reunían las juventudes del Partido Laborista. Sostuvo que “lo haría de nuevo” y se ufanó de lograr “el ataque más espectacular y sofisticado en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”. Insistió en que los militantes que asesinó “no eran inocentes, trabajaban en pro de los valores multiculturales” y los comparó con las Juventudes Hitlerianas.

Ni una emoción afectó la cara de Breivik. No se movió cuando los magistrados nombraron a sus 77 víctimas. Tampoco pestañeó cuando la Fiscalía presentó la angustiosa llamada de Renate Taarnes murmurando “ya viene, ya viene”, mientras se escondía en un baño de Utoya. Solo se le escaparon un par de lágrimas cuando proyectaron el delirante manifiesto antiislámico y ultranacionalista que subió a YouTube. Según confesó, “lloré porque sentí que mi país y mi grupo étnico se están muriendo”.
Añadiendo una contradicción más a su tortuosa ideología, sostuvo que se había inspirado en la “metodología” de Al Qaeda y que los nazis no eran un ejemplo, pues “están manchados de sangre”. Contó que viajó a Liberia en 2002, donde conoció a un “héroe” nacionalista serbio, buscado por crímenes de guerra. Dijo, además, que practicó jugando Call of Duty, un juego de computador bélico.

Insistió en que su movimiento, los Caballeros Templarios, tenía otras células que “pueden atacar en cualquier momento”. También indicó que el objetivo de las bombas era “acabar con el gobierno noruego, incluido el primer ministro”. Entre sus planes estaba decapitar a Gro Harlem Brundtland, una exprimera ministra, y atacar el Palacio Real, la Alcaldía y varios periódicos. Al final desistió porque “hacer una bomba era mucho más difícil de lo que pensaba”. Por eso asaltó Utoya, sabía que la isla era una trampa y que el mar iba a ser “un arma de destrucción masiva” donde muchos se ahogarían tratando de huir. Fríamente, concluyó que en Utoya “no quería matar a 69, el objetivo era matarlos a todos”.

Uno de los peores momentos del juicio, fue la descripción de la masacre. Breivik advirtió “va a ser horrendo, es mejor que la gente salga”. Contó que cuando “cogí mi rifle, había 100 voces en mi cabeza diciendo: ‘no lo hagas, no lo hagas’. Pero pensé, es ahora o nunca”. Y empezó el ataque. Engañó a los militantes, preguntándoles “¿Dónde está el terrorista?”, cuando se acercaron, los mató. Explicó que “grité ‘¡Marxistas, van a morir hoy!’, y me fui detrás de ellos. Uno de ellos estaba escuchando su iPod. Me acerqué en silencio y le disparé en la cabeza”. También detalló que “uno suplicó ‘por favor, amigo’. Le disparé”. El horroroso relato de 90 minutos conmovió a toda la Corte. Varios familiares de las víctimas se retiraron, asqueados por la insoportable descripción.

Cada palabra, cada gesto será sopesado ya que el caso no se centra en demostrar su culpabilidad sino su responsabilidad. En noviembre, un informe sostuvo que “sufría de psicosis”, pero después otro médico estimó que estaba cuerdo. La estrategia del asesino es demostrar que actuó de manera lúcida, con conocimiento de las consecuencias, pues pretende ser un “modelo”. Retador, dijo que merece la pena de muerte o la absolución y que los 21 años de prisión que podría enfrentar son un “castigo patético”. También podría ser internado de por vida en un asilo psiquiátrico, un destino que es “peor que la muerte”.

Breivik no solo está reviviendo los terribles momentos que atravesó el país, sino que muchos sienten que le están dando una tribuna a un peligroso extremista. Decenas de familiares de las víctimas y sobrevivientes ni siquiera se han atrevido a asistir a la Corte. Incluso varios medios locales están limitando la cobertura, pues dos de cada tres noruegos piensan que ya han hablado suficiente de Breivik y preferirían pasar la página. Sin embargo, Noruega tiene la obligación de atravesar esta prueba. Como dijo Bjørn Magnus Jacobsen, uno de los sobrevivientes, “es importantísimo escucharlo, comparte esta mentalidad con mucha gente. Es esencial entenderlos para poder combatir con ideas a los futuros extremistas”.
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