Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1986/03/10 00:00

EL OSO ISRAELI

En un intento por capturar al jefe guerrillero Abu Nidal, los servicios secretos israelíes detienen avión comercial

EL OSO ISRAELI

Son las once horas del martes 4 de febrero. El piloto libio ve de pronto cómo cuatro cazas norteamericanos tipo F-16, con la estrella de David pintada en el timón de cola, se acercan a su bimotor civil tipo Gulfstream. Uno de ellos, el más próximo, diestramente hace un gesto inconfundible en el lenguaje cifrado de la navegación aérea: dos breves inclinaciones o "golpes" de ala. La orden es, pues, clara: "Sígannos". Temiendo una señal más drástica, el piloto acepta. Cambia el rumbo de su aparato y dócilmente se deja escoltar por los israelíes. Abajo, los controladores aéreos de la isla de Chipre, ante quienes se acaba de reportar el pequeño jet blanco, pierden el contacto. Media hora más tarde, los cuatro aviones de combate y su rehén aterrizan en el aeropuerto militar de Ramat David, en Haifa, alta Galilea.
El avión capturado había decolado de Trípoli ese día, a las 9 de la mañana, y se dirigía a Damasco. A bordo se encontraban doce personas, nueve pasajeros sirios y la tripulación. Tel Aviv, en cambio, sospechaba que allí viajaban "personas que han participado en ataques contra Israel". Las informaciones, producidas por sus servicios de espionaje, eran erradas.
Sin mostrar mayor preocupación por el escándalo internacional que va a causar el nuevo desvío de un avión civil, el Estado hebreo da la orden, sólo para encontrar que, en lugar de terroristas palestinos, el avión llevaba cinco políticos sirios, dos milicianos libaneses de baja graduación y un tímido secretario del partido Baas, Abdulla al-Ahmar. Frustrados y sin trofeos, los captores permiten al aparato libio abandonar el país con todos sus pasajeros a las 4:45 de la tarde.
Después de sostener una censura de prensa de cinco horas, las autoridades israelíes admiten el fracaso. "No logramos nuestro objetivo", dice ante el Parlamento israelí, Yitzhak Rabin, ministro de Defensa. Sin embargo, Yitzhak Shamir, ministro de Relaciones Exteriores, esa misma mañana, antes de que el mundo se enterara del secuestro, había anunciado, eufórico, la captura de Abu Nidal-el temido dirigente palestino que reivindica numerosos atentados anti-israelíes, incluida la masacre de diciembre pasado en los aeropuertos de Roma y Viena- y pedido a Estados Unidos emprender acciones no sólo contra Libia sino también contra Siria, a quien acusó de apoyar el terrorismo.
La verdad es que ese fin de semana varios jefes palestinos de línea dura habían estado reunidos en la capital libia bajo los auspicios del coronel Khadafi. ¿El propósito? Estudiar los pasos a dar hacia la creación de una fuerza capaz de golpear intereses norteamericanos en caso de ataque a alguna nación árabe. George Habash, secretario general del Frente Popular de Liberación Palestino (FPLP), Ahmed Jibril, jefe del FPLP -Comando General, Abou Moussa, jefe del Al Fatah disidente y George Haoui, secretario general del PC libanés, habrían estado en tales conversaciones, según los burlados servicios de espionaje de Israel.
Visiblemente molesto por el fiasco, Shamir consoló a sus compatriotas con una promesa: "Llegará el día en que Israel capture a Abu Nidal". ¿Dónde va a atacar?, le preguntaron entonces los periodistas. "Usen su imaginación", les respondió.
Pero será en el escenario internacional en el que el gobierno de Shimon Peres tendrá que encarar los mayores problemas. El gobierno sirio hizo saber que "no dejará pasar esta agresión sin dar a sus autores una lección conveniente", y anunció que pedirá una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la ONU para estudiar el caso. Libia, Jordania, Irak, Egipto, la Liga Arabe y la OLP condenaron la acción israelí, mientras que Washington, distanciándose de Tel Aviv, decía estar en contra "de la intercepción de aviones en tiempo de paz" y que estos actos sólo se justifican en casos "excepcionales" y ante "pruebas muy claras de que hay a bordo terroristas". Estollamó la atención, pues Estados Unidos en octubre pasado respaldó el ataque de la aviación israelí contra un edificio de la OLP en Túnez y viene sosteniendo la tesis de las "acciones ofensivas contra el terrorismo", mediante la cual justificó el desvío del Boeing egipcio, el 10 de octubre, por cazas norteamericanos, que transportaba los piratas del Achille Lauro.
¿Cómo fue que el afanado espionaje israelí embarcó en semejante aventura a su gobierno? El mismo día del incidente, George Habash contaba, en una rueda de prensa en Trípoli que él había llegado tres días antes a Libia a bordo del avión interceptado.
Conscientes de que son perseguidos por Israel, los líderes palestinos suelen tomar precauciones cuando viajan. Habash, en esta oportunidad, dejó saber que regresaría a Damasco en el mismo aparato, cambiando de itinerario a última hora. Habash es ducho en estas peripecias. El 10 de agosto de 1973 los agentes del Mossad creyeron estar seguros de que podrían detener al viejo dentista. Como el pasado martes, dos cazas israelíes desviaron un Caravelle civil libanés que había despegado de Beirut. En el aeropuerto de Haifa se dieron cuenta de que su hombre los había evadido.
La intercepción tuvo un saldo sangriento. El 21 de febrero de ese año, un Boeing 707 libio se sale de ruta ante una tempestad de arena y sobrevuela instalaciones militares en el Sinaí. Los cazas israelíes disparan contra las alas del aparato para forzarlo a aterrizar. Al intentarlo, el aparato se estrella. Ciento cinco personas, de las 113 a bordo, perecen.
El gran perdedor ahora ha sido el Mossad. Y el mayor beneficiario: la unidad arabe, tendencia que viene creciendo desde que Washington formulara amenazas contra Libia.

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